LAS PA­RE­JAS DIS­CU­TEN

Y SIEM­PRE POR LO MIS­MO. ES­TE ES EL RÁN­KING DE PRO­BLE­MAS

La Voz de Galicia (A Coruña) - Yes - - PORTADA - TEX­TO: PAU­LA S. SANMARTÍN

Yono sé por qué a mí me to­can es­tas pá­gi­nas, por­que se po­dría pen­sar que to­dos los días an­do a la gres­ca en ca­sa. Co­sa, por otra par­te, ha­bi­tual cuan­do se tie­nen más de dos hi­jos, se tra­ba­jan mu­chas ho­ras y se vi­ve con in­ten­si­dad los pro­ble­mas del día a día. Si no fue­ra por­que me ava­lan más de 18 años de ma­tri­mo­nio y soy bien lle­va­da con mi fa­mi­lia po­lí­ti­ca en­tra­ría en el per­fil «clá­si­co» de las pa­re­jas que van a te­ra­pia. Que no son po­cas. Cla­ro que si tie­nen la for­tu­na de cru­zar­se con Eva Gil, de la clí­ni­ca Psi­que, Psi­co­lo­gía y Orien­ta­ción fa­mi­liar, el ca­mino es­tá más alla­na­do, por lo me­nos pa­ra lle­gar a

SÍ, HAY UN RÁN­KING Y aun­que pue­de ha­ber in­fi­ni­dad de pro­ble­mas gra­ves, lo nor­mal es que to­dos aca­be­mos en­fa­da­dos por las mis­mas co­sas. Los ce­los, el ex­ce­so de tra­ba­jo, los hi­jos y la fa­mi­lia po­lí­ti­ca nos en­re­dan en un bu­cle que afor­tu­na­da­men­te tie­ne so­lu­ción: to­már­se­lo con mu­cho hu­mor y an­tes de que sea de­ma­sia­do tar­de se­guir las pau­tas de un te­ra­peu­ta.

una so­lu­ción. Ese es el ob­je­ti­vo de cual­quier psi­có­lo­go que se afa­na en me­diar en los pro­ble­mas de es­te ti­po, sean cua­les sean. Los más ha­bi­tua­les, se­gún apun­ta la es­pe­cia­lis­ta, son cua­tro: los ce­los, la car­ga de tra­ba­jo, los hi­jos y las res­pec­ti­vas fa­mi­lias. Pe­ro no to­dos nos afec­tan por igual ni tie­nen la mis­ma com­ple­ji­dad. De he­cho, Eva ase­gu­ra que el más di­fí­cil de so­lu­cio­nar, pe­se a ser el más co­mún, son los ce­los. «En ese ca­so hay que tra­ba­jar so­bre la per­so­na­li­dad, el ca­rác­ter, mo­di­fi­car la for­ma de pen­sar, y eso re­quie­re un es­fuer­zo aña­di­do. Las per­so­nas ce­lo­sas son ob­se­si­vas, no con­fían en sí mis­mas, y si lo son los dos en la pa­re­ja ya no di­ga­mos. Esa bre­cha se pue­de ha­cer enor­me; da igual que ha­ya mo­ti­vos o no, por­que an­tes o des­pués esas per­so­nas aca­ban cum­plien­do su pro­fe­cía y el de al la­do ter­mi­na yén­do­se». Lo que se bus­ca en la te­ra­pia es siem­pre una so­lu­ción, pe­ro eso no im­pli­ca que sea la que uno quie­re —ad­vier­te—, in­clu­so mu­chas per­so­nas se van dan­do cuen­ta en el pro­ce­so de que a lo me­jor lo que que­rían era de­jar a la otra per­so­na, pe­ro no se atre­vían a dar el pa­so. «Mu­chos vie­nen a que­mar el úl­ti­mo car­tu­cho, por­que al prin­ci­pio es nor­mal el au­to­en­ga­ño y a me­di­da que avan­za­mos sur­ge la so­lu­ción», in­di­ca Eva. Lo que no quie­re de­cir ni mu­cho me­nos que to­das las pa­re­jas al fi­nal rom­pan: «En otras oca­sio­nes al­go que se da­ba por per­di­do re­sur­ge, pe­ro lo ha­bi­tual es que mu­chas de las que lle­gan ya lo ha­gan que­ma­das». Si se ha pa­sa­do de los 20 años y he­mos re­sis­ti­do, ¿va­mos por el buen ca­mino?, le pre­gun­to. «A mi con­sul­ta sue­len ve­nir los que es­tán en la fran­ja de los 6 u 8 años de re­la­ción has­ta los 15. Des­pués tal vez es que ya no ne­ce­si­tan te­ra­pia», bro­mea.

LA CO­SA CAM­BIA MU­CHO

El hu­mor, reír­se de uno mis­mo y re­la­ti­vi­zar siem­pre son bue­nos alia­dos si se quie­re lle­gar a un acuer­do. «La ma­yo­ría de los ma­tri­mo­nios se ago­tan cuan­do lle­gan los hi­jos. Con uno lo van lle­van­do, pe­ro con dos ¡y ya no te di­go tres o más! la co­sa cam­bia mu­cho. La ten­sión va en au­men­to, al­gu­nos lle­gan a ca­sa del tra­ba­jo muy car­ga­dos, no ha­blan, se en­quis­tan y eso ha­ce me­lla. Y otros, pues dis­cu­ten por lo mí­ni­mo por­que ven que su pa­re­ja de­ja de apo­yar­los al es­tar tam­bién sa­tu­ra­da». Eva po­ne en­ton­ces los pa­sos pa­ra or­ga­ni­zar­se me­jor y que la co­mu­ni­ca­ción flu­ya, aun­que avi­sa que la peor eta­pa pa­ra el ma­tri­mo­nio llega con los hi­jos preado­les­cen­tes y ado­les­cen­tes: «Ahí hay que es­tar muy de acuer­do». Si el problema vie­ne por la sue­gra o el cu­ña­do la so­lu­ción de­be es­tar con­sen­sua­da y mar­ca­da por el im­pli­ca­do di­rec­ta­men­te en la re­la­ción. «Esa per­so­na co­mo hi­jo o her­mano va a tener que de­ci­dir y es­ta­ble­cer un víncu­lo dis­tin­to con su fa­mi­lia, por­que no lle­var­se con la sue­gra no es cau­sa de di­vor­cio. Si la pa­re­ja se lle­va bien y hay bue­na co­mu­ni­ca­ción lo im­por­tan­te es di­fe­ren­ciar las re­la­cio­nes. Echar­se en ca­ra y mal­me­ter no es la so­lu­ción, y no es obli­ga­to­rio sen­tar­se con una sue­gra o un cu­ña­do a la me­sa. Otra co­sa es co­mo hi­ja o her­ma­na lo que quie­ras ha­cer». Lo me­jor, co­mo di­ce la psi­có­lo­ga, es to­már­se­lo con hu­mor. El amor ya ven dón­de que­da.

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