MARIEM FILGUEIRA, EM­PRE­SA­RIA Y DI­REC­TO­RA DE SHER­PA

La Voz de Galicia (A Coruña) - Mercados - - PORTADA - Su­sa­na Lua­ña

Na­da me gus­ta más que la mon­ta­ña, co­mo una sher­pa, as­cen­dí ya a más de cien pi­cos de dos mil me­tros de al­tu­ra»

«Ga­nar más di­ne­ro no es lo pri­mor­dial pa­ra mí, me im­por­ta más mar­car­me re­tos»

To­da la vi­da tuvo cla­ro que que­ría ser una sher­pa; es de­cir, guía y acom­pa­ñan­te en el di­fí­cil as­cen­so a la mon­ta­ña em­pre­sa­rial. Ha­cia ese ám­bi­to de­di­có su ac­ti­vi­dad pro­fe­sio­nal, y tras va­rias ex­pe­rien­cias la­bo­ra­les con em­pre­sa­rios de la in­dus­tria, con mu­je­res em­pre­sa­rias, con el co­mer­cio y con el em­pren­di­mien­to ru­ral, creó su pro­pia fir­ma: «Aho­ra soy li­bre y apli­co mi pro­pio mé­to­do»

Qui­zás por­que a me­nu­do vio lle­gar a su pa­dre can­sa­do y qui­so ten­der­le una mano, siempre su­po lo que que­ría ser de ma­yor, y por eso se ma­tri­cu­ló en la Es­cue­la de Ne­go­cios de Cai­xa­no­va, don­de cur­só Di­rec­ción y Ad­mi­nis­tra­ción de Em­pre­sas. «Mis pa­dres hi­cie­ron un gran es­fuer­zo pa­ra pa­gar­me la ca­rre­ra», ad­mi­te Mariem Filgueira (Pon­te­ve­dra, 1979). Su te­na­ci­dad, su ex­ten­sa ex­pe­rien­cia pro­fe­sio­nal y su ol­fa­to la lle­va­ron a co­no­cer los en­tre­si­jos de to­dos los ám­bi­tos em­pre­sa­ria­les ga­lle­gos, y cuan­do se sin­tió se­gu­ra, creó su pro­pia fir­ma y la do­tó de su per­so­na­li­dad, que es lo que qui­so hacer siempre. —¿Fue fá­cil ma­ri­dar su vo­ca­ción con la ofer­ta la­bo­ral? —No. Mi pa­re­ja era de A Coruña y me fui a vi­vir allí, y me cos­tó mu­cho. Tra­ba­jé en El Cor­te In­glés, de ope­ra­do­ra, en Fe­no­sa... y al mis­mo tiempo me se­guía for­man­do. —¿Có­mo lle­gó esa pri­me­ra oportunidad que todo el mun­do an­he­la? —Tras un año ha­cien­do lo que po­día, em­pe­cé a tra­ba­jar en OBZ, que es­ta­ba ha­cien­do unas guías em­pre­sa­ria­les, era co­mo un es­tu­dio de mer­ca­do. Primero me to­ca­ron las es­cue­las de música. Hi­ce sie­te en to­tal; gran­jas de aves­tru­ces, ca­ra­co­les y ra­nas... Es­tu­ve un año, el suel­do era irri­so­rio pe­ro es­ta­ba en­can­ta­da. OBZ ha­cía cur­sos de for­ma­ción pa­ra las cá­ma­ras y cuan­do se aca­bó lo de las guías les di­je que que­ría im­par­tir esos cur­sos, por­que eran 1.500 alum­nos. In­sis­tí y al fi­nal en­tré con un con­tra­to la­bo­ral, y ahí pu­de tras­la­dar lo que ha­bía apren­di­do en la Es­cue­la de Ne­go­cios. A ma­yo­res ha­cía diag­nós­ti­cos in­te­gra­les pa­ra el Iga­pe, que también fue apa­sio­nan­te por­que me per­mi­tía co­no­cer el es­que­le­to de las em­pre­sas y ha­cer­les una ra­dio­gra­fía. —¿Su am­bi­ción no cho­có con el te­cho de cris­tal? —Sí, cla­ro. Es­tu­ve en OBZ tres años y un día les di­je que que­ría más, pe­ro no ha­bía más pa­ra mí. Así que me cam­bié a For­ma­ción Mu­je­res, una oe­ne­gé de Ma­drid que también tra­ba­ja­ba en A Coruña. Fue un re­to, pa­sé a tra­ba­jar me­dia jor­na­da pa­ra crear un área de con­so­li­da­ción de em­pre­sas de mu­je­res, y fue di­fí­cil lle­gar a ellas. Mi trabajo con el Iga­pe se cen­tra­ba en la in­dus­tria y por lo tan­to, en un mun­do de hom­bres; co­no­cer el lado fe­me­nino me en­se­ñó que ellas tie­nen otras in­quie­tu­des, en­fo­ca­das a los ser­vi­cios, y me pre­gun­ta­ba por qué ocu­rría eso. Acos­tum­bra­da a ir a las car­pin­te­rías me­tá­li­cas con los al­ma­na­ques de chi­cas des­nu­das... Con las mu­je­res es­tu­ve año y me­dio y apren­dí a co­no­cer sus mie­dos, a com­par­tir sus an­gus­tias, a en­fren­tar­me a ca­sos de violencia de gé­ne­ro... Al­gu­nas iban con su pa­re­ja por­que él que­ría saber qué tra­ta­ban ellas con­mi­go... En fin, es­ta­mos ha­blan­do del 2006.

—¿Y des­pués? —Des­pués, co­mo siempre, quie­ro más. Em­pe­cé con Ba­rra­bés, una con­sul­to­ra de nuevas tec­no­lo­gías que em­pe­za­ba con la ven­ta por In­ter­net, ma­te­rial de mon­ta­ña en este ca­so. Me cen­tré en el mun­do vir­tual y en el már­ke­ting digital pa­ra em­pre­sas ex­por­ta­do­ras, y via­jé mu­cho.

—¿A us­ted no le afec­tó la cri­sis? —Por su­pues­to, lle­gó la cri­sis y en esa época me di­vor­cié y le di un giro to­tal a mi vi­da. Te­nía 29 años y se pro­du­jo una re­vo­lu­ción en mi in­te­rior. Re­cu­pe­ré el con­tac­to con mis pa­dres: ‘Os ne­ce­si­to’, les di­je. Y eso nos unió más. —¿Tras­la­dó esa cri­sis per­so­nal al ám­bi­to la­bo­ral? —Me ofre­cie­ron un pro­yec­to pa­ra ayu­dar a pe­que­ños co­mer­cios de A Coruña, pa­ra re­vi­ta­li­zar­los. Y co­no­cí otra reali­dad. Ahí cam­bié mi mé­to­do; apren­dí a escuchar por­que ha­bía mu­cho pol­vo que lim­piar. Y me di cuen­ta de que tra­ba­jan­do con el co­ra­zón se con­si­guen más co­sas. Su si­guien­te trabajo le per­mi­tió co­no­cer el em­pren­di­mien­to en el ru­ral, con lo que cerró el círcu­lo y se plan­teó otras cues­tio­nes. La prin­ci­pal, po­ner en prác­ti­ca su mé­to­do de trabajo con li­ber­tad, ya que pa­ra Mariem, «ga­nar más di­ne­ro no es lo pri­mor­dial, me im­por­ta más mar­car­me re­tos». —Re­gre­só a Pon­te­ve­dra y allí de­ci­dió crear su pro­pia em­pre­sa. ¿Có­mo to­mó la de­ci­sión? —Hi­ce un nue­vo pro­yec­to, el de Em­pre­sa­rias de Ga­li­cia, y un día me di­je: ‘Quie­ro ser li­bre’. Co­no­cí a Áfri­ca Gon­zá­lez, ges­to­ra del co­wor­king Es­pa­cio Arroe­lo, y creé Sher­pa Em­pre­sa­rial. Le pre­sen­té al Con­ce­llo el Plan Ve­rea, si­mi­lar a lo que hi­ce siempre pe­ro con mi me­to­do­lo­gía par­ti­cu­lar. Se se­lec­cio­nó a vein­te per­so­nas con un per­fil muy am­plio, des­de em­pren­de­do­res a em­pre­sa­rios que que­rían mejorar su ne­go­cio. Esa fue mi pri­me­ra ex­pe­rien­cia y también mi primer error; todo lo que lle­va­ba años di­cien­do que no se po­día hacer, lo hi­ce yo, que es te­ner to­dos los hue­vos en la mis­ma ces­ta, es de­cir, no di­ver­si­fi­car tu ne­go­cio. Se aca­bó el plan y me vi sin na­da, fue mi primer zas­ca.

—¿Có­mo su­peró ese ba­che? —Lo pa­sas muy mal cuan­do no tie­nes ca­pa­ci­dad fi­nan­cie­ra pa­ra afron­tar los pa­gos. Al fi­nal, el plan se re­no­vó, pe­ro pa­ra en­ton­ces ya te­nía otros ob­je­ti­vos. Las per­so­nas que es­ta­mos en el co­wor­king te­ne­mos un pro­yec­to con­jun­to muy in­tere­san­te que se lla­ma A Re­dei­ra pa­ra apo­yar­nos unos a otros e in­clu­so crear un ban­co de tiempo, y también voy a co­la­bo­rar con la Dipu­tación de A Coruña, con Ac­ción con­tra el ham­bre, con em­pre­sas pri­va­das, con pro­yec­tos re­la­cio­na­dos con la edu­ca­ción... Pen­sa­ba que Pon­te­ve­dra se me que­da­ba pe­que­ña y aho­ra es­toy en­can­ta­da. Es­tá ge­nial com­par­tir tu día a día con cua­ren­ta pro­fe­sio­na­les con los que te to­mas un ca­fé y te desaho­gas si tie­nes un pro­ble­ma.

—Su cu­rrícu­lo da pa­ra un li­bro —¡Bueno, ya co­la­bo­ré con uno! Con­té mi ex­pe­rien­cia en Em­pre­sa­ri@s. Una ma­ne­ra de es­tar en el mun­do, en el que un cen­te­nar de mu­je­res na­rra­mos có­mo hacer ne­go­cios con éxi­to y su­pe­rar las caí­das.

—¿Cuál es su se­cre­to? —Tra­to de des­mi­ti­fi­car el rol del pro­fe­sio­nal siempre dis­tan­te. No es la ma­ne­ra de hacer ne­go­cios. To­dos so­mos per­so­nas; co­me­mos, dor­mi­mos, su­fri­mos...

| EMI­LIO MOLDES

Mariem co­la­bo­ra aho­ra con otros em­pre­sa­rios en el «co­wor­king» Es­pa­cio Arroe­lo, en Pon­te­ve­dra.

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