Ser Ar­ctic Mon­keys sin ha­cer un dis­co de Ar­ctic Mon­keys

La Voz de Galicia (A Coruña) - Fugas - - MÚSICA - TEX­TO: CAR­LOS PE­REI­RO

Asal­tar una obra de Ar­tic Mon­keys re­quie­re cier­to aire tras­cen­den­tal. Los bri­tá­ni­cos son una ban­da ge­ne­ra­cio­nal. Cóm­pli­ces ab­so­lu­tos de la mú­si­ca del si­glo XXI y con un pa­pel in­dis­cu­ti­ble. Su idi­lio con el público hi­zo que mu­chos que esos ro­zan hoy la trein­ten­ta (o la tras­va­san) ca­ye­ran o re­des­cu­brie­ran la mú­si­ca rock. La su­ya es una his­to­ria vic­to­rio­sa, ele­gan­te; gra­cias a un Alex Tur­ner que pa­sa­rá a la his­to­ria co­mo ese com­po­si­tor há­bil y ve­raz. Aho­ra bien. Lle­ga un pun­to y apar­te. Otro ca­pí­tu­lo, o in­clu­so, otro li­bro. Tran­qui­lity Ba­se Ho­tel & Ca­sino se­ría un tra­ba­jo incomprensible en otro mo­men­to. Pe­ro, da­da la in­for­ma­ción que el mun­do po­see so­bre Tur­ner y Ar­tic Mon­keys, uno pue­de en­trar en él, con­tex­tua­li­zar­lo y com­pren­der có­mo una ban­da es ca­paz de des­po­jar­se de su propio so­ni­do y se­guir viva. ¿O vivo? ¿Po­dría ser aca­so es­te dis­co el pri­me­ro de Tur­ner en so­li­ta­rio? Po­dría. Ca­si lo fue. Ca­si lo es.

Di­fu­mi­na­da su iden­ti­dad, Ar­ctic Mon­keys pre­sen­tan un tra­ba­jo cal­ma­do, co­ci­na­do a fue­go len­to y en­va­sa­do con mi­mo. Es di­fí­cil. Mu­cho. Ne­ce­si­ta de la pre­dis­po­si­ción del oyen­te pa­ra no de­jar­se lle­var por esa ra­bia in­cons­cien­te que uno no­ta­rá al com­pro­bar y de­cir que «es­tos no son Ar­tic Mon­keys». De­trás de ese hu­mo, de esa cor­ti­na, se plan­ta una obra im­pa­ga­ble, con un con­te­ni­do lí­ri­co tre­men­do que de­ja a Tur­ner co­mo ab­so­lu­to me­sías, y al res­to de la ban­da (aún sien­do im­pres­cin­di­bles) en un dis­cre­to se­gun­do plano. Las gui­ta­rras de­sa­pa­re­cen y los pia­nos to­man el con­trol. Es de­ta­llis­ta, re­quie­re mu­cha atención. En una so­cie­dad don­de el tiem­po se ha con­ver­ti­do en mer­can­cía do­ra­da, se po­dría ha­blar de un dis­co que no so­lo pi­de al oyen­te na­dar a con­tra­co­rrien­te, sino que le in­ci­ta a su­mer­gir­se en un agua fría, y bu­cear has­ta en­con­trar aguas más cá­li­das. Es una apues­ta arries­ga­da. La crí­ti­ca lo ha re­ci­bi­do bien y el público, de al­gu­na ma­ne­ra, tam­bién ha que­ri­do tra­tar de com­pren­der­lo. Si lo ha lo­gra­do o no, es di­fí­cil es­cla­re­cer­lo. El tiem­po se­rá ne­ce­sa­rio pa­ra com­pro­bar el po­so que de­ja Tran­qui­lity Ba­se Ho­tel &

Ca­sino en el sub­cons­cien­te co­lec­ti­vo. Tam­bién có­mo se mo­ve­rán los bri­tá­ni­cos en su si­guien­te tra­ba­jo. La du­da de si man­ten­drán la sen­da co­men­za­da, o si ce­rra­rán es­te ca­pí­tu­lo. No es un tra­ba­jo per­fec­to, y qui­zás par­te de su be­lle­za y éxi­to co­se­cha­do ra­di­que en ese pun­to. No lo es y no quie­re ser­lo por­que no lo ne­ce­si­ta. Tam­po­co Ar­tic Mon­keys lo son. Sin em­bar­go na­die po­dría du­dar de su apor­ta­ción a la mú­si­ca de es­te mi­le­nio.

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