«SOY LA PRI­ME­RA QUE LLE­GA Y LA ÚL­TI­MA QUE SE VA»

Tie­ne la fuer­za de una leo­na y la va­len­tía de «ir pa’lan­te siem­pre». So­lo una vez hu­bo que sa­car­la de la ca­ma: «Bi­bi me le­van­tó y me di­jo: ‘Arre­glá­te ya’». Y to­do se arre­gló. Es la chi­ca Al­mo­dó­var, la lis­ta, la que so­lu­cio­na, la que vive y su­fre, la ami­ga

La Voz de Galicia (A Coruña) - Yes - - PORTADA - TEXTO: SAN­DRA FA­GI­NAS

ablar con Lo­les León (Bar­ce­lo­na, 1 de agos­to de 1950) es ha­blar con ca­da uno de sus per­so­na­jes, por­que en ca­da fra­se no sa­bes quién es quién. Si la Men­chu que aho­ra triun­fa en La que se ave­ci­na, si la her­ma­na de Victoria Abril en Áta­me, si la se­cre­ta­ria de Mujeres al bor­de

de un ata­que de ner­vios .... To­das las mujeres ca­ben en es­ta Lo­les ca­da vez más leo­na, que se co­me el mun­do en ca­da fra­se y a la que no le queda un se­gun­do que per­der pa­ra vivirlo to­do. «Yo voy pa’lan­te siem­pre». Allá va­mos.

—La pro­mo de la se­rie pone «Lo­les se queda»... Es to­da una de­cla­ra­ción.

—Sí, lo he vi­vi­do co­mo una ale­gría, pe­ro cla­ro, yo ya lo sa­bía [se ríe], y es­toy muy con­ten­ta por­que nos he­mos re­en­con­tra­do y ha si­do un bro­che fi­nal de dis­fru­tar, que es lo que es­toy ha­cien­do aho­ra, ade­más es­tán es­cri­bien­do muy bien pa­ra mí. Y yo los en­tien­do muy bien a ellos, es­ta­mos en una me­lo­día, no ten­go que­ja de na­da.

—Diez años de «La que se ave­ci­na» da

mu­cho subidón. ¿Es ne­ce­sa­rio ese re­co­no­ci­mien­to?

—Sí. Siem­pre que ha­ces un tra­ba­jo tie­nes mie­do, por­que el pú­bli­co es el que tie­ne la pa­la­bra, pe­ro cla­ro no con esa au­dien­cia tan im­por­tan­te. Ha si­do un gran triun­fo.

—Tú siem­pre has sa­li­do ade­lan­te, con o sin tra­ba­jo...

—Sí, por­que soy muy op­ti­mis­ta y ten­go mu­cha ener­gía, pe­ro es­te tra­ba­jo es tan in­se­gu­ro que no sa­bes cuán­to tiem­po vas a es­tar.

—¿Y qué te di­ce la gen­te cuan­do te ve por la ca­lle, por­que con es­te pa­pel de Men­chu, esa sue­gra...?

—La gen­te me di­ce: «Ay, Lo­les, que se­pas que yo he he­cho lo mis­mo que tú». «Yo ya es­ta­ba har­ta de mi marido y he di­cho: ‘Voy a vi­vir, me que­dan mu­chos años pa­ra vi­vir y lo que quie­ro es vi­vir a tope’». Y yo les di­go: «Me ale­gro mu­cho por vo­so­tras, que ha­gáis lo mis­mo que Men­chu».

—Es­tás crean­do una es­cue­la.

—No lo sa­bes bien, al­gu­nas me di­cen: «He co­gi­do a mi ami­ga Ma­ri Te­re y le he di­cho: ‘Vá­mo­nos a Can­cún co­mo la Men­chu’». Me meo con ellas, la gen­te es

to­tal. Es­tán muy con­ten­tas y me pre­gun­tan: ¿Qué ha­ces pa­ra adel­ga­zar?

—¿Y qué ha­ces?

—Yo he cam­bia­do el ro­llo, he de­ja­do el glu­ten... Ya no son eda­des pa­ra co­mer lác­teos, eso que lo co­man los ni­ños. Me sen­ta­ba muy mal y es­ta­ba siem­pre gorda.

—No se­ría por­que pa­sas­te por «Masterchef»...

—No, no. Yo cuan­do fui a Masterchef ya es­ta­ba así. Es­to lo hi­ce cuan­do ro­dé El

mun­do en­te­ro, el me­dio­me­tra­je que me va a lle­var a Holly­wood otra vez. Vuel­vo por­que ha si­do pre­se­lec­cio­na­do pa­ra los Os­car, tie­ne 25 pre­mios... Es una ma­ra­vi­lla. Y cuan­do aca­bó to­do ese ro­da­je de­ci­dí cam­biar, me fui a un mé­di­co que me acon­se­jó de­jar to­do es­to: glu­ten, lác­teos, el azú­car... Ha si­do un cam­bio de ali­men­ta­ción y de vi­da, por­que a es­tas eda­des no se pue­den te­ner es­tas ba­rri­gas.

—Pe­ro Holly­wood no es nue­vo pa­ra ti...

—Yo he ido tres ve­ces: por Mujeres al

bor­de de un ata­que de ner­vios, por To­do so­bre mi ma­dre y por el pro­gra­ma Sor­pre­sa, sor­pre­sa, pa­ra ayu­dar a un chico que que­ría co­no­cer a Clint East­wood y allá me fui yo de co­rres­pon­sal.

—¿Y qué tal Clint?

—Bueno, muy serio. Yo tam­po­co ha in­glés ni ná, en­ton­ces yo le de­cía: «Cl Clint!» Y él se sor­pren­dió co­mo de ‘Y es­ta no sé dón­de la he vis­to’ [ri­sas]. pri­me­ra vez que fui a Holly­wood con Al­mo­dó­var: no­so­tras es­tá­ba­mos co­mo ca­te­ti­llas, pe­ro éra­mos muy der­nas, ¿eh? Por­que allí es­ta­ban un co pa­sa­dos de mo­da, no­so­tras im­pa mos mu­cho y to­dos que­rían es­tar no­so­tras, nos veían per­so­na­jes tan sin­hi­bi­dos.

—De ti te­ne­mos una ima­gen de tía f te, de ser la pri­me­ra en lle­gar, de « na, dé­ja­me a mí». ¿Es así?

—Sí, soy la pri­me­ra que lle­ga y la ú ma que se va. La pri­me­ra que se le­va pa­ra so­lu­cio­nar. «Da­me es­to, que lo go yo». La pri­me­ra que ayu­da, siem he si­do así des­de pe­que­ña. Mi re­cue de ni­ña ya era le­van­tar­me y sa­lir al ce­na­rio en el co­le­gio y so­lo con sa­lir aplau­dían. Es una cuestión de ac­ti­tu

—Tú se­pas co­ser, bor­dar... o no, ti pa­ra ade­lan­te.

—Sí, si tú tie­nes al­go yo voy pa’lan­te c ti­go y lo so­lu­cio­na­mos. Yo creo que e vi­da hay que te­ner una ac­ti­tud op­ti ta y de que se re­suel­ve to­do, por­que

lo hay una cosa que no se pue­de re­sol­ver, bueno, y las en­fer­me­da­des.

—Y siem­pre das lo me­jor de ti.

—Sí, sí. En to­do, ¿eh? No so­lo en el es­ce­na­rio, en la vi­da tam­bién. Y no te creas, que a ve­ces me en­cuen­tro de to­do: que das y lue­go re­ci­bes pa­ta­das en la bo­ca. Pe­ro eso tam­bién pa­sa por­que hay que apren­der, hay que apren­der a sa­ber dar­lo.

—¿Y eres ven­ga­ti­va?

—No, no. Me pon­go muy tris­te, pe­ro lo veo por el la­do de ‘tie­nes que apren­der’. Pe­ro no por­que sea San­ta Te­re­sa de Je­sús, que no lo soy, pe­ro la ener­gía que gas­tas, pre­fie­ro que sea po­si­ti­va. Por­que, mi­ra, yo soy mu­cho de ‘Ay, el uni­ver­so que me es­tá vien­do’... Y creo que hay que lan­zar bue­nas ener­gías...

—La gen­te se­gu­ro que se te pe­ga por eso.

—Ay, pues sí. Pue­de ser. Pe­ro yo ten­go pa­ra to­dos. Yo no ten­go fin, siem­pre me es­toy re­ge­ne­ran­do. Por eso pre­fie­ro es­tar bien con el uni­ver­so que mal.

—Eres muy del cos­mos.

—Sí, sí. Yo el cos­mos, los as­tros, ay, el día que la na­tu­ra­le­za se re­be­le...

—¿Y el kar­ma?

—Bueno, no sé. Yo no he he­cho co­sas ma­las, soy so­lo per­fec­ta a ve­ces [ri­sa], pe­ro no creo en el kar­ma. Yo lo que creo es que tie­nes que pasar co­sas jo­di­das por­que si no no te en­te­ras de qué va la vi­da. Yo siem­pre a las más jó­ve­nes les di­go: ‘Ne­na, ¡que tie­nes el li­bro en blan­co, a ver si es­cri­bes al­go! ¿Qué le vas a con­tar a tus hi­jos y a tus nie­tos? ¡Ven­ga, es­cri­be al­go!’.

—Pe­ro tú has su­fri­do mu­cho.

—Sí, pe­ro lo bueno es que yo con es­te tra­ba­jo no ne­ce­si­to ir al psi­có­lo­go, por­que ya nos tras­pa­sa­mos bas­tan­te. Yo me pon­go en el es­ce­na­rio y ya soy otra, ya no ne­ce­si­to ir a te­ra­pia. Por eso no es­toy enganchada al ‘ay, qué mal me ha ido’. Me ha ido co­mo me ha ido. Yo soy muy re­suel­ta, ¿es­ta­mos en es­te mo­men­to? Sí. ¿Có­mo es­ta­mos? Bien. Pues pa’lan­te.

—¿Quién es Al­mo­dó­var pa­ra ti?

—Hom­bre, Al­mo­dó­var me abrió la puer­ta gran­de del ci­ne. Es el ge­nio de la lám­pa­ra.

—Hay gen­te que di­ce que no se en­tien­de con él a la ho­ra de tra­ba­jar. Tú a la pri­me­ra, ¿no?

—Yo en­se­gui­da, por­que tam­po­co tra­ta­ba de imi­tar­lo. Yo lo ha­cía co­mo yo sa­bía, por­que él te lo di­ce. ‘Es­to, así y así, pe­ro aho­ra haz­lo co­mo tú sa­bes’. ¡Cla­ro, có­mo lo voy a ha­cer! Pe­ro la gen­te se im­pre­sio­na. Yo lo que pa­sa es que lo co­no­cía y en­ca­já­ba­mos muy bien, y he­mos te­ni­do una amis­tad de

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