Antonio Ve­láz­quez no trai­cio­na

Al­can­zó la po­pu­la­ri­dad con «Tie­rra de Lo­bos» y aho­ra es­tá a dos ban­das en «Trai­ción» y «Las chi­cas del ca­ble». Acos­tum­bra­dos a ver­le en la ac­ción y el dra­ma, Antonio Ve­láz­quez, que pa­ra na­da se ve «un tío gua­po». «Soy un chi­co de cam­po cria­do con ne­ce­si­da

La Voz de Galicia (A Coruña) - Yes - - PORTADA - TEX­TO: ANA MON­TES

Su mi­ra­da es de las que im­po­nen. Pe­ro ha­blar con él te po­ne en la tie­rra. Antonio Ve­láz­quez (Gra­na­da, 1981) es un ti­po sim­pá­ti­co de car­ne y hue­so con una na­tu­ra­li­dad que le vie­ne qui­zás de ha­ber­se cria­do en un cor­ti­jo, con al­gu­nas ne­ce­si­da­des y dos ca­na­les de te­le­vi­sión que le for­ja­ron la ima­gi­na­ción y cree que tam­bién la vo­ca­ción de ser ac­tor. En su vi­da, mar­ca­da por las mu­je­res con las que se crio, han en­tra­do per­so­na­jes que po­nen en va­lor su masculinidad, co­mo el fa­lle­ci­do to­re­ro Pa­qui­rri o Aní­bal Bra­vo (Tie­rra de Lo­bos) y su rol de sa­bue­so, «o de bas­tar­do», bro­mea, co­mo el ins­pec­tor Cue­vas (Las chi­cas el ca­ble)y Car­los (Trai­ción). Quién le di­ría a es­te gra­na­dino, que emi­gró a Ma­drid con lo jus­to y to­do el amor y mo­ral de su ma­dre, que ese sue­ño que ima­gi­nó iba a ha­cer­se reali­dad con mu­chos más tra­ba­jos co­mo las pe­lí­cu­las Ten­go ga­nas de ti, Run­ner o Mi Gran No­che. To­do, vo­lan­do a ras del sue­lo.

—«Trai­ción» es un éxi­to de audiencia. ¿Nos en­gan­chan las in­tri­gas de fa­mi­lia?

—En es­ta fa­mi­lia es­tá lle­va­do al lí­mi­te, pe­ro en to­das sue­le ha­ber un pun­to tur­bio y, aun­que no ha­ya las pu­ña­la­das tra­pe­ras de la se­rie, mu­chas si­tua­cio­nes ha­cen que la gen­te se re­co­noz­ca. Y es que los guio­nis­tas be­ben de la crónica so­cial y de lo que nos ro­dea. En to­do ca­so, las fa­mi­lias dan siem­pre mu­cho jue­go.

—¿Y tú lle­vas bien las reunio­nes fa­mi­lia­res? ¿Sue­les sa­lir ai­ro­so?

—Las lle­vo bien, so­mos una fa­mi­lia muy uni­da. Y to­co ma­de­ra pa­ra que sea así. Pe­ro ahí es­tá mi ma­dre pa­ra unir­nos a to­dos. Ella es mi mano de­re­cha, mi me­jor ami­ga, y el amor de mi vi­da. Yo me he cria­do en­tre mu­je­res, con dos her­ma­nas, así que os en­tien­do muy bien.

—¡Muy bien! Siem­pre son bien re­ci­bi­dos los hom­bres que en­tien­den a las mu­je­res.

—Yo me he cria­do en un cor­ti­jo en Gra­na­da y, aun­que iba a un co­le­gio que es­ta­ba en el va­lle, mi com­pa­ñe­ra de jue­gos, mi ami­go y mi ami­ga era mi her­ma­na ma­yor. Además creo que la for­ma de criar­se en el cam­po y vi­vir la na­tu­ra­le­za ayu­da mu­cho a los ni­ños, y me ha ser­vi­do pa­ra mis per­so­na­jes más de cam­po, co­mo Pa­qui­rri, por­que al fi­nal to­dos los per­so­na­jes pa­san a tra­vés del ac­tor.

—Así que a ti, cuan­do lle­gas­te a Ma­drid, te pa­re­ce­ría to­do bas­tan­te des­pro­por­cio­na­do...

—Sí, a pe­sar de que vi­vien­do en el cam­po notas que tie­nes cier­tas ca­ren­cias, lle­gar a Ma­drid, vi­vir su es­trés y es­tar en una ha­bi­ta­ción de 2x2, don­de na­die se ha­bla, y la co­mu­ni­ca­ción es ho­la y adiós, me apa­bu­lla­ba.

—¿Có­mo en­ca­jas la trai­ción?

—Fa­tal. Yo no soy na­da ren­co­ro­so, pe­ro la trai­ción, co­mo la sue­lo en­ten­der, me due­le, y mu­cho más la trai­ción emo­cio­nal de al­guien de quien es­pe­ras al­go. Aun­que de­be­mos apren­der a no es­pe­rar na­da de na­die, por­que es qui­zás cuan­do nos trai­cio­na­mos a no­so­tros mis­mos. En es­ta se­rie al­guien de mi fa­mi­lia trai­cio­na a mi pa­dre y eso en la reali­dad ni yo ni na­die que ten­ga co­ra­zón po­dría per­do­nar­lo.

—Tra­ba­jas con Ana Be­lén, to­da una ins­ti­tu­ción en el ci­ne.

—Es ma­ra­vi­llo­sa. To­do el re­par­to y yo nos lle­va­mos in­creí­ble con Ana. Es muy di­fí­cil lle­var­se mal con ella. Tie­ne luz. En la se­rie mi ar­chi­ene­mi­ga es ella y es tam­bién el grano en el cu­lo que le ha sa­li­do a la fa­mi­lia Fuen­tes. Cues­ta cuan­do tie­nes que mi­rar mal a al­guien que te cae bien, pe­ro so­mos pro­fe­sio­na­les, sobre to­do ella, y te lo po­ne muy fá­cil.

—Tra­ba­jas tam­bién con un elen­co es­tu­pen­do, co­mo Na­ta­lia Ro­drí­guez (Clau­dia). Vues­tro be­so se hi­zo es­pe­rar, pe­ro fue muy ce­le­bra­do.

—Nues­tra his­to­ria de amor, crea­da des­de el mi­nu­to uno en el que nos mi­ra­mos, es ma­du­ra, no tie­ne na­da de ño­ña, y por eso la gen­te se ha iden­ti­fi­ca­do más, por­que no ha ha­bi­do que me­ter­la con cal­za­dor, sino que se ha ido fra­guan­do co­mo un jue­go.

—La se­rie ha­bla sobre los jue­gos de po­der. ¿Crees que es fá­cil com­prar­nos?

—Sí, to­do se pue­de com­prar, pe­ro no el ho­nor; eso se tie­ne o no se tie­ne. Pe­ro por des­gra­cia en es­ta so­cie­dad to­do son in­tere­ses. Ha­bría que mi­rar ca­da co­sa en su con­tex­to, pe­ro, por ejem­plo, no en­tien­do un país que tie­ne me­dia ho­ra de de­por­tes en el in­for­ma­ti­vo cuan­do ca­si no te­ne­mos cin­co mi­nu­tos de cul­tu­ra. La cul­tu­ra es­tá un po­co aban­do­na­da en la so­cie­dad y en los co­le­gios.

—Tan­to en «Trai­ción» co­mo en «Las chi­cas del ca­ble» te to­ca in­ves­ti­gar. ¿Te ven ca­ra de sa­bue­so?

—No lo sé. Más bien los di­rec­to­res me ven ca­ra de bas­tar­do y de po­li­cía (ri­sas). En la se­gun­da tem­po­ra­da de la se­rie, el ins­pec­tor Cue­vas en­tra pa­ra in­ves­ti­gar un ro­bo y se­gui­rá ayu­dan­do a Án­ge­les por­que en­tien­de que, en una so­cie­dad don­de la mu­jer no tie­ne ni voz ni vo­to y es­tá en con­ti­nua lucha acep­tan­do to­do, un hom­bre que mal­tra­ta a una mu­jer es un tío que no se me­re­ce vi­vir.

—¿Y qué en­con­tra­mos de Antonio Ve­láz­quez si ti­ra­mos del hi­lo?

—En­con­tra­réis a ese ni­ño del cam­po cria­do con ne­ce­si­da­des pe­ro que aho­ra, y mi­ran­do ha­cia atrás, to­do lo que no en­ten­día, co­mo por qué te­nía que tra­ba­jar en el cor­ti­jo cuan­do los de­más ni­ños ju­ga­ban, lo en­tien­do y agra­dez­co a mis pa­dres. Y es que aho­ra sí me ape­te­ce mu­cho vol­ver a ese cam­po y no de re­ti­ro es­pi­ri­tual pre­ci­sa­men­te.

—¿Qué ne­ce­si­da­des pa­sas­te?

—Pues mi­ra, te­nía­mos que arre­glár­nos­las con lo que te­nía­mos. Por eso mi pa­dre nos en­se­ñó a tra­ba­jar con las ma­nos, por­que si ha­bía que le­van­tar un mu­ro, se le­van­ta­ba. A ve­ces la gen­te me pre­gun­ta por pe­lí­cu­las o se­ries que yo no he vis­to y se sor­pren­den por­que soy ac­tor y no las co­noz­co. Pe­ro en mi ca­sa so­lo en­tra­ban los ca­na­les de TVE, la 2 y Al Ja­zee­ra, por­que des­de mi ca­sa en Gra­na­da se veían los pi­cos de Áfri­ca y por al­gún lu­gar se co­la­ba [ri­sas]. Pe­ro es que además lo úl­ti­mo que veía era la te­le, por­que te­nía­mos pla­cas so­la­res y en­se­gui­da se des­car­ga­ban, y la po­ca luz que te­nía­mos era pa­ra las no­ches.

—¿Así que ti­ra­bas de ima­gi­na­ción?

—Pues sí, yo creo que eso ayu­dó a que se me desa­rro­lla­ra la ima­gi­na­ción. El cam­po y la so­le­dad me ayu­da­ron. Y se­gu­ra­men­te es el mo­ti­vo por el que he ter­mi­na­do sien­do ac­tor.

—¿Y có­mo de alto te gus­ta­ría vo­lar?

—Vo­lar no mu­cho, por­que to­do el que vue­la alto al fi­nal pier­de la pers­pec­ti­va. En Es­pa­ña me gus­ta­ría ha­cer una ca­rre­ra lar­ga y bo­ni­ta, por­que además las pla­ta­for­mas co­mo Net­flix nos ayu­dan a di­fun­dir nues­tro tra­ba­jo en mu­chos paí­ses. Pe­ro per­so­nal­men­te so­lo quie­ro ver fe­liz a mi fa­mi­lia, es­tar con ellos, a la gen­te que quie­ro.

—¿Es­tás aho­ra re­co­gien­do las mie­les del es­fuer­zo?

—No sé si son las mie­les, pe­ro si crees en al­go y lo per­si­gues, al fi­nal te lle­ga. Es ver­dad que yo lu­ché mu­cho y mi fa­mi­lia nun-

ca me pu­do ayu­dar eco­nó­mi­ca­men­te, pe­ro mo­ral­men­te era rico, era mul­ti­mi­llo­na­rio gra­cias a to­da la mo­ral que me dio mi ma­dre pa­ra es­tar en Ma­drid y no sen­tir­me de­ja­do ni aban­do­na­do. En­ton­ces pre­pa­rar­te era muy ca­ro, y cuan­do veo que hay chi­cos que lle­gan y no le dan va­lor creo que de­ben te­ner cui­da­do, por­que las es­cue­las es­tán lle­nas de gen­te que sue­ña con ha­cer cual­quier pa­pel. Cuan­do las co­sas cues­tan y vie­nes del ba­rro, lo ves así. Aun­que ca­da uno tie­ne sus experiencias y no vas a ser me­jor ac­tor o peor por ha­ber vi­vi­do una si­tua­ción u otra.

—¿Nun­ca te vis­te emi­gran­do pa­ra abrir­te pa­so en otro mer­ca­do?

—No, ya con ve­nir­me a Ma­drid me pa­re­cía una emi­gra­ción, me pa­re­cía muy le­jos, aun­que es­te­mos a cin­co ho­ras [ri­sas].

—Jue­gas el rol de se­duc­tor. ¿Has­ta qué pun­to sien­tes la obli­ga­ción de man­te­ner el ti­po?

—Pues yo no me sien­to un tío gua­po, de ver­dad te lo di­go. No es­toy to­do el día cui­dán­do­me ni en el gim­na­sio, pe­ro prac­ti­co to­dos los de­por­tes. Me fas­ci­nan. He ju­ga­do mu­chí­si­mo al fút­bol, mon­to a ca­ba­llo, co­rro ca­si to­dos los días, co­jo la bi­ci­cle­ta, es­quío y to­dos los de­por­tes de ries­go me gus­tan. Lo que sí me en­se­ña­ron es a ser un pa­pel en blan­co pa­ra que el di­rec­tor y el guio­nis­ta pue­dan es­cri­bir en él. Por eso cuan­do me to­có ha­cer de Pa­qui­rri me fui dos me­ses a to­rear. Has­ta aho­ra to­dos los pa­pe­les que me han to­ca­do te­nían que te­ner un fí­si­co, un en­tre­na­mien­to, pe­ro es­toy desean­do ha­cer otro ti­po de pa­pel que no va­ya por ahí, aun­que me en­cuen­tro en un mo­men­to fí­si­co don­de la ac­ción me gus­ta.

—¿Lle­gas­te a co­no­cer a al­guien de la fa­mi­lia de Pa­qui­rri?

—No. Jo­sé Antonio Ca­na­les, que co­la­bo­ró tam­bién en la pe­lí­cu­la, fue el que me guio en la tau­ro­ma­quia y es­tu­vi­mos gra­ban­do en Zaha­ra de los Atu­nes. Por­que una de las co­sas más bo­ni­tas que te­ne­mos los ac­to­res es po­der me­ter­nos en las vi­das de las per­so­nas. Ha­ber co­rri­do por los pa­ra­jes don­de él lo hi­zo, ha­ber en­tre­na­do en el po­li­de­por­ti­vo de su pue­blo... To­das, co­sas pa­ra la trans­for­ma­ción en el personaje, fue co­mo me­ter­me en su piel.

—¿Qué tal te sien­ta la co­me­dia?

—Yo em­pe­cé en co­me­dia con Jo­sé Luis Mo­reno y pa­sé por al­gu­nos pa­pe­les co­mo Bus­can­do el Nor­te y Aí­da, en te­le­vi­sión. Me en­can­ta la co­me­dia por­que to­dos te­ne­mos un la­do có­mi­co. No me gus­ta la co­me­dia his­trió­ni­ca, sino más las sit­coms, don­de las si­tua­cio­nes son gra­cio­sas y eso ha­ce que los per­so­na­jes tam­bién lo sean, pe­ro no que el ac­tor in­ten­te ha­cer el ton­to. Y jus­to aho­ra sobre la me­sa de ca­sa ten­go el guion de una co­me­dia dis­pa­ra­ta­da que ro­da­ré en ve­rano con Pa­co Arango, un hom­bre in­creí­ble, co­mo yo di­go: un ni­ño en cuer­po de adul­to.

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