«Mis abue­los no sa­ben a qué me de­di­co»

Brais Mou­re de­jó to­do atrás, in­clu­so un pues­to fi­jo en una im­por­tan­te em­pre­sa, pa­ra de­di­car­se a su pa­sión, el mun­do de las apli­ca­cio­nes, una in­dus­tria a la que de­di­ca to­do su tiem­po des­de ha­ce un año y me­dio. No le va mal. Des­de que co­men­zó su aven­tu­ra ya

La Voz de Galicia (A Coruña) - Internet y Redes Sociales - - Ingenio -

El mun­do de los vi­deo­jue­gos ha ido cre­cien­do al mis­mo rit­mo que una ge­ne­ra­ción en­te­ra. Son esos que du­ran­te su ni­ñez dis­fru­ta­ban con Ma­rio Bross y Po­ke­mon. Los que du­ran­te su ado­les­cen­cia vie­ron ate­rri­zar el cui­da­do por los de­ta­lles grá­fi­cos, y los que du­ran­te los úl­ti­mos años han vis­to co­mo es­te sec­tor se trans­for­ma por com­ple­to pa­ra dar pa­so a un mun­do de in­fi­ni­tas po­si­bi­li­da­des en el que las apli­ca­cio­nes pa­ra mó­vil más bá­si­cas com­pi­ten de tú a tú con las gran­des pro­duc­cio­nes. Brais Mou­re es uno de ellos. Es­te mon­for­tino afin­ca­do en A Co­ru­ña, dis­fru­ta­ba en su ni­ñez de las tí­pi­cas re­crea­ti­vas, una pa­sión que con el tiem­po ha sa­bi­do con­ver­tir en su pro­fe­sión. «De pe­que­ño nun­ca se me pa­só por la ca­be­za de­di­car­me a crear vi­deo­jue­gos por­que sim­ple­men­te me pa­re­cía al­go in­via­ble. En Es­pa­ña no ha­bía desa­rro­lla­do­res in­de­pen­dien­tes y en aquel mo­men­to los que se de­di­ca­ban a es­te mun­do eran per­so­nas muy in­te­li­gen­tes, gen­te que con­si­de­rá­ba­mos fue­ra de se­rie», ase­gu­ra es­te jo­ven ga­lle­go al que el tiem­po fue en­se­ñan­do que su lu­gar era pre­ci­sa­men­te ese que an­ta­ño con­si­de­ra­ba tan le­jano, el del desa­rro­llo de jue­gos y apli­ca­cio­nes.

Brais Mou­re vio cla­ro cuál era su sue­ño y de­ci­dió lan­zar­se. Y lo hi­zo arries­gan­do. De­jó atrás su pues­to en una im­por­tan­te mul­ti­na­cio­nal ga­lle­ga y co­men­zó a lu­char por su pa­sión. La ju­ga­da le ha sa­li­do bas­tan­te bien. Des­pués de más de un año co­mo au­tó­no­mo, Mou­re cuen­ta con un buen pu­ña­do de apli­ca­cio­nes a sus es­pal­das y la con­fian­za de dos star­tups que apues­tan por su ta­len­to.

A pe­sar de que se sien­te real­men­te a gus­to tra­ba­jan­do en el mun­di­llo de las star­tups, y de que es­te es uno de los sec­to­res que más se­gu­ri­dad le pue­den dar, Mou­re tam­bién apues­ta por otras ac­ti­vi­da­des más crea­ti­vas. Qui­zás por ello una de las en­se­ñas de las que más or­gu­llo­so es­tá es­te mon­for­tino es de Speedy Wha­les, un pe­cu­liar gui­ño al ar­chi­co­no­ci­do Flappy Bird que fue re­ti­ra­do de las tien­das de Goo­gle y Ap­ple des­pués de que su pro­pie­ta­rio de­ci­die­ra eli­mi­nar cual­quier ras­tro de su ful­gu­ran­te éxi­to. Speedy Wha­les es al­go más com­ple­jo que el pá­ja­ro vo­la­dor que in­ten­ta­ba es­qui­var tu­be­rías. La crea­ción de Mou­re, que pro­ta­go­ni­za una sim­pá­ti­ca ba­lle­na, se ba- sa en ir es­qui­van­do a otros ani­ma­les de su cla­se y ha­cer­se con un buen pu­ña­do de mo­ne­das. «Es­ta es una de las apli­ca­cio­nes a la que le pu­se más ca­ri­ño. Las otras que ten­go en el mer­ca­do —unas diez o do­ce— no son tan vi­sua­les co­mo Speedy Wha­les, en la que me im­pli­qué del to­do. El di­se­ño, que no es pre­ci­sa­men­te mi fuer­te, es to­do he­cho por mí y lo cier­to es que con el tiem­po me he da­do cuen­ta de que dis­fru­té mu­cho del pro­ce­so», ex­pli­ca Mou­re que cree que el éxi­to de es­te ti­po de pro­duc­tos re­si­de en có­mo se re­la­cio­nan las per­so­nas con ellos: «Bus­cas te­ner un ra­ti­llo pa­ra des­co­nec­tar y

El rum­bo que de­ci­dió to­mar en su ca­rre­ra la­bo­ral no de­jó muy tran­qui­la a su fa­mi­lia. Al me­nos al prin­ci­pio. Aho­ra que su apues­ta co­mien­za a dar los pri­me­ros fru­tos, en su ca­sa co­mien­zan a en­ten­der un po­co me­jor las co­sas. Eso sí, Mou­re aña­de que, a pe­sar de la sor­pre­sa ini­cial, el apo­yo de su fa­mi­lia ha si­do cons­tan­te en to­do mo­men­to. «Cuan­do se lo di­je a mi ma­dre y a mis abue­los, que al fin y al ca­bo po­de­mos de­cir que son gen­te clá­si­ca, me mi­ra­ron ra­ro por­que no sa­bían exac­ta­men­te a qué me iba a de­di­car. Les di­je que de­ja­ba mi tra­ba­jo y mi suel­do fi­jos pa­ra ir­me a mi ca­sa a tra­ba­jar de­lan­te de un or­de­na­dor. Se que­da­ron un po­co preo­cu­pa­dos». El tiem­po ha ido dán­do­le la ra­zón, pe­ro hay co­sas que es di­fí­cil cam­biar: «Mis abue­los, a día de hoy, si­guen sin sa­ber muy bien a qué me de­di­co, pe­ro a pe­sar de eso me si­guen apo­yan­do cie­ga­men­te».

TEX­TO: SA­RA CABRERO.

FO­TO: MAR­COS MÍGUEZ

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