El se­cre­to es­tá en sus ojos

El Mu­seo de Be­llas Ar­tes de Bilbao mues­tra co­mo obra in­vi­ta­da una pin­tu­ra de Rem­brandt en la que se apre­cia su téc­ni­ca pa­ra dar vi­ve­za a los ros­tros.

La Voz de Galicia (A Coruña) - XL Semanal - - Conocer Cómo Mirar Un Cuadro... -

1. For­ma­to: re­cor­ta­do

La le­yen­da di­ce que Rem­brandt co­lo­có el cuadro en su ventana, con lo que en­ga­ñó a los vian­dan­tes, que pen­sa­ron que la ni­ña y la ventana eran rea­les. Ori­gi­nal­men­te la obra, pin­ta­da por Rem­brandt en 1645, te­nía un for­ma­to rec­tan­gu­lar. Se cree que tras la muer­te del pin­tor al­guien re­cor­tó el lien­zo y le dio la for­ma ova­la­da a la par­te su­pe­rior pa­ra que se pa­re­cie­se aún más a una ventana.

2. Téc­ni­ca: con los de­dos

Du­ran­te re­cien­tes tra­ba­jos de con­ser­va­ción se ha re­ti­ra­do el bar­niz des­co­lo­ri­do y se ha des­cu­bier­to una im­por­tan­te mez­cla de colores en la ca­ra de la ni­ña. Rem­brandt apli­ca­ba can­ti­da­des es­pe­sas de pin­tu­ra, pa­ra lo que usa­ba una es­pá­tu­la o sus pro­pios de­dos. Prac­ti­ca­ba la téc­ni­ca co­no­ci­da co­mo im­pas­to, con la que lo­gra­ba una pin­tu­ra con tex­tu­ra que da­ba una sen­sa­ción tri­di­men­sio­nal.

3. Óp­ti­ca: una tram­pa vi­sual

En reali­dad la jo­ven no se es­tá aso­man­do por una ventana tal y co­mo pa­re­ce, sino que se es­tá apo­yan­do so­bre un pe­que­ño pre­til de pie­dra en un es­pa­cio un tan­to am­bi­guo que no per­mi­te iden­ti­fi­car la es­tan­cia cla­ra­men­te. El fon­do, que da la im­pre­sión de ser muy pro­fun­do, po­dría ser el in­te­rior os­cu­ro de una ha­bi­ta­ción. Con fre­cuen­cia, Rem­brandt ex­pe­ri­men­ta­ba con la téc­ni­ca co­no­ci­da co­mo trom­pe l’oeil o tram­pan­to­jo.

4. El co­lor: pie­dra y ro­jo

Pre­do­mi­na el gris de la pie­dra y el blan­co de la ca­mi­sa, que apa­re­ce muy ilu­mi­na­da, pe­ro el ro­jo car­mín es un tono tam­bién muy pre­sen­te en es­te cuadro. Es­te pig­men­to –que se ob­te­nía mez­clan­do co­chi­ni­lla y acei­te di­lui­dos lue­go con una mez­cla de agua­rrás y acei­te de li­na­za– lo en­con­tra­mos en el pe­lo, en los ca­che­tes de la jo­ven y en los la­dri­llos si­tua­dos en el ex­tre­mo de­re­cho del cuadro.

5. La mi­ra­da: los tru­cos del maes­tro

Rem­brandt so­bre­sa­lió por su maes­tría pa­ra el re­tra­to. Aquí mues­tra la vi­ve­za que tan­to ca­rac­te­ri­za su obra. La mi­ra­da de la jo­ven va di­ri­gi­da fi­ja­men­te al es­pec­ta­dor. Es tan real que pa­re­ce que va a pes­ta­ñear en cual­quier mo­men­to. Pa­ra lo­grar es­te rea­lis­mo, Rem­brandt ha au­men­ta­do a pro­pó­si­to el ta­ma­ño de los ojos de la mu­cha­cha. Era uno de los tru­cos del pin­tor ho­lan­dés pa­ra lo­grar ma­yor vi­ve­za. Fun­cio­na­ba.

6. Es­ta­tus so­cial: dis­cu­ti­do

Tan­to la iden­ti­dad co­mo el es­ta­tus so­cial de la jo­ven que se aso­ma a la ventana si­guen sien­do una in­cóg­ni­ta. No es­tá cla­ro si es una sir­vien­ta, una cor­te­sa­na o un per­so­na­je his­tó­ri­co o bí­bli­co. Su ca­mi­són, aun­que mo­des­to a pri­me­ra vis­ta, es­tá de­co­ra­do con un cor­dón do­ra­do que re­co­rre los pu­ños y las cos­tu­ras de la prenda y se ex­tien­de so­bre su pe­cho: la chi­ca ju­gue­tea con él en un ges­to que trans­mi­te cier­ta sen­sua­li­dad.

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