UN AS EN LA MAN­GA

HA­BLA­MOS CON LEO MARGETS, LA ME­JOR JU­GA­DO­RA DE PÓ­KER

La Voz de Galicia (A Coruña) - Yes - - PORTADA - TEX­TO: ANA ABELENDA FO­TO: FRANK DÍAZ

De pe­que­ña ju­ga­ba a la es­co­ba, «por ha­cer­le un fa­vor a mi pa­dre, pe­ro nun­ca me gus­ta­ron las cartas», re­ve­la la que ha­ce ocho años se con­vir­tió en cam­peo­na del mun­do de pó­ker. Leo Margets (Bar­ce­lo­na, 1983) lle­gó por azar al jue­go, y hoy si­gue apos­tan­do «sin mie­do al fracaso», tan­to en la me­sa co­mo en la vi­da. «Hay que qui­tar­le el mal ro­llo a la pa­la­bra fracaso, hay que apren­der a ges­tio­nar los chas­cos. Yo no me hun­do, crez­co con ellos», ase­gu­ra. Fun­da­do­ra de The Mind­set Fac­tory, que apli­ca las ha­bi­li­da­des del pó­ker y el de­por­te de éli­te al día a día, Leo Margets ad­mi­te que en lo per­so­nal es un po­co caó­ti­ca. «Si me co­no­ces día a día —con­fie­sa—, te po­dría ex­tra­ñar que juegue bien al pó­ker, por­que soy trans­pa­ren­te». ¿Y eso es ma­lo? «¡No! A ve­ces es bueno de­jar que tus emo­cio­nes te... ¡te jo­dan! Hay que de­jar­se lle­var en la vi­da».

—¿Có­mo con­si­gue una per­so­na trans­pa­ren­te una ca­ra de pó­ker, es­tar pa­ra el jue­go «emo­cio­nal­men­te muer­ta»?

—Ha­cien­do click. Cuan­do jue­go al pó­ker me pon­go en mo­do «tra­ba­jo». Cuan­do sé que al­go es bueno pa­ra mí no me cues­ta adap­tar­me. Ju­gar bien al pó­ker re­quie­re eso, sa­ber es­tar «emo­cio­nal­men­te muer­to» en un con­tex­to. Si pier­do, de­bo evi­tar la ra­bia, por­que me va a per­ju­di­car en fu­tu­ras ma­nos. Lo mis­mo con la eu­fo­ria, cuan­do es­tás on fi­re por­que has ga­na­do un bote enor­me de­bes man­te­ner tu pen­sa­mien­to lo más cla­ro po­si­ble.

—¿Có­mo tras­la­das ese en­ca­je a la vi­da?

—Yo me preo­cu­po so­lo de las co­sas que de­pen­den de mí. Si jue­go bien una mano y pier­do, lo úni­co que me preo­cu­pa es: ¿He to­ma­do una bue­na de­ci­sión? Va­lo­ro las de­ci­sio­nes que he to­ma­do, in­de­pen­dien­te­men­te del re­sul­ta­do.

—No te gus­ta­ban las cartas has­ta que un chi­co, Cris­tian, se cru­zó en tu vi­da y te plan­tó por el pó­ker. ¿Có­mo fue?

—Co­no­cí a Cris­tian, tu­vi­mos una ci­ta y le pro­pu­se ir a to­mar al­go. Él me di­jo que no po­día por­que te­nía una par­ti­da de cartas. Me di­je: «Pue­do ir­me mos­quea­da por cul­pa de es­te que me da plan­tón o... ¡me apun­to a la par­ti­da!» Fue lo que hi­ce. Esa no­che fue du­ra, no te­nía ni idea de pó­ker ni ga­nas de apren­der­lo... Lue­go el te­ma pro­gre­só bas­tan­te con Cris­tian, que su­po trans­mi­tir­me de qué va el pó­ker. Cuan­do lo em­pe­cé a en­ten­der, me apa­sio­nó.

—¿Im­por­tan me­nos las cartas que nos to­can que có­mo las ju­ga­mos?, ¿pue­de el azar o la ha­bi­li­dad?

—En el cor­to pla­zo el azar en el pó­ker im­por­ta bas­tan­te. Tú si quie­res ga­nar­le un pun­to a Ra­fa Na­dal lo tie­nes im­po­si­ble. Pe­ro si te mi­des a un ju­ga­dor pro­fe­sio­nal de pó­ker es co­mo si ti­rá­se­mos un da­do, y si to­ca el 1 y el 2 ga­nas tú, si sa­len el 3, el 4, el 5 y el 6 gano yo. A cor­to pla­zo pue­den sa­lir cin­co ve­ces 1 o 2, pe­ro a la lar­ga ga­na el que tie­ne más ha­bi­li­dad. La ha­bi­li­dad tie­ne una re­com­pen­sa

cien por cien.

—¿Tam­bién en la vi­da?

—Tam­bién. El pó­ker te en­se­ña a cen­trar­te mu­cho más en las de­ci­sio­nes que to­mas que en los re­sul­ta­dos, y es una ma­ne­ra de ac­tuar que ex­tra­po­la­da a la vi­da es muy bue­na.

—¿Ga­nar re­quie­re op­ti­mis­mo y for­ta­le­za men­tal?

—Sí. Se tra­ta de no hun­dir­se cuan­do las co­sas no sa­len co­mo es­pe­ras, y va­lo­rar si eso es fru­to de una ma­la de­ci­sión o con­se­cuen­cia del azar. Hay que ser fuer­te pa­ra re­co­no­cer tus erro­res y no ve­nir­te aba­jo si los re­sul­ta­dos no lle­gan. Pe­ro tam­po­co de­ma­sia­do arri-

ba... Cuan­do to­do van bien, nos apun­ta­mos el pun­to en­se­gui­da.

—En «¡Jue­ga bien tus cartas!» di­ces que de­be­mos te­ner en cuen­ta el va­lor es­pe­ra­do. ¿En qué con­sis­te?

—En to­mar las de­ci­sio­nes se­gún las veas tú bue­nas o no, sin evi­tar el ries­go a to­da cos­ta por­que es­ta ac­ti­tud pue­de lle­var­te a per­der, a de­jar pa­sar opor­tu­ni­da­des que sí que te po­drían apor­tar al­go. Lo más se­gu­ro no es siem­pre lo me­jor.

—¿Se pue­de ga­nar siem­pre?

—Si con­si­de­ras que ga­nar es to­mar las de­ci­sio­nes co­rrec­tas, pue­des ga­nar muy a me­nu­do.

—«Pa­ra ga­nar, otro tie­ne que per­der», apun­tas en un gol­pe mor­tal al buen­ro­llis­mo del «aquí ga­na­mos to­dos».

—El pó­ker es un jue­go de su­ma ce­ro, que im­pli­ca que lo que yo gano es por­que otros lo pier­den. Son las nor­mas del jue­go. En la vi­da no siem­pre es así, en la em­pre­sa se pue­de coope­rar. En la vi­da pue­de que la me­jor op­ción sea coope­rar, en el pó­ker no.

—¿Tie­nes la sen­sa­ción de ha­ber des­per­di­cia­do al­gún pó­ker de ases?

—No. En ge­ne­ral he ana­li­za­do bien mis opor­tu­ni­da­des y no me da mie­do fra­ca­sar. Ges­tiono bien los chas­cos.

—Con­cur­sas­te en «Su­per­vi­vien­tes».

—Sí, yo era más fuer­te, te­nía más con­trol so­bre mis emo­cio­nes que el res­to, pe­ro no ju­gué óp­ti­mo. Hoy re­pe­ti­ría y ju­ga­ría me­jor.

—¿Cuál es la fuer­za de un fa­rol?

—Ser creí­ble, que tu opo­nen­te se crea tu his­to­ria co­mo si fue­se ver­da­de­ra.

—La for­ma de co­mer­se una ga­lle­ta Oreo de­la­ta a John Mal­ko­vich en una par­ti­da en «Roun­ders». ¿Te lo has ju­ga­do to­do en plan pe­lí­cu­la, in­ter­pre­tan­do el tic de un ad­ver­sa­rio?

—Po­cas ve­ces. Una, de­tec­té que al­guien par­pa­dea­ba co­mo un lo­co cuan­do iba de fa­rol, a la ter­ce­ra vi ese tic y arries­gué... Y sí, iba de fa­rol, pe­ro tam­bién me equi­vo­qué con un tío que me es­ta­ba ha­cien­do un con­tra­tell, en­ga­ñán­do­me con su len­gua­je ver­bal.

—La con­fian­za en uno mis­mo es cla­ve pa­ra ga­nar. Y sos­pe­cho­sa. ¿Por qué ge­ne­ra re­ce­lo en los de­más?

—Qui­zá por­que tien­de a con­fun­dir­se con so­ber­bia. Y no es así.

—Si­gues sien­do tan se­gu­ra co­mo a los 8 años, cuan­do al via­jar a ver a tu fa­mi­lia de Ma­drid di­jis­te: «¡Qué con­ten­tos se van a po­ner de ver­me!»

—Sí. Aun­que en un ni­ño esa se­gu­ri­dad no es­tá pe­na­li­za­da co­mo en un adul­to. Ten­go el gen de la fli­pa­dez. Siem­pre me he sen­ti­do muy ca­paz de ga­nar.

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