«El CIM me ayu­dó a sa­lir del po­zo en el que es­ta­ba»

Un con­flic­to en su re­la­ción de pa­re­ja le hi­zo caer en una de­pre­sión. El apo­yo psi­co­ló­gi­co y ju­rí­di­co del CIM fue cla­ve pa­ra su re­cu­pe­ra­ción

La Voz de Galicia (Ourense) - Especial1 - - El Testimonio - LU­CÍA VIDAL

Lle­va tres años acu­dien­do al CIM de Pa­las de Rei, don­de re­si­de. Ve­ne­zo­la­na de ori­gen, no que­da ya ni ras­tro de acen­to su­re­ño en sus pa­la­bras. Se vino pa­ra Ga­li­cia cuan­do ini­cia­ba la ado­les­cen­cia. Te­nía en­ton­ces trece años. Co­men­ta que le cos­tó adap­tar­se pe­ro que hoy es ya una ga­lle­ga de pu­ra ce­pa. De he­cho, hi­zo hasta lo que en su día equi­va­lía al ac­tual CELGA: «Me lo sa­qué to­do de un plu­ma­zo. Ini­cia­ción y per­fec­cio­na­mien­to». 27 de sus cua­ren­ta años vi­vien­do y tra­ba­jan­do en nues­tra co­mu­ni­dad, con sus mo­men­tos bue­nos y ma­los. Que tam­bién los ha ha­bi­do. Se ca­só dos ve­ces. La pri­me­ra, cuan­do so­lo te­nía 17 pri­ma­ve­ras. De esa re­la­ción na­cie­ron dos hi­jos. De su se­gun­da unión, otros dos. El más pe­que­ño tie­ne seis años. El ma­yor, vein­te. Pe­ro to­dos es­tán a su car­go y de­pen­den de ella pa­ra sa­lir ade­lan­te. Con una FP en Ad­mi­nis­tra­ción y Fi­nan­zas, se de­di­có al mun­do de la hos­te­le­ría. Aho­ra mis­mo tra­ba­ja en el sec­tor de la aten­ción a do­mi­ci­lio, cui­dan­do a per­so­nas ma­yo­res de­pen­dien­tes. «Mi ho­ra­rio la­bo­ral va de ocho a tres o tres y me­dia. Les ayu­do con el aseo, o ha­cer ta­reas do­més­ti­cas que por su si­tua­ción per­so­nal les es com­pli­ca­do, co­mo por ejem­plo ha­cer la ca­ma .... ».

Un con­flic­to den­tro de su re­la­ción de pa­re­ja la abo­có a una pro­fun­da de­pre­sión. «Ne­ce­si­té me­di­ca­ción. En el cen­tro de sa­lud me di­je­ron que ha­bía un ser­vi­cio de ase­so­ra­mien­to ju­rí­di­co y psi­co­ló­gi­co jus­to al la­do, y gra­tui­to». No se lo pen­só dos ve­ces. Ne­ce­si­ta­ba ayu­da y la pi­dió. «Es co­mo cuan­do tie­nes sed y te le­van­tas a be­ber. Pues lo mis­mo. Ade­más, mis re­cur­sos eco­nó­mi­cos no me per­mi­tían ha­cer­lo por otra vía». Sin otra red de apo­yo a la que acu­dir —su fa­mi­lia vi­ve en Chan­ta­da— el CIM fue su co­ber­tu­ra. «Me die­ron to­da la ayu­da po­si­ble. Pe­ro yo me que­do so­bre to­do con el fac­tor hu­mano. Con có­mo me tra­ta­ron. No co­mo a un nú­me­ro sino co­mo una per­so­na. Eso es lo que más va­lo­ro. Me die­ron hasta sus nú­me­ros de te­lé­fono per­so­na­les por si re­que­ría de al­go fue­ra del ho­ra­rio del cen­tro. La ver­dad es que lo pa­sé muy mal. Sin ellos no ha­bría sa­li­do ade­lan­te». Siem­pre ha es­ta­do muy pen­dien­te de los re­cur­sos pú­bli­cos dis­po­ni­bles, tan­to pa­ra ella co­mo pa­ra sus hi­jos: guar­de­rías, co­le­gios, ser­vi­cio de trans­por­te y co­me­dor, cam­pa­men­tos... So­lo po­ne una pe­ga: el ho­ra­rio del ser­vi­cio. «Se que­da cor­to, por­que al ser so­lo de ma­ña­na, es di­fí­cil con­ci­liar. A lo me­jor tie­nes que ir al mé­di­co con al­guien. O ha­cer pa­pe­leo esa ma­ña­na. Te con­di­cio­na un po­co. Al­gu­na vez, es­tan­do ce­rra­do el CIM, he lla­ma­do al Te­lé­fono de la Mu­jer cuan­do he te­ni­do un bro­te de an­sie­dad, pe­ro no es lo mis­mo. Es más frío e im­per­so­nal». Se pu­so en con­tac­to con un CIM por pri­me­ra

«Pe­dir ayu­da es co­mo te­ner sed y be­ber. Hay que ha­cer­lo»

vez es­tan­do aún en Chan­ta­da, pa­ra so­li­ci­tar un abo­ga­do. «En una lo­ca­li­dad pe­que­ña, la gen­te te co­no­ce. Cuan­do tra­ba­ja­ba en el bar, ve­nían a to­mar ca­fé y me de­cían: ‘Oye, ¿te pa­sa al­go?, ¿Por qué no nos vie­nes a ha­cer una visita?’. Y así.

Des­de ha­ce tres años que es usua­ria del CIM de Pa­las, don­de si­gue re­ci­bien­do aten­ción psi­co­ló­gi­ca y ase­so­ra­mien­to en ma­te­ria ju­rí­di­ca. «Es di­fe­ren­te cuan­do tie­nes fa­mi­lia cer­ca. Te vas a to­mar al­go con tu her­mano o tu her­ma­na y le cuen­tas to­do pe­ro yo no ten­go a na­die. Los tra­ba­ja­do­res del CIM me ha­cen ver la reali­dad. Po­nen un po­co de cor­du­ra en tu mun­do. No so­lo me ayu­dan a sa­ber qué es lo que ten­go que ha­cer, los pa­sos que ten­go que dar, sino que ade­más me ayu­dan a lle­var la enor­me car­ga emo­cio­nal que su­po­ne es­te pro­ce­so».

El asun­to que la lle­vó a gri­tar un SOS es­tá aho­ra mis­mo en si­tua­ción de pau­sa. «En su día so­li­ci­té un abo­ga­do de ofi­cio pa­ra ini­ciar los trá­mi­tes de la cus­to­dia pe­ro en es­tos te­mas hay que dar­se un mar­gen de tiem­po. Nun­ca se sa­be si la si­tua­ción pue­de cam­biar». So­bre si re­co­men­da­ría o no el ser­vi­cio, lo tie­ne cla­ro. «Por su­pues­to. Y de he­cho, lo he re­co­men­da­do».

«Me que­do so­bre to­do con el tra­to hu­mano que me han da­do»

PI­miea­gen ilus­tra­ti­va de un car­tel de una cam­pa­ña con­tra la vio­len­cia de gé­ne­ro

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