Vol­ve­mos a los ár­bo­les

La Voz de Galicia (A Coruña) - Mercados - - LA SEMANA - Juan Carlos Mar­tí­nez

Ha­blá­ba­mos el otro día de tu­ris­mo, ac­ti­vi­dad que ya su­pera el 10 % del PIB ga­lle­go, y vol­ve­mos a ha­blar hoy, por­que hay pre­vi­sio­nes de ré­cord pa­ra los pró­xi­mos años y por­que hay preo­cu­pa­cio­nes re­no­va­das, es­pe­cial­men­te por su ele­va­da es­ta­cio­na­li­dad. Por suer­te con­ta­mos con ejem­plos abun­dan­tes, a cor­ta dis­tan­cia por vía aé­rea, pa­ra apren­der de los me­jo­res y evi­tar erro­res. Te­ne­mos ahí al la­do las Azo­res, que son co­mo Ga­li­cia en va­cas y en ver­de pe­ro con más an­ti­ci­clón; y pa­ra el rum­bo con­tra­rio, Me­nor­ca, que es co­mo Ma­llor­ca pe­ro sin tan­to apar­ta­men­to ni tan­to tu­ris­ta bo­rra­cho ti­rán­do­se de los bal­co­nes. En am­bos ca­sos han sa­bi­do man­te­ner su atrac­ti­vo, que no es más que po­ten­ciar su per­so­na­li­dad pro­pia —en el te­rri­to­rio cons­trui­do, en las cos­tum­bres, en el cui­da­do del pai­sa­je— y crear así el va­lor di­fe­ren­cial fren­te a las cos­tas tu­rís­ti­cas del mun­do, con sus mu­ra­llo­nes edi­fi­ca­dos de pri­me­ra lí­nea de pla­ya y su vi­da con­ven­cio­nal.

En esas is­las que va­len co­mo ejem­plo, más que dis­co­te­cas y di­ver­sión a ho­ra fi­ja aun­que te due­lan los jua­ne­tes, la gen­te va a ver los pa­tos y las gar­zas de la Albufera d’es Grau o a abra­zar el gi­gan­tes­co fi­cus del jar­dín de An­tó­nio Bor­ges. No hay que sor­pren­der­se: es otra for­ma de dis­fru­tar de la vi­da que to­ma fuer­za según la hu­ma­ni­dad se ha­ce ur­ba­na.

¿Nos con­ven­ce­re­mos de que Ga­li­cia tie­ne que po­ten­ciar ese ca­rác­ter su­yo dis­tin­ti­vo, que es la ri­que­za pai­sa­jís­ti­ca, ma­ri­na, flu­vial, bo­tá­ni­ca, fo­res­tal, y evi­tar nue­vas des­truc­cio­nes en bus­ca de un tu­ris­mo de pla­ya que aquí no to­ca más que dos me­ses al año? Te­ne­mos el se­gun­do ár­bol más al­to de Eu­ro­pa, los ro­bles más es­pi­ga­dos del con­ti­nen­te, el ca­me­lio más gran­de del mun­do, los cas­ta­ños mo­nu­men­ta­les de Man­za­ne­da, los bos­ques de te­jos de Val­deo­rras, tan bo­ni­tos en pri­ma­ve­ra co­mo en oto­ño. De­be­ría­mos cui­dar­los y dar­los a co­no­cer al tu­ris­mo tran­qui­lo del pla­ne­ta. Aho­ra que el há­bi­tat de los hu­ma­nos es el as­fal­to, pa­re­ce que mu­chos de ellos quie­ren vol­ver a los ár­bo­les. Aquí los tie­nen pa­ra to­dos los gus­tos.

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