Los cos­tes del desamor

La Voz de Galicia (A Coruña) - Mercados - - ACTUALIDAD -

Des­pués de la ba­ta­lla vie­ne el re­cuen­to de da­ños. En esas es­ta­mos tras el nue­vo es­ta­lli­do de la cues­tión ca­ta­la­na. Aque­lla co­mu­ni­dad, han di­cho los ex­per­tos, per­de­rá en un año 61.000 mi­llo­nes por la fu­ga de empresas. Y el con­jun­to de la eco­no­mía es­pa­ño­la, se­gún el BBVA, per­de­rá tres dé­ci­mas de PIB en el 2018. Las ci­fras no son agra­da­bles pa­ra quie­nes es­pe­ra­ban ya un gi­ro de la po­lí­ti­ca eco­nó­mi­ca que pro­pul­sa­ra me­jo­ras sa­la­ria­les y, con ellas, un ti­rón de la de­man­da in­ter­na y, de pa­so, un gol­pe a la de­sigual­dad. Pe­ro ¿ten­drá es­to en cuen­ta esa par­te im­por­tan­tí­si­ma de ca­ta­la­nes que apo­ya el in­de­pen­den­tis­mo?

Po­si­ble­men­te no. «Es una cues­tión de sen­ti­mien­tos», me de­cía un ca­ta­lán com­pa­ñe­ro de via­je, con muy po­cas se­ñas de ha­ber si­do in­de­pen­den­tis­ta en su vi­da pe­ro que ve­nía de dis­cu­tir has­ta el in­sul­to con otro via­je­ro, ma­dri­le­ño en to­dos los sen­ti­dos. Fren­te a los sen­ti­mien­tos no va­len las cal­cu­la­do­ras. Al­gu­nos di­rán que es­to no es una cues­tión sen­ti­men­tal, sino de am­bi­cio­nes de po­der y de cálcu­los elec­to­ra­les que a al­gu­nos se les han ido de las ma­nos, y que a ver si va­mos a con­ta­giar­nos aho­ra del dis­cur­so me­lo­so de Oriol Jun­que­ras, que más que del fe­de­ra­lis­mo re­pu­bli­cano de Pi y Mar­gall, pa­re­ce em­pa­pa­do de la uto­pía de Fou­rier y su Nue­vo mun­do amo­ro­so.

Y, sin em­bar­go... Los go­bier­nos de­be­rían aten­der a los afec­tos, no so­lo a las ci­fras. La cues­tión ca­ta­la­na vie­ne de un lar­go y pe­no­so ca­mino de ma­la ba­ba. Na­da me­nos que en 1931, Amé­ri­co Cas­tro es­cri­bió, ha­blan­do de la desafec­ción ca­ta­la­na, que «el desamor co­lec­ti­vo es el ca­riz sen­ti­men­tal que asu­me la fal­ta de bue­nos la­zos hu­ma­nos, es de­cir, la ca­ren­cia de afa­nes e in­tere­ses por en­ci­ma del ras de la tie­rra. Al aden­trar­se por la sen­da re­gre­si­va del desafec­to, el hom­bre de ca­da comarca va en­ca­ni­jan­do to­dos los va­lo­res, y la me­jor y más no­ble solera se vuel­ve mez­quino agua­pié». He­mos ido cons­tru­yen­do un país en que la mal­di­ción sar­tria­na —«el in­fierno son los otros»— se ve a flor de piel, en el trá­fi­co, en los des­tro­zos del bo­te­llón, en los in­cen­dios fo­res­ta­les. ¿Es­ta­re­mos a tiem­po de co­rre­gir­nos?

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