A co­rrer ...Y no vas de­trás de la som­bri­lla

AMI­GOS, ¡YES VE­RANO! Y va­mos a dar so­lu­ción al com­ple­jo teo­re­ma es­ti­val: ¿hay for­ma de que la som­bri­lla no vue­le en la pla­ya? ¿Po­dre­mos de­jar de hacer hoyos, equi­li­brios y descansar por fin en la are­na? So­lo da­ré una pis­ta: el te­ma tie­ne mu­cho me­neí­to...

La Voz de Galicia (A Coruña) - Yes - - DEPLAYA - TEX­TO: SAN­DRA FAGINAS

CRIS Y SU FA­MI­LIA

TIENDA DE CAM­PA­ÑA Si sa­le vo­lan­do no le ha­ce da­ño a na­die, y a los ni­ños les en­can­ta pa­ra ju­gar. Nos sir­ve de gua­ri­da y des­pen­sa”

Es­la ima­gen sig­ni­fi­ca­ti­va del ve­rano, una de las que más se re­pi­ten, la que da sen­ti­do a un día de pla­ya. Ese mo­men­to en que es­tás tum­ba­da en la are­na y tu som­bri­lla se echa a vo­lar dan­do vuel­tas y vuel­tas a lo lo­co, mien­tras tú te le­van­tas de­ses­pe­ra­da, con la mano en el pe­cho su­je­tan­do el bi­ki­ni co­rrien­do de­trás de ella has­ta que, por fin, al­guien la pa­ra, te mi­ra con ca­ra de «bo­ni­ta, hay que cla­var­la bien» y te vas a tu si­tio con un so­lo fin: ce­rrar la pu­ñe­te­ra som­bri­lla en lo que que­da de tar­de, así te achi­cha­rres. Aun­que lo peor se­rá te­ner que car­gar con ella de vuel­ta al co­che. ¿Pa­ra qué la ha­brás ba­ja­do a la pla­ya? La som­bri­lla duer­me to­do el año en tu tras­te­ro, hue­le a hu­me­dad, es­tá oxi­da­da, o se que­da apa­lan­ca­da en el fon­do del ma­le­te­ro me­ses y me­ses has­ta que de­ci­des ba­jar­la a la are­na. ¿Pa­ra qué? ¡Con lo que pe­sa! En­ton­ces la es­ce­na que di­bu­ja el ve­rano es dig­na de fil­mar a cá­ma­ra lenta pa­ra ver to­das las pos­tu­ras que tu cuer­po da de sí. Em­pie­za el bai­le a lo Chi­ki­li­cua­tre. Uno. El Mo­li­ni­llo. Sa­bes cuál es ¿no? Ese mo­vi­mien­to en el que pa­re­ce que bai­las «bate que bate, el cho­co­la­te», «ma­yo­nees­sa, ella me bate co­mo ha­cien­do ma­yo­ne­sa» con el pa­lo de la som­bri­lla en la mano. Gi­ra y gi­ra, pe­ro no eres ca­paz de cla­var­la bien por más círcu­los que ha­gas en la are­na, que a es­te rit­mo en­cuen­tras pe­tró­leo. Hay que re­sol­ver de otra ma­ne­ra. Así que le­van­tas la ca­be­za, mi­ras a un la­do y a otro, pri­me­ro pa­ra ver si al­guien te ob­ser­va có­mo ha­ces el ri­dícu­lo y te de­ci­des, co­mo ho­mo sa­piens ve­ra­nie­gus, a bus­car al­go con que dar­le gol­pe­ci­tos al mal­di­to pa­lo de la som­bri­lla. ¿No hay una pie­dra gran­de en es­ta pla­ya? Pues pa­re­ce que no. Va­le, re­bus­cas en la bol­sa de la pla­ya, abres el ne­ce­ser y con el bo­te de cre­ma de pro­tec­ción 50 gol­peas y gol­peas dan­do for­ma al se­gun­do mo­vi­mien­to. Dos. El martillo. Qué me­neí­to. Pe­ro na­da de na­da, la som­bri­lla no se cla­va. Se­gun­do round, áni­mo. No te ven­gas aba­jo, si­gue, pien­sa, ha­ce 30 gra­dos, su­das la go­ta gor­da, la som­bri­lla sí tie­ne sen­ti­do en Ga­li­cia, pa­ra al­go la tie­nes en­tre las ma­nos. Lán­za­te a por el ter­cer mo­vi­mien­to, ca­si lo con­si­gues, ¿o se­rá que te es­tá su­bien­do el ca­lor a la ca­be­za? Tres.

El pe­rri­to. Y ahí te ves es­car­ban­do en la are­na, de ro­di­llas y con el cu­lo le­van­ta­do, con un úni­co fin en las dos ho­ras de sol que tie­nes por de­lan­te: hacer un agu­je­ro más gran­de pa­ra me­ter el pa­lo de la som­bri­lla. Aun­que en­tre es­te oleo­duc­to y el an­te­rior en cual­quier mo­men­to te vie­nen los del Con­ce­llo por­que no tie­nes li­cen­cia de obra. Va­le, te has pa­sa­do y en es­te hue­co ca­ben cua­tro pa­los en­te­ros, lo que te lle­va a ir re­lle­nan­do co­mo pue­des el ho­yo de nue­vo con la are­na. Pe­ro la som­bri­lla, que­ri­da, to­da­vía no es­tá bien cla­va­da, al me­nos es lo que per­ci­bes cuan­do abres el pa­ra­guas gi­gan­te y un hu­ra­cán se va di­rec­ta­men­te a las va­ri­llas, que se re­tuer­cen co­mo un do­lor de es­tó­ma­go. El que te es­tá dan­do a ti (y a mí tam­bién) co­mo no se aguan­te la di­cho­sa som­bri­lla.

BA­JA Y BA­JA LA SOM­BRI­LLA

Así que te vie­nes aba­jo, aba­jo, aba­jo, y de re­pen­te vi­ves co­mo un li­li­pu­tien­se, con tu som­bri­lli­ca pe­que­ñi­ta, pe­que­ñi­ta, ba­ji­ta, ba­ji­ta pa­ra que no te la lle­ve el vien­to. Pe­ro aún que­da un mo­vi­men­to in­ge­nio­so. Cua­tro. La

To­rre de Pi­sa. Sí, la som­bri­lla es­tá ca­si pe­ga­da al sue­lo, y se te ocu­rre la bri­llan­te idea de dar­le tu to­que, a lo Ales­san­dro De­lla Ghe­rar­des­ca, e in­cli­nas el pa­lo. Lis­to, pa­re­ce que es­tás sal­va­da, pue­des es­ti­rar por fin la toa­lla, pe­ro cer­qui­ta del pa­lo. Ojo, por­que aún no te fías, noooo, y co­mo el vien­to es li­bre co­mo el mie­do te ase­gu­ras tú a la som­bri­lla, ¿có­mo? ¡Pues su­je­tán­do­la con una mano mien­tras in­ten­tas to­mar el sol! Con la som­bri­lla no hay des­can­so, ¿o no ves a ese ti­po a lo le­jos? No es­tá es­pe­ran­do el au­to­bús, ni que lo ven­gan a re­co­ger, pe­ro ahí lo tie­nes, de pie, con el bra­zo es­ti­ra­do cui­dan­do de su som­bri­lla pa­ra que no vue­le co­mo la tu­ya. Ahí va, vaaaa, que se te es­ca­pa. Co­rre, le­ván­ta­te, agá­rra­te el bi­ki­ni y di­si­mu­la, que vie­ne el úl­ti­mo mo­vi­mien­to. Cin­co. A pa­lo se­co. Así te has que­da­do tú, des­pués de ce­rrar la parte co­lo­ri­da de la som­bri­lla, con el pa­lo blan­co oxi­da­do, pe­ro por fin bien cla­va­do en la are­na. Y aho­ra, YES, em­pie­za nues­tra oda de ve­rano a la som­bri­lla.

IRE­NE Y FA­MI­LIA

PA­RA­VIEN­TOS Nos gus­tan las pla­yas abier­tas, y el sol aquí no es pa­ra tan­to”

Es­tá com­pro­ba­do que la som­bri­lla es un ar­ma de des­truc­ción ma­si­va en el ve­rano, por eso hay per­so­nas que han op­ta­do por dar­le un gi­ro to­tal, y no me re­fie­ro a ese pin­cho que se ha pues­to de mo­da pa­ra cla­var­la en la are­na, cuan­do la bajan a la pla­ya. Al­gu­nos di­rec­ta­men­te no la lle­van. Es lo que le pa­sa a Cris Ál­va­rez y a su fa­mi­lia, en la ima­gen de la pá­gi­na an­te­rior, que se han he­cho fie­les a las tien­das de cam­pa­ña me­dio abier­tas que aho­ra inun­dan las pla­yas. «To­do em­pe­zó por los ni­ños, a ellos les en­can­ta ju­gar con ellas, tam­bién en in­vierno, por­que les sir­ve de es­con­di­te, y a par­tir de ahí co­men­za­mos a lle­var­la a la pla­ya y no la sol­ta­mos», ex­pli­ca Ire­ne.

Pa­ra ella, lo me­jor es su fun­cio­na­li­dad, por­que les per­mi­te guar­dar las mo­chi­las, les ha­ce la ma­yo­ría de las oca­sio­nes de gran des­pen­sa, y ade­más de dar­les som­bra, sus hi­jos se lo pa­san pi­pa en­tran­do y sa­lien­do. «Lo que nos con­ven­ció to­tal­men­te es que aun­que sal­ga vo­lan­do no ha­ce da­ño, no es co­mo la som­bri­lla». Ire­ne re­si­de to­do el ve­rano en Mal­pi­ca, por eso sa­be bien lo que pue­de dar de sí el vien­to. Ni si­quie­ra la tienda de cam­pa­ña aguan­ta los em­bis­tes hu­ra­ca­na­dos y ca­si to­das las tar­des que bajan a la pla­ya ter­mi­nan po­nién­do­le sa­qui­tos de are­na pa­ra su­je­tar­la. En el nor­te de Ga­li­cia es di­fí­cil ver are­na­les aba­rro­ta­dos de som­bri­llas, co­mo en las Rías Bai­xas, de ahí que pro­li­fe­ren otras op­cio­nes, de­jan­do a un la­do el pi­nar, pa­ra dar som­bra. O co­bi­jo.

So­lo hay que mi­rar pa­ra arri­ba. De­lan­te tie­nen a Kia­ra, de 9 años, y a Ne­rea, de 7, y de­trás a sus pa­dres, Ire­ne y Pa­blo. Ellos son fans ab­so­lu­tos del pa­ra­vien­tos, al es­ti­lo por­tu­gués, en los días de sol. To­da la fa­mi­lia es ha­bi­tual de las pla­yas más abier­tas, so­bre to­do de Caión y Bal­daio, don­de —di­ce Ire­ne— tie­nen es­pa­cio pa­ra ca­mi­nar y las ni­ñas unas char­qui­tas na­tu­ra­les que ha­cen sus de­li­cias, sin te­ner que me­ter­se en el océano bra­vo. Allí, en Bal­daio, la fa­mi­lia se des­plie­ga... a lo an­cho, con esos cua­tro pa­los sen­ci­llos uni­dos a la te­la, que Ire­ne no re­cuer­da ni cuan­do com­pró. «Lo ten­go des­de ha­ce mu­chí­si­mo tiem­po, pe­ro no sa­bes tú la uti­li­dad que le doy: a ve­ces en for­ma de L, y otras es­ti­ra­do, pe­ro nos am­pa­ra del vien­to y no es pe­li­gro­so».

Ella ha­ce años que no usa la som­bri­lla —«des­de que las ni­ñas eran pe­que­ñas»— pre­ci­sa­men­te por la car­ga que su­po­ne lle­var­la pa­ra, to­tal, aca­bar ce­rrán­do­la. «En es­ta zo­na es im­po­si­ble, al fi­nal tie­nes que te­ner­la muy ba­ji­ta y aquí el sol no es pa­ra tan­to, lo peor, sin du­da, es el vien­to». Esa es, en efec­to, una de las esen­cias del ve­rano del nor­te, tal y co­mo nos re­la­ta Cris­tó­bal Gar­cía, res­pon­sa­ble de De­por­tes de El Cor­te In­glés de Ma­ri­ne­da City. Él lle­gó des­ti­na­do de Vi­go y lo pri­me­ro que no­tó fue que en A Co­ru­ña las som­bri­llas no vo­la­ban... de la ca­ja.

CON EL PIN­CHO IN­COR­PO­RA­DO

«Hay mu­cha di­fe­ren­cia con el sur, aquí se ven­den me­nos, pe­ro la úl­ti­ma ten­den­cia apun­ta a las que lle­van el pin­cho in­cor­po­ra­do pa­ra cla­var­las en la are­na sin tan­ta di­fi­cul­tad». Su ex­pe­rien­cia se abre a un mun­do in­fi­ni­to de

va­ri­llas, te­las y an­cla­jes, pe­ro no du­da en se­ña­lar que en la ac­tua­li­dad exis­ten unas de tres cuer­pos, más pe­que­ñas, que ape­nas pe­san y son las fa­vo­ri­tas de los que se tum­ban so­los en la are­na. «Son muy có­mo­das, la gen­te las lle­va a cues­tas sin pro­ble­ma en el au­to­bús o an­dan­do», in­di­ca. Tam­bién son ten­den­cia las som­bri­llas clá­si­cas con unos sa­lien­tes a mo­do de ore­jas, que se su­je­tan me­jor a la are­na y otras de 2,20 me­tros que se tum­ban de la­do. Cual­quier co­sa an­tes que que­dar­se con el pa­lo en la mano.

¿El se­cre­to pa­ra cla­var­la bien? «Op­ti­mi­zar el pin­cho, cla­var­la muy aden­tro en una zo­na de are­na no ba­ti­da y que el pe­rí­me­tro de la som­bri­lla no sea des­co­mu­nal», ase­gu­ra Cris­tó­bal, maes­tro som­bri­lle­ro. Pe­ro, ami­gos, sa­car­se el teó­ri­co es fá­cil, el prác­ti­co, sin em­bar­go, nos lle­va por la are­na de la amar­gu­ra ca­da ve­rano. Y eso que to­dos te­ne­mos una som­bri­lla ma­ra­vi­llo­sa guar­da­da en nues­tro re­cuer­do. La de mis pa­dres, aún la es­toy vien­do, te­nía el fon­do na­ran­ja con flo­res ver­des y blan­cas y lu­cía her­mo­sa en la Cos­ta del Sol en aque­llos ve­ra­nos de los ochen­ta. Co­mo hoy en el sur de Ga­li­cia. Allí, des­de San­xen­xo, Su­sa­na, de la per­fu­me­ría Cu­qui, no se can­sa de des­pa­char­las en pleno pa­seo ma­rí­ti­mo. «Aquí las que más ven­de­mos son las li­sas y las de ra­yas; en es­pe­cial si van a jue­go con las si­llas». Ay, las si­llas. Eso nos da­ría pa­ra otro YES en una aná­li­sis pro­fun­do, a par­tir de la ti­po­lo­gía pla­ye­ra que les da uso. Pe­ro hoy lo de­ja­mos aquí, que ya le he­mos da­do un buen me­neí­to al te­ma. Clá­ven­la bien es­te ve­rano. Y sean fe­li­ces. Yo los se­gui­ré de le­jos ba­jo una som­bri­lla, que, por fin, lle­gan las va­ca­cio­nes.

FOTO: ANA GAR­CÍA

FOTO: ANA GAR­CÍA

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