La lu­cha del BIEN y el MAL

PATRICIA HEARST

La Voz de Galicia (A Coruña) - Mujer de Hoy - - Mujeres En Primera Línea -

Una chi­ca de bue­na fa­mi­lia em­pu­ñan­do un ar­ma jun­to al anagra­ma de un gru­po terrorista mar­gi­nal. La ima­gen de Patricia Hearst hi­zo tem­blar a los nor­te­ame­ri­ca­nos en los 70. Era el sím­bo­lo de to­do aque­llo que unos pa­dres po­dían te­mer: el se­cues­tro, la co­rrup­ción de los va­lo­res, la fra­gi­li­dad de las ba­rre­ras mo­ra­les que uno eleva pa­ra pro­te­ger a sus hi­jos. Era, en de­fi­ni­ti­va, el pa­so del bien al mal. Patty cre­ció, se­gún ella mis­ma con­ta­ba en sus me­mo­rias, “en un am­bien­te de cie­los cla­ros y azu­les, don­de bri­lla­ba el sol so­bre am­plias pra­de­ras de cés­ped, gran­des ca­sas con­for­ta­bles, clu­bes de cam­po con pis­ci­na, can­chas de te­nis y cla­ses de equi­ta­ción”. La nie­ta del mag­na­te de la pren­sa, Ran­dolf Wi­lliam Hearst, des­cri­bía la vi­da de una chi­ca ri­ca y cui­da­da sin so­bre­sal­tos. Ella so­lo de­bía de­ci­dir qué ves­ti­do po­ner­se. Y así fue has­ta el atar­de­cer del 4 de fe­bre­ro de 1974, cuan­do un co­man­do del Ejér­ci­to Sim­bió­ti­co de Li­be­ra­ción se la lle­vó por la fuer­za del apar­ta­men­to de dos plan­tas que com­par­tía con su no­vio, cer­ca de la Uni­ver­si­dad de Ber­ke­ley, en Ca­li­for­nia. So­lo lle­va­ba pues­to un ba­tín y unas za­pa­ti­llas. Pa­só los si­guien­tes ocho días en­ce­rra­da en un ar­ma­rio, con los ojos ven­da­dos y ata­da. La gol­pea­ron, la vio­la­ron, la man­tu­vie­ron ce­ga­da. Pe­ro aquí es don­de em­pie­za la lu­cha en­tre la ver­dad y la mentira: Patricia em­pie­za a man­dar a la pren­sa men­sa­jes en los que afir­ma que se ha con­ver­ti­do en un miem­bro más del ESL. 70 días des­pués de su se­cues­tro, apa­re­ce en el asal­to al Ban­co Hi­ber­nia, por­tan­do con gran sol­tu­ra un ri­fle au­to­má­ti­co. Hu­bo dos he­ri­dos. Es di­fí­cil creer que una chi­ca aco­mo­da­da se ha­ga terrorista de la no­che a la mañana. Asus­ta. Es co­mo si el mun­do se pu­sie­ra ca­be­za aba­jo. Y en efec­to, así era, pe­ro por cul­pa de un sín­dro­me, ape­nas es­tu­dia­do en­ton­ces, el de Es­to­col­mo. Pe­ro Patricia re­cha­zó res­pon­der a más de 40 pre­gun­tas y eso la hi­zo pa­re­cer cul­pa­ble an­te el juez. Patricia es hoy es un ama de ca­sa de 63 años, ma­dre de dos hi­jas y viu­da. Ha he­cho ci­ne, escrito li­bros y acu­de a con­cur­sos ca­ni­nos. So­lo cum­plió 22 me­ses de cár­cel. Sin em­bar­go, cuan­do se la mi­ra a los ojos, es di­fí­cil no sen­tir una es­pe­cie de ma­les­tar. ELE­NA CAS­TE­LLÓ

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