En­tre­vis­ta.

Es­te es­cri­tor y pe­rio­dis­ta ocu­pó du­ran­te sie­te días la car­te­ra de Cul­tu­ra y De­por­te en el Go­bierno de Pe­dro Sán­chez. Fue el mi­nis­tro más breve de la de­mo­cra­cia. Con mo­ti­vo de la pu­bli­ca­ción de su li­bro 'Pa­ris se­ra tou­jours Pa­ris', ha­bla­mos con él.

La Voz de Galicia (A Coruña) - XL Semanal - - Sumario - POR VIR­GI­NIA DRA­KE / FO­TO­GRA­FÍA: JA­VIER OCA­ÑA

Má­xi­mo Huerta –así, con la 'o' que re­cu­pe­ra pa­ra su nom­bre– rom­pe su si­len­cio y nos con­ce­de su pri­me­ra en­tre­vis­ta des­de su di­mi­sión co­mo mi­nis­tro de Cul­tu­ra.

Na­ció en Utiel ha­ce 47 años. Es pe­rio­dis­ta –se li­cen­ció en Cien­cias de la In­for­ma­ción en el CEU de Va­len­cia–, es­cri­tor con una de­ce­na de li­bros pu­bli­ca­dos y miem­bro de la Aca­de­mia de las Cien­cias y las Ar­tes de Te­le­vi­sión de Es­pa­ña. Pe­ro a Má­xi­mo Huerta no se lo re­cuer­da hoy por sus más de diez años edi­tan­do y pre­sen­tan­do in­for­ma­ti­vos en Ca­nal 9 y en Te­le­cin­co o por ga­nar el Pre­mio Pri­ma­ve­ra de No­ve­la, tam­po­co por ha­ber di­ri­gi­do pro­gra­mas en ra­dio y te­le­vi­sión au­to­nó­mi­cas ni por ha­ber si­do co­rres­pon­sal en el Va­ti­cano. Pa­ra mu­chos, pa­sa­rá a la his­to­ria por ser el mi­nis­tro más breve de la de­mo­cra­cia: tan so­lo ocu­pó sie­te días la car­te­ra de Cul­tu­ra y De­por­te en el Go­bierno de Pe­dro Sán­chez. Con mo­ti­vo de la pu­bli­ca­ción de su úl­ti­mo li­bro, Pa­ris se­ra tou­jours Pa­ris (Lun­werg Edi­to­res), nos con­ce­de la pri­me­ra en­tre­vis­ta tras aban­do­nar el Go­bierno, el pa­sa­do mes de ju­nio. La ci­ta tu­vo lu­gar el pa­sa­do 10 de oc­tu­bre en el Ca­fé Co­mer­cial, en Ma­drid.

Xlse­ma­nal. Lo lla­mo Mà­xim y me co­rri­ge. Má­xi­mo Huerta. Por­que aho­ra soy Má­xi­mo Huerta, ya que des­pués de mo­rir mi pa­dre he re­cu­pe­ra­do mi nom­bre. XL. ¿No le gus­ta­ba a su pa­dre su nom­bre de pi­la? M.H. Al con­tra­rio, en mi fa­mi­lia me di­cen que cuan­do oyen Mà­xim nun­ca pien­san que soy yo. En 1997, cuan­do em­pe­cé a pre­sen­tar in­for­ma­ti­vos en Ca­nal 9, di­je­ron que 'por ha­cer país', era me­jor qui­tar la 'o' y de­jar el nom­bre va­len­cia­ni­za­do. XL. Y aho­ra ha de­ci­di­do de­jar de 'ha­cer país'. M.H. No, lo he he­cho por res­pe­to a mi pa­dre y a mi fa­mi­lia. He re­cu­pe­ra­do la 'o' en las fir­mas y en mu­chos do­cu­men­tos, aun­que en el DNI siem­pre me man­tu­ve co­mo Má­xi­mo. XL. ¿Y por qué fir­ma el nue­vo li­bro co­mo Mà­xim? M.H. Por­que así es co­mo me co­no­ce la gen­te des­de ha­ce mu­chí­si­mos años, pe­ro ya es­toy uti­li­zan­do Má­xi­mo en ca­si to­das par­tes. XL. Da la sen­sa­ción de que es muy fa­mi­liar. M.H. Mu­cho, por­que soy hi­jo úni­co. Cuan­do eres hi­jo úni­co, te ves obli­ga­do a odiar a tus pa­dres o a que­rer­los mu­cho más. Y yo op­té por que­rer­los más des­pués de pa­sar la ado­les­cen­cia. XL. ¿Cuan­do era ado­les­cen­te los odia­ba? M.H. Sí, eso es al­go ge­né­ti­co que va más en las hor­mo­nas que en las emo­cio­nes. Pe­ro des­pués op­té por cui­dar­los. XL. ¿Ha vi­vi­do en París? M.H. Sí, cuan­do de­jé de pre­sen­tar el pro­gra­ma de Ana Ro­sa me fui. An­tes ha­bía es­ta­do al­gu­nas tem­po­ra­das, París siem­pre ha si­do la es­ca­pa­da per­fec­ta. Y no ha­blo de es­ca­pa­da de ocio, ha­blo de hui­da, pa­ra res­pi­rar un po­co y co­ger fuer­zas. XL. Es­te li­bro lo de­di­ca «a la me­mo­ria de las tías de Francia». M.H. Se fue­ron allí co­mo emi­gran­tes y to­dos los años ve­nían a Utiel por la ven­di­mia car­ga­das de bom­bo­nes y ves­ti­dos de co­lo­res. Ellas con­vir­tie­ron París en Oz: un lu­gar le­jano lleno de ma­gia y de fan­ta­sía, que sim­bo­li­za­ba otra for­ma de vi­vir, otra ro­pa, otro per­fu­me. Pa­ra un ni­ño de pue­blo ha­bía al­go má­gi­co a su al­re­de­dor. XL. ¿Se fue­ron co­mo emi­gran­tes y re­gre­sa­ban gla­mu­ro­sas ga­rçon­nes? M.H. A lo me­jor no eran tan ele­gan­tes ni gla­mu­ro­sas co­mo la ima­gi­na­ción y el tiem­po de­ja­ron en el re­cuer­do de una men­te in­fan­til co­mo la mía. Pe­ro ellas me pa­re­cían tan exó­ti­cas que em­pe­cé a pen­sar que el exo­tis­mo lle­ga­ba de París. XL. El li­bro es una pe­que­ña jo­ya, se no­ta que hi­zo un más­ter en di­se­ño grá­fi­co. M.H. Bueno, yo soy de los que tie­nen ese tí­tu­lo en un ca­jón del ar­ma­rio de ca­sa [ríe]. Unir­me con Ma­ría Herreros (la ilus­tra­do­ra del li­bro) ha si­do el me­jor ma­tri­mo­nio que he te­ni­do nun­ca. XL. Us­ted tam­bién pin­ta. M.H. Sí, ha­go ur­ban sket­cher. Es­te ve­rano me ha da­do por en­se­ñar mis di­bu­jos, an­tes no lo ha­cía por­que soy muy pu­do­ro­so. XL. Vol­va­mos al li­bro. Mis­tin­guett, uno de sus per­so­na­jes pre­fe­ri­dos –de la que se de­cía que era fea,

fla­ca y con la voz cas­ca­da, pe­ro con buen cuer­po–, ase­gu­ra­ba que «en las pier­nas es don­de hay que te­ner la voz». M.H. To­da una agre­sión, sí; pe­ro ca­da uno tie­ne los ta­len­tos don­de quie­re. XL. ¿Dón­de los tie­ne us­ted? M.H. No lo sé, eso que lo di­gan los de­más [ríe]. De mo­men­to, lo úni­co que sé ha­cer es es­cri­bir, la pa­la­bra es mi me­jor ar­ma. XL. El río Se­na lo des­cri­be, cual poe­ta, co­mo una ci­ca­triz de agua que atra­vie­sa la ciu­dad. M.H. Es que el Se­na es una ci­ca­triz vi­si­ble que par­te la ciu­dad en dos y te di­ce dón­de es­tás tú y dón­de es­tá la ciu­dad. Las ci­ca­tri­ces sue­len es­tar vi­vas mu­cho tiem­po. XL. ¿Tie­ne mu­chas ci­ca­tri­ces vi­vas? M.H. Es­pe­ro te­ner mu­chas más. XL. ¿Y qué más tie­ne a los 47 años? M.H. Di­ver­ti­cu­li­tis, her­nia de hia­to y una úl­ce­ra. XL. No sé si de­cir­le que es­tá he­cho un as­co o que, por su as­pec­to, no se le no­ta na­da. M.H. ¡Ja­ja­ja! Pues la úl­ce­ra se ha abier­to más es­te ve­rano, con el es­trés ha ido a peor. XL. Un ve­rano mo­vi­di­to, sin du­da. Des­pués de pre­sen­tar su di­mi­sión co­mo mi­nis­tro de Cul­tu­ra y De­por­te se fue a Lon­dres, lue­go a la Pro­ven­za y des­pués a Ita­lia… ¿Pe­que­ñas hui­das pa­ra co­ger fuer­zas? M.H. No, a Lon­dres sim­ple­men­te fui a un con­cier­to de Be­yon­cé. A la Pro­ven­za fui en co­che con una ami­ga que que­ría co­no­cer esa par­te de Francia, y yo que­ría to­mar no­tas pa­ra un li­bro que es­toy es­cri­bien­do.

"AHO­RA SOY MÁ­XI­MO. HE RE­CU­PE­RA­DO LA 'O' EN LAS FIR­MAS Y DO­CU­MEN­TOS. HE RE­CU­PE­RA­DO MI NOM­BRE"

XL. ¿Có­mo ha en­ca­ja­do su salida pre­ci­pi­ta­da del Go­bierno? M.H. Lo más di­fí­cil pa­ra mí ha si­do man­te­ner­me en si­len­cio, es­tar ca­lla­do an­te tan­to ver­bo y tan­to ad­je­ti­vo. Con lo cual, lle­ga­do es­te mo­men­to en el que me mue­vo bien en el si­len­cio, pre­fie­ro man­te­ner­me así. XL. Ha si­do un año com­pli­ca­do: mu­rió su pa­dre, pa­só mo­men­tos di­fí­ci­les en una re­la­ción per­so­nal y tu­vo que di­mi­tir co­mo mi­nis­tro al po­co de ser nom­bra­do. M.H. Si por al­go ten­go que re­cor­dar es­te año es por­que tu­vo lo me­jor y lo peor. XL. Di­jo que se sin­tió víc­ti­ma de un lin­cha­mien­to M.H. Ab­so­lu­ta­men­te. Me­diá­ti­ca­men­te fue bru­tal; pe­ro de esa par­te, de la que po­dría ha­blar mu­cho, no voy a pro­nun­ciar­me. Me ha cos­ta­do mu­cho lle­gar a es­te si­len­cio y voy a con­ti­nuar en él. XL. Pa­re­ce que le due­le más el 'lin­cha­mien­to' me­diá­ti­co al que se re­fie­re que el po­lí­ti­co. En la pre­sen­ta­ción de es­te li­bro se­rá no­ti­cia su reapa­ri­ción en la vi­da pú­bli­ca, ¿te­me el mo­men­to? M.H. No, por­que co­noz­co las ar­mas con las que jue­gan los me­dios de comunicación y man­ten­dré el si­len­cio en esa par­te. Me han he­cho mil pro­pues­tas de en­tre­vis­tas y a to­das he di­cho que no, es­ta es la pri­me­ra que con­ce­do. XL. ¿Por qué ha ce­rra­do su cuen­ta de Twit­ter? M.H. Ten­go Ins­ta­gram y Fa­ce­book, pe­ro la de Twit­ter la bo­rré pa­ra no te­ner que res­pon­der: es me­jor ale­jar los cuchillos del ca­jón. Es co­mo si fue­ras por la ca­lle de aquí a Que­ve­do (es­ta­mos en la glo­rie­ta de Bil­bao, muy cer­ca) y to­do el mun­do te fue­ra di­cien­do co­sas y tú te vie­ras obli­ga­do a res­pon­der­les to­do el ra­to. Pre­fie­ro ir ca­mi­nan­do por la ca­lle tran­qui­la­men­te, sin los cuchillos en la mano. XL. ¿Twit­ter se ha­bía con­ver­ti­do pa­ra us­ted en una pro­vo­ca­ción? M.H. Ab­so­lu­ta­men­te. Ca­da vez hay más gen­te que se da de ba­ja por esa mis­ma ra­zón y hay una ge­ne­ra­ción nue­va que no es­tá en­gan­cha­da a las re­des y han de­ci­di­do qui­tar­las de sus vi­das. Y es­toy se­gu­ro de que les irá me­jor. XL. Cuan­do to­mó po­se­sión del car­go, di­jo: «Hoy es un día de emo­ción, in­se­gu­ri­dad y vér­ti­go». M.H. La vi­da es eso, da mu­chos gol­pes; pe­ro hay que arries­gar­se, hay que avan­zar y hay que cu­rar he­ri­das pron­to. No va­le vi­vir en el pa­sa­do ni re­go­dear­se en do­lo­res pre­té­ri­tos. XL. Us­ted es pe­rio­dis­ta, ha he­cho in­for­ma­ción po­lí­ti­ca… M.H. [Me in­te­rrum­pe]. Sí, pe­ro eso na­die lo re­cor­dó. Yo he si­do di­rec­tor de pren­sa co­mar­cal, je­fe de Po­lí­ti­ca en pren­sa, he he­cho ra­dio, he es­ta­do en in­for­ma­ti­vos diez años… pe­ro eso na­die qui­so men­cio­nar­lo, uti­li­za­ron lo que más les in­tere­sa­ba por­que siem­pre ven­de más po­ner otro ti­tu­lar. XL. Pre­ci­sa­men­te por ha­ber si­do editor y pre­sen­ta­dor de in­for­ma­ti­vos du­ran­te años co­no­cía la po­lí­ti­ca, ¿no ima­gi­na­ba la pre­sión y el se­gui­mien­to que iba a te­ner tras con­ver­tir­se en po­lí­ti­co? M.H. Yo no soy po­lí­ti­co: soy es­cri­tor y pe­rio­dis­ta, he si­do mi­nis­tro de Cul­tu­ra y De­por­te y es­toy or­gu­llo­so de ha­ber­lo si­do, pe­ro no soy po­lí­ti­co y mi ex­pe­rien­cia me lo re­afir­ma. Aho­ra, co­mo di­ce una can­ción de Alas­ka, mi­ro la vi­da pa­sar. XL. Per­mí­ta­me que in­sis­ta: ha co­no­ci­do la du­re­za po­lí­ti­ca des­de den­tro… M.H. [Me in­te­rrum­pe]. No, no me ha da­do tiem­po a co­no­cer la du­re­za de la po­lí­ti­ca des­de den­tro. XL. Pe­ro la vi­vió en sus car­nes al lle­gar al car­go. M.H. En sie­te días me dio tiem­po a ha­cer mu­chí­si­mas co­sas, mu­chas de ellas no se sa­ben y mu­chos pro­yec­tos se que­da­ron ce­rra­dos. XL. ¿A qué le dio tiem­po? M.H. A crear la es­truc­tu­ra del mi­nis­te­rio, a bus­car se­cre­ta­ria de Es­ta­do de De­por­te –que era Con­chi­ta Mar­tí­nez–, a pa­ra­li­zar la SGAE o La Zar­zue­la pa­ra que no se fu­sio­na­ra con el Tea­tro Real, a pe­dir que vol­vie­ran las subvenciones al ci­ne, que es­ta­ban pa­ra­li­za­das des­de ha­cía mu­cho tiem­po… Fue­ron mu­chas ho­ras las que le eché al mi­nis­te­rio, mu­chí­si­ma ilu­sión y mu­cho es­fuer­zo. XL. ¿En sie­te días? M.H. El ser hu­mano no sa­be lo ca­pa­ci­ta­do que es­tá, lle­ga­do el mo­men­to, de so­bre­vi­vir y, cuan­do tie­ne una ilu­sión, de lu­char por ella. ¿Sa­bes lo que di­cen mis ami­gos de mí? Que soy muy re­so­lu­ti­vo. XL. Has­ta que lle­gó el mo­men­to de la des­com­pre­sión. M.H. A des­com­pri­mir ayu­dó mu­cho es­te li­bro, el

"HE SI­DO VÍC­TI­MA DE UN LIN­CHA­MIEN­TO. FUE BRU­TAL. ES­TE AÑO LO VOY A RE­COR­DAR POR­QUE TU­VO LO ME­JOR Y LO PEOR"

"EN SIE­TE DÍAS ME DIO TIEM­PO A HA­CER MU­CHÍ­SI­MAS CO­SAS EN EL MI­NIS­TE­RIO. MIS AMI­GOS DI­CEN QUE SOY MUY RE­SO­LU­TI­VO"

mar, mis so­bri­nas, mi ma­dre y mis ami­gos. Pe­ro yo he ve­ni­do aquí a ha­blar so­lo del li­bro. XL. Le di­je que al­gu­na pre­gun­ta de es­te te­ma iba a ha­cer­le. M.H. Pe­ro pue­do no con­tes­tar­las. XL. Cla­ro [ri­sas]. Ha­ce tiem­po di­jo: «Soy de los que sa­ben bo­rrar las co­sas y lim­piar las he­ri­das». ¿Lo ha con­se­gui­do? M.H. ¡Ehhh…! Sé lim­piar las he­ri­das, pe­ro ten­go muy bue­na me­mo­ria. XL. O sea, que no ha bo­rra­do na­da y hay co­sas que si­guen do­lien­do. M.H. El tiem­po lo di­rá. XL. ¿Es­te due­lo ne­ce­si­ta más tiem­po? M.H. Hay una fra­se que di­cen en los pue­blos que es mu­cho más bo­ni­ta: el ali­vio de luto. En eso an­do: lu­na­res, ra­yas, gri­ses. Me gus­ta más de­cir que es­toy en tiem­po de ali­vio de luto. XL. Una cu­rio­si­dad, ¿se sin­tió cuo­ta en el Go­bierno de Pe­dro Sán­chez, com­pues­to por on­ce mu­je­res y dos mi­nis­tros gais? M.H. No, de he­cho no me di ni cuen­ta; te das cuen­ta cuan­do ha­blan los me­dios de ello, na­da más. Pe­ro si a cual­quier cha­val eso le su­pu­so una cuo­ta fe­liz de re­pre­sen­ta­ción, pues yo en­can­ta­do. Me gus­ta mu­cho que cuan­do se ha­bla de cuo­ta gay se re­fie­ran so­lo a los hom­bres y no a las mu­je­res. ¿So­lo se pue­de ser cuo­ta gay si eres hom­bre? Yo no abro la du­da de na­die, ¡eh! Era so­lo una re­fle­xión. XL. ¿Qué le pi­de el cuer­po ha­cer aho­ra? M.H. La se­gun­da par­te de es­te li­bro: París a par­tir de los años se­sen­ta: to­do Gains­bourg, las mo­de­los, el ci­ne... por­que has­ta en los pe­rio­dos os­cu­ros siem­pre hay bri­llo. XL. ¿De qué tra­ta su si­guien­te li­bro? M.H. No te lo voy a de­cir. XL. ¿Va a ser muy au­to­bio­grá­fi­co? M.H. En to­dos los li­bros te de­jas una par­te de ti, pe­ro el úni­co real­men­te au­to­bio­grá­fi­co fue La par­te es­con­di­da del ice­berg. Va a ser una no­ve­la y es­toy muy contento por­que la idea les ha gus­ta­do a mis edi­to­ras y la quie­ro dis­fru­tar. XL. ¿Lo ve­re­mos en el pro­gra­ma de Ana Ro­sa? M.H. Creo que esos tiem­pos ya han pa­sa­do pa­ra mí, pe­ro el pro­gra­ma ha evo­lu­cio­na­do y va muy bien. XL. ¿Va a vol­ver a los me­dios? M.H. Si los pro­yec­tos me gus­tan, sí. He te­ni­do mu­chas reunio­nes y, co­mo Co­let­te –que pue­de ser le­tris­ta de can­cio­nes, es­cri­to­ra, can­tan­te, pin­to­ra… y a la vez dis­fru­tar de París–, yo es­toy dis­pues­to a dis­fru­tar de la vi­da: me ape­te­ce pin­tar, can­tar, es­cri­bir o ser le­tris­ta de can­cio­nes. Creo que ha­bía me­nos pre­jui­cios en los años vein­te que aho­ra. XL. ¿Vol­ve­ría a acep­tar un car­go po­lí­ti­co? M.H. ¿Por qué no? De­pen­de [son­ríe]. XL. ¿Se­ría ca­paz des­pués de lo vi­vi­do? M.H. En la vi­da no se pue­de de­cir que no a na­da. ¡Quién me iba a de­cir a mí que iba a ser mi­nis­tro! Si a un ni­ño de pue­blo, que ha vi­vi­do con su pa­dre, camionero, y su ma­dre, mo­dis­ta, le di­cen que va a pre­sen­tar in­for­ma­ti­vos, que va a ser co­rres­pon­sal en el Va­ti­cano, que va a ser mi­nis­tro… no se lo cree­ría nun­ca. No me pue­do ne­gar a lo que ven­ga, por res­pe­to a la vi­da.

"¿UN NUE­VO CAR­GO PÚ­BLI­CO? POR QUÉ NO. EN LA VI­DA NO SE PUE­DE DE­CIR QUE NO A NA­DA... POR RES­PE­TO A LA VI­DA"

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