“Cuan­do subo a es­ce­na soy el fue­go del Ca­ri­be”

Con la «Ga­so­li­na» inocu­ló el vi­rus del re­gue­tón en Es­pa­ña. Ha­ce unos me­ses de­mos­tró can­tan­do el «Des­pa­ci­to» con Luis Fon­si que si­gue en la cres­ta de la ola. Vie­ne a Ga­li­cia den­tro del Party­son­go y ad­vier­te: se­rá una gran fies­ta

La Voz de Galicia (A Coruña) - Fugas - - MÚSICA - TEX­TO: JA­VIER BE­CE­RRA

En el pa­sa­por­te se lla­ma Ra­món Luis Aya­la. Pe­ro en el es­ce­na­rio se le co­no­ce co­mo Daddy Yan­kee. Por­ta co­ro­na real. Es el mo­nar­ca del re­gue­tón. Lle­va pe­rrean­do des­de la dé­ca­da pa­sa­da, cuan­do el gé­ne­ro se co­cía en las ca­lles de Pa­na­má y Puer­to Ri­co. Hoy es un nú­me­ro uno, ex­hor­tan­do al bai­le y en­lo­que­cien­do la pis­ta. La se­ma­na que vie­ne es­ta­rá jun­to a Oris­has, Fue­go y Mai­kel De­la­ca­lle en el Party­son­go (A Co­ru­ña, Ex­po­co­ru­ña, 6 de ju­lio. 40 eu­ros en­tra­da ge­ne­ral). —¿Se sien­te un cha­mán en el es­ce­na­rio di­ri­gien­do el bai­le co­lec­ti­vo? —[Ri­sas] No, pa­ra na­da. Pe­ro hay al­go que no pue­do con­tro­lar, una vez que es­toy en ta­ri­ma. Soy el fue­go del Ca­ri­be cuan­do subo al es­ce­na­rio. Ahí sa­le una per­so­na­li­dad mía di­fe­ren­te. Es ese fue­go. Y ha­ce que to­do sea bai­le. Cuan­do me lo pi­den por la ca­lle es im­po­si­ble que lo ten­ga. Pe­ro en el es­ce­na­rio ex­plo­ta, co­nec­ta con la gen­te y lue­go, al ba­jar, se apa­ga to­do. —¿En­ten­de­ría la mú­si­ca sin bai­le? —No, en el Ca­ri­be no. —En Es­pa­ña lo co­no­ci­mos por la «Ga­so­li­na». ¿Qué es pa­ra us­ted? —Mi ban­de­ra, sin du­da al­gu­na. Es mi himno mu­si­cal. Gra­cias a ella me di a co­no­cer en el mun­do en­te­ro. Es­toy muy agra­de­ci­do de con­tar con un himno de ese ca­li­bre mun­dial. To­dos los ar­tis­tas gran­des tie­nen un te­ma con el que se les pue­de iden­ti­fi­car. Mi­chael Jack­son tie­ne Th­ri­ller y Ma­don­na, Li­ke a Vir­gin. Te acuer­das de esos ar­tis­tas por esos te­mas. Pues cuan­do pien­ses en Daddy Yan­kee, pen­sa­rás en la Ga­so­li­na. —Con esa can­ción se em­pe­zó a «pe­rrear» en Es­pa­ña. ¿Se ha­ce bien o que­da mu­cho por apren­der? —No, he vis­to ya que el cam­bio ha si­do bien gran­de [ri­sas]. Des­de en­ton­ces la gen­te ha apren­di­do mu­cho más so­bre re­gue­tón. Al prin­ci­pio to­do el mun­do brin­ca­ba y brin­ca­ba. Yo de­cía: «¡Uau!». Pe­ro se ve que se ha apren­di­do mu­cha cul­tu­ra del re­gue­tón y si se bai­la se ha­ce den­tro del flow. Hay cla­ses de re­gue­tón. Hay co­reó­gra­fas pro­fe­sio­na­les. In­clu­so hay quien lo usa pa­ra ha­cer ejer­ci­cio. No tie­ne lí­mi­tes. —Cuan­do irrum­pió el re­gue­tón cho­ca­ba por lo se­xual y desafian­te que era. ¿No­ta­ban que los es­pa­ño­les nos que­dá­ba­mos bo­quia­bier­tos? —El re­gue­tón es muy grá­fi­co y muy ex­plí­ci­to. Los me­dios lo ex­plo­ta­ron. Es nor­mal pa­ra la te­le­vi­sión. Pe­ro el re­gue­tón es co­mo tú lo quie­ras bai­lar. Pue­des in­clu­so bai­lar­lo so­lo. Por eso ha gus­ta­do tan­to. —El ori­gen del gé­ne­ro es ca­lle­je­ro. Hoy se arri­man a él ar­tis­tas pop co­mo Sha­ki­ra o En­ri­que Igle­sias. Es una fór­mu­la de éxi­to. ¿Ha per­di­do au­ten­ti­ci­dad por el ca­mino? —La mú­si­ca siem­pre tie­ne que mo­ver­se ha­cia ade­lan­te y ser pro­gre­si­va. Una co­sa que hay que re­sal­tar es que la in­dus­tria no cam­bió al re­gue­tón, es el re­gue­tón el que cam­bió a la in­dus­tria. Son co­sas muy di­fe­ren­tes. No­so­tros es­ta­mos aquí a pe­ti­ción po­pu­lar. El pú­bli­co lo quie­re. No sé si hay al­gún otro gé­ne­ro en los úl­ti­mos tiem­pos que ha­ya mos­tra­do más re­sis­ten­cia. Lo du­do. —En me­dio de es­to sa­le el «Des­pa­ci­to», que in­ter­pre­ta us­ted jun­to a Luis Fon­si y que es­tá en to­das par­tes. ¿Se pue­de ir más allá de eso? —Si yo le di­je­ra que hay un to­pe, le es­ta­ría min­tien­do. Po­de­mos lo­grar eso y más. ¿Cuán­do se­rá? No lo sé. Pe­ro si no so­mos no­so­tros, ven­drá otra per­so­na a ha­cer­lo. —¿Cuan­do ter­mi­na­ron de gra­bar la can­ción sa­bían que te­nían un hit? —Fue una sor­pre­sa to­tal. Es­cri­bi­mos la can­ción sin pen­sar que iba a ser un cros­so­ver, que lo iba a can­tar to­do el mun­do. Sí te­nía­mos la in­tui­ción de que ha­bía al­go es­pe­cial. Sa­bía­mos que nun­ca se ha­bía he­cho un re­gue­tón uti­li­zan­do los ins­tru­men­tos fol­cló­ri­cos de nues­tro país. El ins­tru­men­to prin­ci­pal del Des­pa­ci­to es el cua­tro puer­to­rri­que­ño, una gui­ta­rra fol­cló­ri­ca pro­pia. Ade­más, el te­ma tie­ne cam­bios de cum­bia. Hay mu­chas co­sas en Des­pa­ci­to. En­ton­ces, tie­nes un ar­tis­ta de pop que ha­ce tre­men­das me­lo­días. Tie­nes un ar­tis­ta ur­bano que tie­ne fue­go en los ver­sos. Y lue­go hay ma­ti­ces y co­lo­res den­tro del te­ma que lo ha­cen muy in­tere­san­te. —En sus úl­ti­mas en­tre­vis­tas en­cuen­tro va­rios ti­tu­la­res en los que nie­ga ser ma­chis­ta. ¿Van ma­chis­mo y re­gue­tón de la mano? —No, pe­ro creo que ese es­te­reo­ti­po nos va a per­se­guir siem­pre. Es una eti­que­ta crea­da y des­li­gar­se de eso cues­ta. Es co­mo si pien­sas que los ro­que­ros son dia­bó­li­cos o al­go así. Son las per­so­nas que no co­no­cen la pro­fun­di­dad del gé­ne­ro quie­nes lo di­cen. —¿Pien­sa que si fue­ran a un concierto su­yo cam­bia­rían de opi­nión? —Te ase­gu­ro que sí. La gen­te va a ver­me con una idea y sa­le con otra. He ga­na­do mu­chos fa­ná­ti­cos en di­rec­to. El ac­tuar pa­ra mí es una for­mu­la gran­de de con­ven­cer.

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