Lo con­fie­so

La Voz de Galicia (A Coruña) - Gastronomia y Vinos - - A Sorbos Y A Bocados -

En mi co­lum­na de es­te mes ten­go que des­nu­dar­me an­tes mis lec­to­res —me­ta­fó­ri­ca­men­te, por su­pues­to— y con­fe­sar que, entre mis vi­cios del ayer, es­ta­ba el del ta­ba­co. Aho­ra so­lo fu­mo pu­ros de vez en cuan­do y, aun­que me sien­tan co­mo un ti­ro, man­ten­go el vi­cio por amor pro­pio, pa­ra lle­var la con­tra­ria a los vir­tuo­sos de to­da la vi­da. Ya no se pue­de fu­mar en nin­gún si­tio. So­lo nos que­dan las te­rra­zas; esas te­rra­zas don­de nos sen­ta­mos los fu­ma­do­res pa­ra re­ci­bir las mi­ra­das ai­ra­das de las gen­tes que pa­san. Unos nos des­pre­cian por ca­pi­ta­lis­tas —el pu­ro, aun­que sea mo­des­to, es un sím­bo­lo— y otros por des­ca­rria­dos. El otro día una se­ño­ra, en pleno Can­tón Gran­de, me abo­fe­teó sin mi­se­ri­cor­dia al gri­to de: «¡No le da ver­güen­za el mal ejem­plo que le da a los jó­ve­nes, an­ciano de mier­da!». Yo aho­ra fu­mo pu­ros pe­ro an­tes fu­ma­ba ci­ga­rri­llos. Y en lu­gar de de­jar al ta­ba­co, el ta­ba­co me de­jó a mí. Tu­vo pie­dad, me de­jó mar­char, me di­jo: «An­da, ve­te y vi­ve». Fue ha­ce más de cua­ren­ta años y to­da­vía me acuer­do de aque­lla ni­co­ti­na del Du­ca­dos a la que tan­to qui­se. Era aque­lla se­ño­ra co­mo una aman­te, com­pren­si­va y a la vez mal­va­da. Siem­pre es­ta­ba rom­pién­do­me el co­ra­zón, de­ján­do­me ne­gros los pul­mo­nes y su­su­rrán­do­me al oí­do pa­la­bras de amor. Me de­cía, lo re­cuer­do muy bien, que ella era la ins­pi­ra­ción y que atraía a las mu­sas. Que si que­ría triun­far en el mun­do li­te­ra­rio ella me ayu­da­ría, que yo le en­tre­ga­ría mi cuer­po he­cho unos zo­rros pe­ro que, a cam­bio, me dic­ta­ría una no­ve­la de éxi­to con la que pi­sa­ría el um­bral de la glo­ria. Yo creo que me de­jó vi­vir por mi fal­ta de ta­len­to. Se lo pen­só me­jor y se di­jo: «Es­te se­ñor no tie­ne nin­gún por­ve­nir, es un prin­ga­de­te de las le­tras que no pa­sa­rá nun­ca de ar­ti­cu­lis­ta gas­tro­nó­mi­co», y me aban­do­nó por otro, se lió con un poe­ta su­bli­me que aho­ra cría mal­vas en un jar­dín flo­ri­do.

La ni­co­ti­na es co­mo to­das las mu­je­res fa­ta­les. Tie­ne con­ver­sa­ción y en­can­to, te se­du­ce con su cuer­po ser­pen­tean­te —aun­que la mía era un po­co es­tre­cha de ca­de­ras— y con sus aires de gran­de­za. La ni­co­ti­na de an­tes for­ma­ba par­te del mun­do de la no­che, se lle­va­ba bien con el whisky y el ar­ma­ñac y mal, muy mal, con el vino que ven­de Asun­ción. ¿Que si la echo de me­nos? Pues mi­re us­ted sí, la quie­ro y siem­pre la que­rré. Es un vie­jo amor, de los que no se ol­vi­dan. Fu­mo pu­ros por nos­tal­gia y sé que al­gún día re­gre­sa­rá pa­ra de­jar­me, al fin, el co­ra­zón par­ti­do.

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