A Yon le echa­mos el ca­ble

No es la pri­me­ra vez que Yon Gon­zá­lez va a com­prar­se ro­pa y se tie­ne que ir sin ella por la que se mon­ta en la tien­da. «Me pi­den au­tó­gra­fos, ¡pe­ro es­cri­bo fa­tal!» di­ce. El chi­co de «Las chi­cas del ca­ble» ya ha cum­pli­do los 30 y ha su­pe­ra­do al icono ado­les

La Voz de Galicia (A Coruña) - Yes - - PORTADA - TEX­TO: NOELIA SILVOSA

Yon lle­ga tar­de y tie­ne un pun­to muy ma­ca­rra. Y no so­lo lo sa­be, sino que aún en­ci­ma lo ex­plo­ta. Tam­po­co ne­ce­si­ta abue­la: «Si hu­bie­ra si­do feo ya te di­go que aho­ra tú y yo no es­ta­ría­mos ha­blan­do», suel­ta de gol­pe. Pe­ro el ca­so es que, por en­ci­ma de to­do, es­te vas­co es­tá so­bra­do de ca­ris­ma. «Yo, que ven­go de un pue­ble­ci­to y que ja­más he si­do fan de na­die...», di­ce co­mo si to­da­vía no en­ten­die­se có­mo ha lle­ga­do a ser uno de los ac­to­res es­pa­ño­les más desea­dos cul­pa­bley so­li­ci­ta­dos­de eso de es la su te­le. her­mano,El ver­da­de­roAi­tor Lu­na, al que ado­ra. —No pen­sa­ba yo que eras de los que lle­gan tar­de. —Ja, ja. No he lle­ga­do tar­de... ¿Se me ha he­cho tar­de o qué? Bueno, un po­qui­to, un po­qui­to. —«Las chi­cas del ca­ble» es­tán por to­das par­tes, pe­ro los chi­cos no sa­len tan­to en los car­te­les. ¿Qué vas a ha­cer con ellas? —Pues po­nér­se­lo muy di­fí­cil y tras­to­car sus sen­ti­mien­tos y sus emo­cio­nes ahí lo má­xi­mo po­si­ble, creo que pa­ra bien, aun­que mu­chas ve­ces se­rá pa­ra mal.

—En­ton­ces las vas a pro­vo­car. —Sí, so­bre to­do a una. A la otra la voy a to­car sin que­rer de ma­ne­ra ne­ga­ti­va, pe­ro bueno, ahí es­tá el yin y es­tá el yang. —Y esa una no po­día ser otra que Blan­ca Suá­rez.

—Cla­ro, ¡có­mo no! —¿Qué pa­sa ahí que siem­pre aca­báis jun­tos? ¿Es­ta­réis pre­des­ti­na­dos? —Je, je... ¿A ni­vel personal? No sé, es­pe­ro po­der ha­cer mu­chas más pe­lí­cu­las con ella, la ver­dad, por­que es una gran com­pa­ñe­ra, una gran per­so­na y ma­ra­vi­llo­sa. La quie­ro un mon­tón. —¿Qué tal ese re­en­cuen­tro de los dos con Mar­ti­ño Ri­vas co­mo en «El In­ter­na­do»?

—Muy bo­ni­to, por­que con ella ya me

La épo­ca de ‘El In­ter­na­do’ fue bes­tial. Yo, que soy de un pue­ble­ci­to y nun­ca he si­do fan de na­die...”

ha­bía re­en­con­tra­do en Per­dien­do el

Nor­te, y aho­ra pues con la sen­sa­ción de vol­ver un po­co a ca­sa y con una gran opor­tu­ni­dad pa­ra cre­cer, aun­que lo se­gui­mos ha­cien­do día tras día, has­ta que te mue­ras, por­que es­to es así. Pe­ro es ver­dad que fue­ron los co­mien­zos, una se­rie muy in­ten­sa, éra­mos pro­ta­go­nis­tas y apren­di­mos tan­to los unos de los otros co­mo ac­to­res y co­mo per­so­nas, del pro­pio ago­ta­mien­to de es­tar to­do el día cu­rran­do... Éra­mos una gran fa­mi­lia, ha si­do muy bo­ni­to el re­en­cuen­tro, un pla­cer, su­per­có­mo­do. —Nos en­te­ra­mos de tu fi­cha­je en «Las chi­cas del ca­ble» por tu her­mano, y lue­go él te sus­ti­tu­yó a ti en «La Ca­te­dral del Mar» cuan­do re­cha­zas­te el pa­pel. Vo­so­tros es­ta­réis con­ten­tos, pe­ro tu ma­dre de­be de es­tar­lo aún más por­que que­de to­do en ca­sa. —Ja, ja, ja. Sí, to­tal. Es un pla­cer que sea así, por­que apar­te mi her­mano es un pe­da­zo de ac­tor, con una fuer­za que me en­se­ñó ya de pe­que­ño. Me acuer­do que yo iba a es­tu­diar pa­ra me­cá­ni­co de coches o pro­fe­sor de Edu­ca­ción Fí­si­ca, y le acom­pa­ña­ba mu­chas ve­ces por ca­fés tea­tro de to­do el País Vas­co y te­nía que mon­tar el es­ce­na­rio y to­das las si­llas. Yo iba a echar­les un ca­ble y lue­go ha­cía su obra, sus 50 mi­nu­tos de fun­ción. Ha­cían cin­co fun­cio­nes di­fe­ren­tes, que tú de­cías: «¡Qué ca­be­za!». Me de­ja­ba im­pre­sio­na­do. Lo de vi­vir es­te ofi­cio des­de ahí aba­jo mon­tan­do tu es­ce­na­rio y to­do eso, ha si­do mi her­mano el que me lo ha he­cho ver, por eso de­be­ría de ser al re­vés en reali­dad. Que él re­cha­za­ra la se­rie y yo la co­gie­se. —Por­que tú em­pe­zas­te más por ca­sua­li­dad, ¿no? —Sí, él se em­pe­ñó, ha si­do cons­tan­te, ha es­tu­dia­do sus cin­co años en San Se­bas­tián, le ce­rra­ron la es­cue­la, se fue a Bil­bao, em­pe­zó de ce­ro, la aca­bó a la vez que ha­cía lo del ca­fé tea­tro... Ha si­do cons­tan­te, por eso te di­go que real­men­te de­be­ría ha­ber si­do al re­vés. Ade­más el personaje que es­tá re­pre­sen­tan­do en esa se­rie... ¡si pa­ra el per­fil y to­do es me­jor mi her­mano! Y no es por na­da, eh, las co­sas co­mo son. Pe­ro co­mo en es­te mo­men­to a ni­vel de ma­sas pue­de ser que yo mue­va más... Al fi­nal to­do se re­du­ce a ven­der, pe­ro si qui­tas eso, a ni­vel rea­lis­ta, pe­ga más mi her­mano que yo. —¿Es cier­to que os lle­váis tan bien que vi­vís a so­lo cin­co mi­nu­tos el uno del otro? —Sí, es ver­dad. A me­nos yo creo, en tres mi­nu­tos co­mo mu­cho ya es­toy en su por­tal. —Va­mos, que de ri­va­li­dad na­da de na­da. Os ven­déis que da gus­to.

—Noooo, pe­ro tam­po­co mien­to. —Creo que tú pa­sas bas­tan­te de las re­des so­cia­les y de to­do ese mun­do. —Sí, por­que al fi­nal me gus­ta mi tra­ba­jo, pe­ro ex­hi­bir­me a ni­vel personal en las re­des so­cia­les... Ya sé que eso tam­bién se ve co­mo ne­go­cio, pe­ro es que de­jas de ser tú otra vez el mó­vil y no sé... Me mo­les­ta un po­co. Al fi­nal yo en­tien­do que to­do se re­du­ce a ven­der, pe­ro des­pués que le den un tra­ba­jo a una per­so­na por­que tie­ne más tui­te­ros o más fo­llo­wers en Ins­ta­gram y que se­pas que el que lo va a ha­cer que te ca­gas es es­te otro, pe­ro que se lo van a dar al pri­me­ro por­que mue­ve más ma­sas... Es ha­cia don­de va­mos, por lo que no hay que lu­char con­tra eso, ha­brá que ir a fa­vor. Yo ya em­pe­cé úl­ti­ma­men­te con Ins­ta­gram, in­ten­tan­do vol­ver a po­ner­me un po­co las pi­las, pe­ro a ba­se de es­fuer­zos. Que es una ton­te­ría, es una foto, no es más, pe­ro es que yo nun­ca me ha­go fotos, nun­ca...

—¿Es­ta­rás har­to de que te las ha­gan? —Es que di­go: «¿Qué voy a col­gar? ¡Si es que no ten­go na­da!». En­ton­ces subo al­gu­na que me pa­sa al­gún ami­go o unas que he he­cho pa­ra al­gu­na se­sión y las pon­go, pe­ro me cues­ta, me cues­ta. Y la vi­da pri­va­da de ca­da uno es la vi­da pri­va­da de ca­da uno... Y me­jor así, que te tra­ten por tu ca­li­dad. Pe­ro bueno, hay que ha­cer un equi­li­brio. —Te ha cos­ta­do unos años que te de­jen ves­ti­di­to. Creo que al­gu­na vez has te­ni­do que ir­te sin com­prar­te al­go de una tien­da en tu épo­ca de «El In­ter­na­do».

—Sí, es que aque­lla épo­ca fue bes­tial. En-

ton­ces yo, que ven­go de un pue­ble­ci­to y que nun­ca he si­do fan de na­die... Ad­mi­ro a gen­te por lo que ha­cen, por­que hay ar­tis­tas de ver­dad por el mun­do, pe­ro nun­ca he si­do fan de na­die de pe­que­ño. Así que de re­pen­te to­da esa lo­cu­ra, que te pi­dan un au­tó­gra­fo... ¡cuan­do yo es­cri­bo fa­tal! —Has cum­pli­do los 30 y ya te dan pa­pe­les de adul­to, cuan­do mu­chos a tu edad si­guen ha­cien­do de ado­les­cen­tes. ¿Te ve­rán esa ma­du­rez? —Sí, yo que sé, al fi­nal es so­bre to­do suer­te. De que mis pa­dres me ha­yan da­do es­te cuer­po, es­ta voz, es­ta ca­ra, je,je. Y lue­go yo, el ha­ber­me sa­bi­do ma­ne­jar pa­ra sa­car al­go a ca­bo y con­tar lo que hay que con­tar en ca­da guion. Pe­ro tam­bién in­flu­ye mu­cho la otra par­te de mis pa­dres, en la que ya no ten­go na­da que ver, ¿sa­bes? Ja, ja. Por­que si hu­bie­ra si­do feo ya te di­go yo que aho­ra tú y yo no es­ta­ría­mos ha­blan­do.

—Nun­ca se sa­be... —Sí, pe­ro se­gu­ra­men­te en otro con­tex­to [ri­sas]. —Ha­bla­bas an­tes de que ibas pa­ra me­cá­ni­co o pa­ra pro­fe de Edu­ca­ción Fí­si­ca. ¿Al­gu­na vez te arre­pen­tis­te de ha­ber de­ja­do de es­tu­diar?

—Nooo, pa­ra na­da.

—¿Te as­fi­xió la vi­da en el pue­blo? —Sí, por­que era lo de to­da la vi­da. Gra­cias a mi her­mano des­cu­brí la ciu­dad, Bil­bao, y tam­bién fue gra­cias a mi ma­dre, que me di­jo: «Ve­te a ha­cer mo­da». Y yo: «¿Mo­da?». Real­men­te to­do vino gra­cias a eso, a que de re­pen­te mi­ras un po­qui­to más allá y em­pie­zas a es­tar abier­to a lo que la vi­da te trae. A ve­ces nos en­con­tra­mos con una co­sa, pe­ro la vi­da nos tie­ne otra pre­pa­ra­da. Hay que es­tar con los ojos abier­tos... y abier­to a que te pa­se.

FOTO: MA­NUEL DE LOS GALANES

FOTO: MA­NUEL DE LOS GALANES

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