Sa­turno

La Voz de Galicia (A Coruña) - Mujer de Hoy - - Crónica De Cuatro Muertes Anunciadas (y Iv) - Por RA­MÓN CAM­POS Ilus­tra­cio­nes: SEAN MACKAOUI

Es­ta po­dría pa­re­cer la car­ta de un hom­bre enamo­ra­do, pe­ro no lo es. Es­ta po­dría pa­re­cer la car­ta de un hom­bre arre­pen­ti­do, pe­ro no lo es. Es­ta po­dría pa­re­cer la car­ta de un hom­bre que quie­re re­cu­pe­rar a su fa­mi­lia, pe­ro no lo es. Es la car­ta real que un ase­sino en­vió a su ex­mu­jer unas ho­ras an­tes de co­me­ter el peor cri­men que na­die pue­da lle­var a ca­bo.

Siem­pre me has di­cho que te gus­ta re­ci­bir cartas, y aho­ra ten­go tiem­po de es­cri­bir­te (de­ma­sia­do tiem­po). ¡Qué bo­ni­to se­ría po­der de­jar­te es­ta car­ta en tu me­si­lla de no­che pa­ra que cuan­do te le­van­tes por la ma­ña­na, te ale­gra­ra el día, en la me­di­da de lo po­si­ble! Creí al­can­zar el cie­lo cuan­do te co­no­cí. Tú va­les mu­cho y te lo me­re­ces to­do y, so­bre to­do, ser fe­liz, por­que siem­pre trans­mi­tes tran­qui­li­dad, paz y amor. Siem­pre me acor­da­ré del pri­mer día en que te vi, el día que te di el be­so o cuan­do te pe­dí que sa­lié­ra­mos. Me acuer­do de cuan­do en­tré en el pub. Es in­creí­ble que, con lo os­cu­ro que es, un to­rren­te de luz tan bri­llan­te ilu­mi­nó to­do tu cuer­po y vi tu bo­ni­ta cara, con­for­me me iba acer­can­do a ti por­que no que­ría per­der­te ni un so­lo ins­tan­te de vis­ta, pa­ra dis­fru­tar de ca­da se­gun­do de ese mo­men­to tan má­gi­co e irre­pe­ti­ble, has­ta que lle­gó tu ami­ga y me di­jo: “Ven, que te voy a pre­sen­tar a mi ami­ga” (y eras tú). Es­tu­vi­mos ha­blan­do lar­go ra­to, lue­go yo me can­sa­ba y me dis­te tu te­lé­fono. Co­mo sa­bía dón­de tra­ba­ja­ba tu ami­ga, me pa­sa­ba to­das las tar­des pa­ra sa­ber más de ti. Ha­bías en­tra­do ful­mi­nan­te­men­te en mi co­ra­zón. Por eso me di­je a mí mis­mo: “No pue­do de­jar de ha­cer to­do y de­jar­me has­ta el úl­ti­mo alien­to pa­ra de­mos­trar­te mi amor sin­ce­ro”. Por eso, cuan­do me en­te­ré por tu ami­ga de la exis­ten­cia de un mu­cha­cho es­pe­cial pa­ra ti y me di­jis­te que en Na­vi­dad te ibas a ver con él, me di­je a mí mis­mo: ”No sé que pa­sa­rá, lle­gan las fies­tas na­vi­de­ñas, ella en Huel­va, yo en Cór­do­ba...”. Pe­ro las na­vi­da­des pa­sa­ron y vol­ví a ver­te. Nun­ca me con­tas­te si viste a ese chi­co. En­ton­ces to­mé la de­ci­sión de pe­dir­te sa­lir. Nun­ca me ha­bía pues­to a pe­dir­le sa­lir a una per­so­na y aho­ra en­tien­do el por­qué. No lo ha­bía he­cho por­que no eras tú. Me acuer­do del día en que te di­je: “¿Quie­res sa­lir con­mi­go?”, a una chi­ca co­mo tú es­pe­cial, ro­mán­ti­ca, tier­na; que­ría que to­do fue­ra es­pe­cial. El co­ra­zón me la­tía co­mo nun­ca de rá­pi­do, bom­bea­ba la san­gre con una fuer­za... Pa­re­cía que se me iba a sa­lir por las cos­ti­llas, eso no me im­por­ta­ba. Sen­tía que los gol­pes eran tan fuer­tes que me lle­ga­ban a la gar­gan­ta. Te­mía que me im­pi­die­ran ha­blar. Cuan­do me di­jis­te con esa voz que sí, ca­si le­vi­to del sue­lo que pi­so. Y cuan­do co­gí al­gu­nas fuer­zas y me di cuen­ta de to­do lo pre­cio­so que es­ta­ba pa­san­do, te di un be­so en los la­bios, en­ton­ces creí que vo­la­ba.

Al re­gre­sar a mi ca­sa me de­cía: “Me doy un ca­be­za­zo con una fa­ro­la por­que no me creo la fe­li­ci­dad que in­va­de mi cuer­po”. ¡Có­mo echo de me­nos dar­te be­sos en tu me­ji­lla! Quie­ro dar­te paz, ca­ri­ño, amis­tad, com­pren­sión por­que tú te lo me­re­ces to­do. ¿Quie­ro? Ver tu co­lor, tu olor, tu tex­tu­ra, tu aro­ma, aun­que ten­gas ¿es­pi­nas? (co­mo ro­sa que eres). Tú ne­ce­si­tas amar

“Mi pro­pó­si­to de en­mien­da es to­tal”, es­cri­bió Bre­tón a su ex ho­ras an­tes de ma­tar a sus dos hi­jos.

y ser ama­da, yo he cam­bia­do por­que quie­ro cam­biar... Hay que ha­blar. El otro día hi­ce al­go que me con­ta­ron una vez. Me­ter en tres va­sos los nom­bres de tres per­so­nas, en mi ca­so no­vias, y do­blar los pa­pe­les con esos nom­bres. A la ma­ña­na si­guien­te so­lo uno de ellos se abri­rá; esa es la per­so­na ele­gi­da y se­ña­la­da. En mi ca­so es muy fá­cil por­que hay una no­via en mi vi­da, Ruth. Por eso, en los tres pa­pe­les ha­bía un nom­bre, Ruth, ca­da uno es­cri­to con más fuer­za. Mi pro­pó­si­to de en­mien­da es to­tal y no se va a vol­ver a re­pe­tir. Co­mo te de­cía, he fra­ca­sa­do. Por eso te pro­pon­go al­go. Te voy a pro­po­ner más co­sas. De la car­ta, es­ta pri­me­ra co­sa que te pro­pon­go es ha­cer una lista en la que pon­gas to­das las co­sas ma­las que ves en mí. Y yo te di­go en qué pue­do cam­biar. Si a tan so­lo a una te di­je­ra que no, que a esa no pue­do, des­apa­re­ce­ría de tu vi­da, no de la de los ni­ños. Lo que ocu­rre es que soy de la opi­nión de que las co­sas siem­pre se pue­den ha­blar y que no se ti­ra la toa­lla sin an­tes ha­ber­lo in­ten­ta­do to­do y ha­blar­lo. Fí­ja­te en lo que he con­se­gui­do, amar­gar­te la vi­da. Mu­chos ma­tri­mo­nios se se­pa­ran tras ha­ber­lo in­ten­ta­do to­do, a no­so­tros se nos han jun­ta­do mu­chas co­sas. Quie­ro en­trar otra vez en tu vi­da, no pien­so de­frau­dar­te, em­pe­ce­mos de nue­vo. Te­ne­mos, que eso es muy im­por­tan­te, dos ni­ños ma­ra­vi­llo­sos. Tú lo sa­bes de tus gru­pos cris­tia­nos, de los que yo te te­nía que ha­ber pre­gun­ta­do mu­cho más y ha­ber­te sa­ca­do mu­chas más ve­ces... Me ha­bría ayu­da­do a co­no­cer­te mu­cho más, a mí mis­mo, in­clu­so a co­no­cer­te a ti y a él. Nom­bro tan­to a ese hom­bre por­que es muy im­por­tan­te en tu vi­da y

por tan­to, en la mía. Y no sé si es una com­pa­ra­ción bue­na. Pe­ro yo voy a lu­char por nues­tra fa­mi­lia, co­mo tú has he­cho a lo lar­go de tu vi­da por él. A él, tu fa­mi­lia, la mía... les he pres­ta­do más cuen­ta de la que de­be­ría. Yo voy a lu­char por nues­tra fa­mi­lia, co­mo tú has he­cho a lo lar­go de tu vi­da por el otro. No me di­gas que des­pués de tan­to tiem­po jun­tos no nos que­da un res­col­do de es­pe­ran­za, ya me en­car­ga­ré yo de avi­var­lo. Ruth, yo no quie­ro a una mu­jer es­cla­va en la ca­sa. Siem­pre he vis­to la jus­ti­cia igual pa­ra to­dos. De he­cho, con el tiem­po me he da­do cuen­ta de que las ta­reas del ho­gar, aun­que abu­rri­das y mo­nó­to­nas, me gus­tan. In­clu­so pa­ra mí es más fá­cil que tú tra­ba­jes, que tú te sien­tas más rea­li­za­da, y yo ya con los ni­ños más in­de­pen­dien­tes, más des­can­sa­do. Me he da­do cuen­ta que te­nía que dar­te más en to­do. Que en el ma­tri­mo­nio hay eta­pas, hay pro­ble­mas, pe­ro que siem­pre ha­bía que ha­blar. Có­mo me gus­ta­ría que fué­ra­mos a po­der dar al­gún cur­si­llo pre­ma­tri­mo­nial y con­tar la ex­pe­rien­cia. Y po­ner en va­lor “pa­ra lo bueno y lo ma­lo, en la sa­lud y en la en­fer­me­dad”. No me re­cha­ces de tu vi­da.

Des­de lue­go, de una cri­sis hay que sa­lir for­ta­le­ci­do, no po­ner par­ches. Co­mo mis plan­tea­mien­tos son fuer­tes y sin­ce­ros, es­toy con­ven­ci­do de que pue­do dar­te el 100% de tus pre­ten­sio­nes de amor, paz, ter­nu­ra y fe­li­ci­dad. ¿Qué es lo que nos se­pa­ra? ¿Tan­ta re­pe­len­cia te pro­duz­co?. Tú y él sois muy im­por­tan­tes el uno pa­ra el otro, pe­ro... yo lo acep­to y lo ad­mi­to así. Pe­ro lo que me cues­ta es que di­gas que to­da nues­tra re­la­ción ha si­do un error. La cir­cuns­tan­cias no nos han fa­vo­re­ci­do, te­nía­mos que ha­ber pe­di­do ayu­da a los pro­fe­sio­na­les, por eso nos me­re­ce­mos una se­gun­da opor­tu­ni­dad… Dé­ja­me dar­te los bue­nos días por las ma­ña­nas, des­pe­dir­te con un dul­ce be­so, re­ga­lar­te flo­res, re­ga­lar­te los oí­dos de pi­ro­pos, por­que te los me­re­ces. Siem­pre es­ta­ré a tu la­do, no quie­ro per­der tu es­te­la que me guía... Siem­pre es­tás a mi la­do, y te ten­go pa­ra siem­pre. Yo no su­pon­dría un ago­bio pa­ra ti, al con­tra­rio, se­ría un re­man­so de paz, ter­nu­ra y ar­mo­nía, un ami­go sin más pre­ten­sio­nes, al­guien con quien com­par­tir de for­ma per­so­nal, ha­blar, pa­sear, vi­vir la vi­da. No pue­do, ni quie­ro que re­nun­cies a él, sién­te­lo y vi­ve. Dé­ja­me tu co­lor, tu olor, tu tex­tu­ra, tu aro­ma. Dé­ja­me man­dar­te cartas y flo­res, be­sos, ca­ri­ño, paz to­dos los días. Siem­pre te pe­di­ré per­dón, mi afán de en­mien­da es fuerte y sin­ce­ro. Me di­jis­te el otro día que ha­bía triun­fa­do vien­do a los ni­ños só­lo ca­da 15 días, to­do lo con­tra­rio. He fra­ca­sa­do con­ti­go co­mo ma­ri­do, con los ni­ños co­mo pa­dre, con tu fa­mi­lia e in­clu­so con la mía. Co­mo ya te he di­cho, he fra­ca­sa­do por la sen­ci­lla ra­zón de que os es­toy per­dien­do. Co­mo di­ce la can­ción, “se va ale­jan­do de mi vi­da lo que más que­ría”. Es­tos días que vuel­vo a ver el CD de la bo­da veo có­mo se re­fle­ja esa emo­ción en mi cara en esos mo­men­tos y si las co­sas se desa­rro­lla­ron con gran ra­pi­dez, en mi opi­nión, fue por mi de­di­ca­ción ex­ce­si­va a mi fa­mi­lia. Aho­ra, con el tiem­po, me he da­do cuen­ta que

“He in­ten­ta­do tra­tar­te co­mo la prin­ce­sa que eres. Tra­te­mos de dar­les una vi­da ideal a los ni­ños”.

lo im­por­tan­te es mi fa­mi­lia… La que for­ma­mos los ni­ños y no­so­tros. La fa­mi­lia política es la que es y no la po­de­mos cam­biar. Fí­ja­te lo que he con­se­gui­do, amar­gar­te la vi­da. Aun­que yo siem­pre he in­ten­ta­do tra­tar­te co­mo la prin­ce­sa que eres y co­mo te me­re­ces. In­ten­te­mos dar­les una vi­da ideal a los ni­ños, ya sa­be­mos los erro­res... ¡Qué bo­ni­to se­ría lle­var­los al co­le­gio, al mé­di­co, pa­sear jun­tos, ir de pic­nic, a la pla­ya! Con­ti­go ir al cine, sa­lir a bai­lar que no es lo mío, pe­ro por ti vol­ve­ría a apun­tar­me a las cla­ses de bai­le, ver una pues­ta de sol, sen­ta­dos y abra­za­dos des­pués de que los ni­ños se acues­ten. No pien­so de­frau­dar­te, te­ne­mos, que eso es muy im­por­tan­te, dos ni­ños ma­ra­vi­llo­sos. Per­mí­te­me ayu­dar­te con ellos en to­do lo que les ha­ce fal­ta a dia­rio, trans­mi­tién­do­te paz, amor, fe­li­ci­dad… Los ni­ños lo ven to­do. Dé­ja­me es­te do­min­go, cuan­do vuel­va con los ni­ños, que­dar­me con vo­so­tros, con tu ma­dre, le pe­di­ré mil per­do­nes de ro­di­llas. Se pue­de in­ten­tar, sé que me­re­ce la pe­na.

Res­pec­to a los ni­ños, me he da­do cuen­ta de que, en mi afán de ser pro­ta­go­nis­ta, no he da­do to­do lo que po­día. Qué fe­li­ces vi­ven con mi her­ma­na, los ni­ños van des­cal­zos y no pa­sa na­da, juegan y no pa­sa na­da. Es­te fin de se­ma­na, cuan­do es­tu­vie­ron los ni­ños en Cór­do­ba, se lo pa­sa­ron en gran­de, y yo pen­sa­ba, pa­ra cual­quier co­sa... Ma­ría Ruth, y lo que más me ha­bría gus­ta­do es que tú es­tu­vie­ras aquí, y yo apo­yán­do­te en to­do. Co­mo ya te he di­cho con an­te­rio­ri­dad, no he triun­fa­do, he fra­ca­sa­do per­so­nal­men­te al per­de­ros a to­dos, las ca­lles es­tán lle­nas de gen­te pe­ro yo es­toy so­li­ta­rio, co­mo un al­ma en pe­na. Sin vo­so­tros no soy na­da, ni voy a nin­gún la­do sin vo­so­tros, sin tu fa­mi­lia y la mía. Tu “pe­que”, tu Bre­tón que te quie­re a ti, a los ni­ños, a tu fa­mi­lia y al mun­do”. Unas ho­ras des­pués de en­tre­gar­le esa car­ta a su ex­mu­jer, Ruth, Jo­sé Bre­tón sa­lía de Huel­va con sus hi­jos pa­ra di­ri­gir­se a Cór­do­ba, don­de él re­si­día des­de que se ha­bían se­pa­ra­do, con la in­ten­ción de ase­si­nar­los. Se ha­bían co­no­ci­do 12 años an­tes en una fies­ta or­ga­ni­za­da por la Fa­cul­tad de Ve­te­ri­na­ria de la ciu­dad de la mez­qui­ta, don­de ella es­tu­dia­ba esa ca­rre­ra. Co­rría 1998. Co­mo tan­tas otras ve­ces su­ce­de, una ami­ga co­mún les pre­sen­tó. Él, un chi­co no de­ma­sia­do gua­po pe­ro siem­pre bien arre­gla­do, asea­do y se­gu­ro de sí mis­mo, ha­bía co­men­za­do a tra­ba­jar co­mo con­duc­tor de au­to­bu­ses, tras aban­do­nar el ejér­ci­to y ser re­cha­za­do pa­ra en­trar en la Guar­dia Ci­vil por su fal­ta de es­ta­tu­ra. Ella, una chi­ca ri­sue­ña y di­ver­ti­da, se sin­tió atraí­da por ese jo­ven edu­ca­do con al­gu­nas ma­nías que al prin­ci­pio no eran más que “pe­que­ños de­ta­lles sin im­por­tan­cia”.

Tú sa­bes co­mer bien? –le pre­gun­tó él una de las pri­me­ras ve­ces que que­da­ron pa­ra sa­lir. –¿Qué?– res­pon­dió ella, des­con­cer­ta­da. –Que si sa­bes co­mer bien... –re­pi­tió él, pa­ra lue­go ex­pli­car­le que una no­via su­ya ha­cía rui­dos al co­mer que le re­sul­ta­ban mo­les­tos. –Pues sí, cla­ro. Mis pa­dres siem­pre me han edu­ca­do pa­ra co­mer con la bo­ca ce­rra­da, sin ha­cer rui­do –res­pon­dió ella, di­ver­ti­da, in­ten­tan­do ima­gi­nar de al­gún mo­do qué rui­dos ha­ría aque­lla chi­ca que tan­to le po­drían ha­ber mo­les­ta­do. Pe­se a esos “pe­que­ños de­ta­lles sin im­por­tan­cia” al prin­ci­pio, co­mo ca­si siem­pre, to­do fue re­la­ti­va­men­te bien. Tan­to, que cua­tro años des­pués de­ci­die­ron ca­sar­se en la Rá­bi­da, en Huel­va. Fue una bo­da ín­ti­ma con po­cos in­vi­ta­dos, en par­te por­que no que­rían una ce­le­bra­ción de las gran­des y en par­te por­que, en el úl­ti­mo mo­men­to, él ha­bía de­ci­di­do eli­mi­nar de la lista a al­gu­nos fa­mi­lia­res y ami­gos de ella sin dar­le ex­pli­ca­cio­nes. Esa fue la pri­me­ra se­ñal. El chi­co edu­ca­do del que se ha­bía enamo­ra­do po­co a po­co em­pe­za­ba a de­jar pa­so a otra per­so­na... A la ver­da­de­ra per­so­na. Ya una vez ins­ta­la­dos en Cór­do­ba –cer­ca de la fa­mi­lia de él, de su ma­dre y her­ma­na, por las que Jo­sé sen­tía de­vo­ción– y co­mo en cual­quier ma­tri­mo­nio, el te­ma de los ni­ños, so­bre te­ner­los o no te­ner­los, se con­vir­tió en re­cu­rren­te en la pa­re­ja: ella que­ría. Él, no. –Si los tie­nes, se­rán pa­ra ti, no quie­ro sa­ber na­da de su cui­da­do –le es­pe­tó, har­to de la in­sis­ten­cia de ella. Fi­nal­men­te, Ruth no dio su bra­zo a tor­cer y, dos años des­pués de ca­sar­se, se que­dó em­ba­ra­za­da, dan­do a luz, ya en 2005, a una pre­cio­sa ni­ña a la que lla­mó co­mo ella. A par­tir de ese ins­tan­te, Jo­sé en­tró en una es­pi­ral de con­trol, in­ten­tan­do se­pa­rar a su mu­jer de cual­quie­ra que no fue­se él. Le prohi­bía con­du­cir, que si­guie­se tra­ba­jan­do, que se re­la­cio­na­se con su fa­mi­lia... En su afán por apar­tar­la de to­dos lle­gó a

Jo­sé en­tró en una es­pi­ral de con­trol: prohi­bía a Ruth tra­ba­jar, con­du­cir, ver a su fa­mi­lia...

po­ner sal y ajo en el bi­be­rón de la pe­que­ña pa­ra in­cul­par a su cu­ña­da. A la ma­dre de Ruth, por su par­te, la acu­só de al­cohó­li­ca y de ser una ma­la in­fluen­cia pa­ra ellos. Ruth si­guió aguan­tan­do las hu­mi­lla­cio­nes de su ma­ri­do sin ser cons­cien­te de que, aun­que no la agre­día fí­si­ca­men­te, ya ha­cía tiem­po que era una mu­jer mal­tra­ta­da. Cua­tro años des­pués, na­ció el pe­que­ño Jo­sé. Du­ran­te el em­ba­ra­zo, cuan­do fue­ron al gi­ne­có­lo­go y les anun­ció que es­pe­ra­ban un hi­jo va­rón, Jo­sé se en­fa­dó.

Por­que los ni­ños son re­vol­to­sos y lo de­jan to­do he­cho un de­sas­tre –di­jo, an­te la sor­pre­sa de su es­po­sa y del gi­ne­có­lo­go allí pre­sen­te. Co­rría el año 2009, só­lo dos an­tes de que Ruth, que pa­ra en­ton­ces ya te­nía cla­ro que no que­ría aque­lla vi­da pa­ra ella ni sus hi­jos, de­ci­die­se de­jar­lo. En el año 2010 Jo­sé per­dió su tra­ba­jo y no con­si­guió re­in­cor­po­rar­se al mer­ca­do la­bo­ral. Aun­que pa­ra él re­sul­tó hu­mi­llan­te, no tu­vo más re­me­dio que acep­tar que era Ruth quien lle­va­ba el di­ne­ro a ca­sa y que él de­bía ocu­par­se de las ta­reas do­més­ti­cas. Pa­ra en­ton­ces ya co­mía con ta­po­nes en los oí­dos por­que no so­por­ta­ba el rui­do de la gen­te mas­ti­can­do los ali­men­tos, es­pe­cial­men­te los pi­cos de pan y las za­naho­rias. Tam­bién se la­va­ba las ma­nos de for­ma com­pul­si­va, evi­ta­ba aga­rrar las ba­ran­di­llas y, en ca­so de te­ner que sen­tar­se en un ban­co, ex­ten­día an­tes un pa­ñue­lo que siem­pre lle­va­ba en el bol­si­llo pa­ra tal efec­to. Ma­nías to­das ellas que in­ten­ta­ba in­cul­car en sus hi­jos, a los que no de­ja­ba ju­gar en el sue­lo, ni dar be­sos, ni que na­die los to­ca­se... En sep­tiem­bre de 2011 Ruth ya no pu­do más y de­ci­dió se­pa­rar­se. De­jó el do­mi­ci­lio con­yu­gal y se tras­la­dó a vi­vir a Huel­va cer­ca de su fa­mi­lia. Por fin, po­co a po­co, em­pe­za­ba a abrir los ojos a to­do lo que ha­bía es­ta­do vi­vien­do du­ran­te aque­llos años. Por eso no ce­dió a nin­guno de los chan­ta­jes emo­cio­na­les que el in­te­li­gen­te Jo­sé in­ten­tó ha­cer­le du­ran­te ese tiem­po. Por esa ra­zón cuan­do, un mes des­pués, Jo­sé, de pa­so que iba a re­co­ger a los ni­ños pa­ra pa­sar con ellos el fin de se­ma­na, le lle­vó flo­res y una car­ta, Ruth de­ci­dió no leer­la. Ya sa­bía lo que pon­dría. Las men­ti­ras de siem­pre.

Ala abue­la ma­ter­na, la per­so­na que le en­tre­ga­ba los ni­ños a Jo­sé, por su par­te, le lla­mó la aten­ción que su yerno pu­sie­se la ma­le­ta en el asien­to del co­pi­lo­to, en vez de en el ma­le­te­ro, co­mo tan­tas otras ve­ces. Na­die po­día ima­gi­nar que allí lle­va­ba las ga­rra­fas de com­bus­ti­ble que ha­bía com­pra­do esa mis­ma ma­ña­na an­tes de re­co­ger a los pe­que­ños. Era el 7 de oc­tu­bre del año 2011. Al vol­ver a Cór­do­ba, Jo­sé de­jó a los pe­que­ños en ca­sa de su her­ma­na mien­tras él se di­ri­gía a una fin­ca pro­pie­dad de su fa­mi­lia pa­ra pre­pa­rar su ma­ca­bro plan, que ya ha­bía co­men­za­do a ur­dir días an­tes. El 29 de sep­tiem­bre ha­bía con­se­gui­do ha­cer­se con dos ca­jas de Or­fidal y Mo­ti­van, un antidepresivo y un an­sio­lí­ti­co, con la in­ten­ción de dor­mir a los pe­que­ños an­tes de que­mar­los en una pi­ra fu­ne­ra­ria que si­tuó en­tre va­rios na­ran­jos y sin vi­si­bi­li­dad des­de el ex­te­rior. Na­die, sal­vo él mis­mo, pu­do sa­ber nun­ca si los pe­que­ños Ruth y Jo­sé ya ha­bían fa­lle­ci­do cuan­do pren­dió la lla­ma. Des­pués de que­mar sus cuer­pos, se di­ri­gió en su Opel Za­fi­ra a un par­que co­no­ci­do co­mo la Ciu­dad de los Ni­ños y, des­pués de dar un par de vuel­tas, lla­mó al 112. –Emer­gen­cias An­da­lu­cía, 112, dí­ga­me –res­pon­dió en ese mo­men­to el ope­ra­dor al otro la­do de la lí­nea. –Sí, mi­ra es­toy en Cór­do­ba ca­pi­tal y que­ría de­nun­ciar que no en­cuen­tro a mis hi­jos, uno de dos años y otro de seis, aquí en el par­que que hay en­fren­te de la Ciu­dad de los Ni­ños –co­men­zó a re­la­tar Jo­sé po­nien­do voz de an­gus­tia. –¿Pe­ro qué ocu­rre con los me­no­res? –pre­gun­tó el ope­ra­dor, des­con­cer­ta­do. –¡Que no los en­cuen­tro! – gri­tó Jo­sé al bor­de de las lá­gri­mas.

Tras que­mar a sus hi­jos en su fin­ca, fue a un par­que y, des­de allí, de­nun­ció que ha­bían des­apa­re­ci­do.

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