“Vi­vir so­lo del ape­lli­do pue­de ser pa­té­ti­co”

La di­se­ña­do­ra y es­cri­to­ra co­ru­ñe­sa nos re­ci­be en ca­sa de sus pa­dres, un al­tar de la memoria don­de en­tre­abre los se­cre­tos de su úl­ti­ma no­ve­la, “Las ho­ras no con­ta­das”, un th­ri­ller que tra­ta con hu­mor ne­gro la an­sie­dad por el es­ta­tus. Pa­sen...

La Voz de Galicia (A Coruña) - Fugas - - ENTREVISTA - TEX­TO: ANA ABE­LEN­DA

Lle­va más de vein­te años le­yen­do a la gen­te, tra­tan­do con to­do ti­po de per­so­nas co­mo di­se­ña­do­ra de mo­da nup­cial y de fies­ta. «El ne­go­cio, la co­mu­ni­ca­ción con la gen­te du­ran­te es­tos 22 años, ha si­do un apren­di­za­je psi­co­ló­gi­co. Di­cen que sé leer a la gen­te. Es­to es una es­cue­la. Ves mu­je­res que son in­se­gu­ras, otras que van so­bra­dí­si­mas, otras ner­vio­sí­si­mas, hay in­clu­so quien es­tá de­pri­mi­do y quien pa­de­ce un tras­torno men­tal», re­ve­la Begoña Peñamaría (A Co­ru­ña, 1971), que aca­ba de pu­bli­car su cuar­to li­bro, Las ho­ras no con­ta­das, un th­ri­ller psi­co­ló­gi­co en el que el te­rror se trans­mu­ta en sar­cas­mo, y que ella me in­vi­ta a en­tre­abrir en ca­sa de sus pa­dres, en la co­ru­ñe­sa Rie­go de Agua, pri­mer pi­so al que lle­go tras un cru­jien­te de es­ca­le­ras con sa­bor a pre­té­ri­to per­fec­to. Nie­ta de un al­cal­de co­ru­ñés y so­bri­na nie­ta de la es­cri­to­ra Ele­na Qui­ro­ga, su vo­ca­ción li­te­ra­ria na­ció con la pér­di­da pre­coz de su her­mano Ser­gio a cau­sa de un cán­cer a los 33 años. «Sen­tí la ne­ce­si­dad de es­cri­bir, de ha­cer­le un ho­me­na­je de des­pe­di­da. Y fue sa­na­dor pa­ra mí», cuen­ta so­bre De­jad­me mar­char, do­lor en pri­me­ra per­so­na y en car­ne vi­va. —En es­ta nue­va no­ve­la, «Las ho­ras no con­ta­das», Pre­mio In­ter­na­cio­nal de Li­te­ra­tu­ra Jo­ven Lord By­ron, el gi­ro es to­tal. Has pa­sa­do de pin­tar los sen­ti­mien­tos blan­cos a in­da­gar en los más os­cu­ros. ¿Por qué? —Mis ami­gas me di­je­ron: «Haz otra co­sa. Haz­nos reír. Ha­bla de se­xo...». Y pro­bé con un per­so­na­je que no fuera tan bueno, en tono de hu­mor. —Ad­vier­tes que «Las ho­ras no con­ta­das» es fic­ción, pe­ro, lle­va­do a ex­tre­mo, se pa­re­ce a lo que ocu­rre en las ciu­da­des pe­que­ñas, en las más pro­vin­cia­nas, en círcu­los so­cia­les don­de man­da el es­ta­tus. ¿Dón­de es­tá la ma­te­ria pri­ma de es­ta no­ve­la? —No hay na­die en con­cre­to. Lle­vo 22 años tra­tan­do con la gen­te... y al fi­nal co­mo escritor lo que ha­ces es co­ger re­ta­zos de di­fe­ren­tes per­so­nas y com­po­ner per­so­na­jes, que no son al­guien en con­cre­to pe­ro tie­nen un po­co de to­dos. —La ten­sión psi­co­ló­gi­ca y na­rra­ti­va es má­xi­ma en un tiem­po mí­ni­mo, las 24 ho­ras que du­ra es­ta pie­za que se lee en un día, de un ti­rón. —Sí, la ac­ción trans­cu­rre en un pla­zo de unas 20 ho­ras, prác­ti­ca­men­te son dos per­so­na­jes y un so­lo es­ce­na­rio, un pi­so. A me­di­da que avan­za la tra­ma, van aflo­ran­do se­cre­tos... —Es una no­ve­la que ha­ce pen­sar en obras co­mo «Qué fue de Baby Ja­ne» o en la ri­va­li­dad de dos mu­je­res que mon­ta­ron un ring an­te su oca­so co­mo di­vas, co­mo les ocu­rrió a Bet­te Da­vis y Joan Craw­ford. —La ten­sión va su­bien­do a me­di­da que dis­cu­rre la no­ve­la, a me­di­da que avan­za el de­li­rio de la pro­ta­go­nis­ta, una mu­jer que es­tá to­tal­men­te des­qui­cia­da y muy frus­tra­da. Es una no­ve­la muy tea­tral, eso ha des­ta­ca­do Al­fre­do Con­de en la pre­sen­ta­ción, y es al­go que ven y me di­cen quie­nes la han leí­do. —¿Qué le pa­sa a Mer­ce­des?, su pro­ta­go­nis­ta, esa mu­jer des­qui­cian­te. —Mer­ce­des es una mu­jer con un pro­ble­ma men­tal, que se de­ja en­tre­ver des­de el prin­ci­pio. Qui­zá su con­flic­to in­te­rior es­tá en que Mer­ce­des es una mu­jer que se ve den­tro de una vi­da que no era la que ha­bía que­ri­do. Su ma­dre, de pro­ce­den­cia hu­mil­de, se afa­nó lo que pu­do en que su hi­ja fue­se al­go más que ella, en una épo­ca en que las mu­je­res ape­nas se for­ma­ban, y la úni­ca ma­ne­ra que te­nía Mer­ce­des de lle­gar a al­go era a tra­vés de su be­lle­za. Usar su be­lle­za pa­ra en­can­di­lar a al­guien y ca­sar­se bien. Lo con­si­guió con un hom­bre que no te­nía su tem­pe­ra­men­to, sino un ca­rác­ter mu­cho más dé­bil. —Un ro­to pa­ra un des­co­si­do, o un me­che­ro pa­ra un bi­dón de ga­so­li­na...

—Sí, las co­sas no sa­len co­mo ella es­pe­ra y em­pie­za a acu­mu­lar una frus­tra­ción que en­fi­la una sa­li­da trá­gi­ca. —Es­cri­bes dan­do en la te­cla de la im­por­tan­cia del es­ta­tus, del pe­so la con­di­ción fa­mi­liar y so­cial, de ese «ser al­guien» al es­ti­lo de A Co­ru­ña. ¿Es una no­ve­la muy co­ru­ñe­sa? —Qui­zá sí... es al­go que ha­go en tono

Di­cen que sé leer bien a la gen­te. Son 22 años de ofi­cio”

sar­cás­ti­co, con esa in­ten­ción mor­daz. Aquí me río un po­co de ese «ce­teu­vis­mo» al que ca­si to­dos los co­ru­ñe­ses per­te­ne­ce­mos pe­ro que lle­va­do al ex­tre­mo es pa­té­ti­co, el que­rer se­guir vi­vien­do de un ape­lli­do sin más, sin te­ner na­da que apor­tar, sin ser na­die por ti mis­mo ni ser fe­liz, pue­de ser pa­té­ti­co. —Hay un gui­ño a Kaf­ka en cla­ve eró­ti­ca y do­més­ti­ca. La de la pro­ta­go­nis­ta es una trans­for­ma­ción que va de­to­nan­do en su lec­tor dis­tin­tas emo­cio­nes, de la ra­bia a la com­pa­sión pa­san­do por la ex­tra­ñe­za y el des­pre­cio ab­so­lu­to. Tam­bién hay un ai­re a «Mi­sery». ¿Lec­to­ra de Step­hen King? —Mi­sery me gus­tó mu­chí­si­mo. Tam­bién me ha mar­ca­do Cin­co ho­ras con

Ma­rio o La ga­ta so­bre el te­ja­do de zinc.

Esos li­bros son par­te de mí y su­pon­go que los li­bros que lees y se que­dan te van lle­van­do por un ca­mino. Es­ta es so­bre to­do una no­ve­la de te­rror, por­que lo que ocu­rre es te­rro­rí­fi­co... —¿Con qué lec­tor co­nec­tas más? —So­bre to­do con el pú­bli­co fe­me­nino. Y más de una ami­ga lec­to­ra me co­men­ta que a ver quién en un mo­men­to de su vi­da no ha sen­ti­do esa ra­bia ha­cia el ma­ri­do y no ha te­ni­do ga­nas de, de... Una ami­ga mía que es muy sin­ce­ra me de­cía: «Ven­ga, va­mos a de­jar­nos de idi­lios, que que­da muy bo­ni­to y eso, pe­ro quién se lo cree... ¿A ver, quién no ha te­ni­do al­gu­na vez ga­nas de fas­ti­diar bien a su ma­ri­do?». Pe­ro se tra­ta so­bre to­do de en­fo­car­lo con hu­mor, de reír­se, vien­do has­ta dón­de es ca­paz de lle­gar Mer­ce­des con sus lo­cu­ras y con su atroz sen­ti­do de la reali­dad. —«El per­fec­to ma­ri­do» tam­bién pue­de re­sul­tar des­qui­cian­te... ¿no?

—El ma­ri­do de Mer­ce­des es un pu­si­lá­ni­me, al­guien sin tem­pe­ra­men­to, sin san­gre en las ve­nas... Lo que le pa­sa a él, bá­si­ca­men­te, es que es­tá pro­fun­da­men­te enamo­ra­do de ella, no sa­be­mos qué le vio pe­ro es así... Y ella con su ha­bi­li­dad ha lle­ga­do a ha­cer­le creer a él que le ha fa­lla­do. Él lle­ga a sen­tir eso, que le ha fa­lla­do y que es me­re­ce­dor de to­do lo que ella le ha­ce su­frir. —La fuer­za, tam­bién la del la­do os­cu­ro, la tie­nen las mu­je­res. Los per­so­na­jes fe­me­ni­nos son muy po­de­ro­sos, y es­tán re­tra­ta­dos sin edul­co­ran­tes ni los efec­tos cos­mé­ti­cos de lo po­lí­ti­ca y so­cial­men­te co­rrec­to hoy. —Sí. Aquí re­tra­to la hi­po­cre­sía de las re­la­cio­nes, de las amis­ta­des in­tere­sa­das... Esas amis­ta­des de ca­ra a la ga­le­ría tras las que se es­con­den a ve­ces los peo­res sen­ti­mien­tos, la en­vi­dia, el odio. —Su­peran­do las fron­te­ras li­te­ra­rias, de­be de ser di­fí­cil vi­vir su­peran­do e in­ter­pre­tan­do los có­di­gos cor­te­ses y las bue­nas ma­ne­ras mu­chas ve­ces hi­pó­cri­tas que mar­can los círcu­los bien en sus re­la­cio­nes co­ti­dia­nas... —¡Hom­bre, cla­ro! Y ver­da­de­ra­men­te es así. Nun­ca sa­bes en quién pue­des con­fiar ni en quién no... Pe­ro to­dos te­ne- mos que di­ge­rir y tra­gar mu­chas co­sas pa­ra que la reali­dad no sea un in­fierno. Y Mer­ce­des tra­ga muy po­co... —La vo­ca­ción li­te­ra­ria aflo­ró en ti a raíz del fa­lle­ci­mien­to de tu her­mano Ser­gio a los 33 años, que com­par­tes en for­ma de ho­me­na­je en la no­ve­la «De­jad­me mar­char». —Fue una ma­ne­ra de afron­tar el due­lo. Y ahí me di cuen­ta de que el mer­ca­do edi­to­rial es ce­rra­do. Tú pue­des es­cri­bir muy bien pe­ro lo más pro­ba­ble es que no te den la opor­tu­ni­dad. Los ma­nus­cri­tos sue­len ir al ca­jón, por­que las edi­to­ria­les tie­nen sus au­to­res de ca­be­ce­ra. Por eso me sien­to afor­tu­na­da; siem­pre le es­ta­ré agra­de­ci­da a Ine­di­tor por ha­ber con­fia­do en mí, me abrió puer­tas. Lue­go es­cri­bí

Una vi­da es­pe­ran­do [pre­mio Are­nas]. —Una no­ve­la que ha­bla de la ve­jez.

—Sí, por­que las per­so­nas ma­yo­res es­tán ol­vi­da­das y mu­chos lle­ga­re­mos a vie­jos. Fí­si­ca­men­te tu cuer­po se de­te­rio­ra, pe­ro tu ca­be­za es­ta­rá lle­na de vi­ven­cias y pro­ba­ble­men­te te sien­tas jo­ven... aun­que no te re­co­noz­cas en el es­pe­jo. Al­gún día tú y yo se­re­mos vie­jas, pe­ro sin­tién­do­nos por den­tro más o me­nos igual que aho­ra. —En otro li­bro ofre­ces las «Cla­ves pa­ra ves­tir bien». Tres con­se­jos rá­pi­dos.

—1. Me­nos es más. 2. Mí­ra­te al es­pe­jo an­tes de sa­lir. 3. Apó­ya­te en pro­fe­sio­na­les an­te un even­to im­por­tan­te. —¿En qué se pa­re­cen la li­te­ra­tu­ra y la mo­da?

—Pa­ra ves­tir a la gen­te hay que sa­ber leer en ella. Ves­tir a la gen­te, co­mo es­cri­bir, es una for­ma de crear.

FO­TO: ÁN­GEL MANSO

LAS HO­RAS NO CON­TA­DAS AU­TO­RA BEGOÑA PEÑAMARÍA EDI­TO­RIAL PIG­MA­LIÓN Una so­la no­che. Un so­lo es­ce­na­rio. Dos mu­je­res. Una víc­ti­ma per­fec­ta. Un noir do­més­ti­co-sal­va­je pa­ra leer de un ti­rón.

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