¿QUIÉN MAN­DA EN CA­SA?

ELLOS NOS CUEN­TAN CÓ­MO SE DIS­TRI­BU­YEN LOS PA­PE­LES

La Voz de Galicia (A Coruña) - Yes - - PORTADA - TEX­TO: LU­CÍA VIDAL

una es­pe­cie de ca­ma­ro­te de los her­ma­nos Marx del si­glo XXI vi­ven Iria, em­ba­ra­za­da de seis me­ses y me­dio, su pa­re­ja, sus tres hi­jos de re­la­cio­nes an­te­rio­res, Les­ley, de 13 años, Ruth, de 11, y Joel, de 6, los abue­los de los pe­que­ños y la bi­sa­bue­la... Ca­si nue­ve per­so­nas —si con­ta­mos la que vie­ne en ca­mino— se­pa­ra­das ape­nas por un re­llano. La dis­tan­cia que per­mi­te (aun­que pa­rez­ca im­po­si­ble) que las co­sas sal­gan bien: ho­ra­rios, co­mi­das, es­tu­dios... por­que unos se ayu­dan a otros. En­tre tan­tas vo­ces en ca­sa hay una que so­bre­sa­le co­mo la de un te­nor dra­má­ti­co en una ópe­ra de Wag­ner. Qui­zás por eso de las ba­ta­llas. Las que li­bra ca­da día pa­ra sa­lir­se con la su­ya el ha­bi­tan­te de más corta es­ta­tu­ra de es­ta ca­sa. Joel lle­va la ba­tu­ta, aun­que sea, co­mo sue­len ha­cer los ni­ños, a gol­pe de be­rrin­che.

AQUÍ NO SE DUER­ME JA­MÁS

Mien­tras sus her­ma­nas mayores pre­pa­ran los exá­me­nes, Iria re­cu­rre al con­sen­ti­mien­to «pa­ra que Joel no mo­les­te su tiem­po de es­tu­dio». Di­ga­mos que su ma­má lo de­ja a su ai­re... De lo con­tra­rio, es­ta­ría re­vo­lo­tean­do to­do el ra­to al­re­de­dor de Les­ley, y es­pe­cial­men­te, de Ruth, de quien no se se­pa­ra y con quien com­par­te ha­bi­ta­ción y ca­ma de ma­tri­mo­nio. Man­da tan­to que, «si él es­tá des­ve­la­do, si no tie­ne sue­ño, en esa ha­bi­ta­ción no duer­me na­die». To­ca ju­gar, o lo que sea... Va­mos, dor­mir ¡ja­más! Ni en sus me­jo­res sue­ños. Pue­de que Joel nos pa­rez­ca una es­pe­cie de Da­niel el Tra­vie­so o Ma­cau­lay Cul­kin en sus tiem­pos de So­lo en ca­sa... pe­ro Iria ma­ti­za: «Se pe­lean co­mo to­dos los her­ma­nos pe­ro se lle­van bien. ‘Eso no se ha­ce’ sue­na una y otra vez en la bo­ca de Ruth, que se chi­va a ve­ces de las fe­cho­rías de su com­pa­ñe­ro de jue­gos. Otro de los mo­men­tos ‘crí­ti­cos’ del día a día tie­ne que ver con un man­do. Y no es el del ai­re acon­di­cio­na­do, sino el del elec­tro­do­més­ti­co que más pe­leas pro­vo­ca, sin nin­gu­na du­da, en los ho­ga­res de los es­pa­ño­les. ¿A que lo sa­bes? El te­le­vi­sor. Ahí lle­ga la ma­yor de las gue­rras ca­se­ras. Por­que en cues­tión de ca­na­les te­má­ti­cos de di­bu­jos ani­ma­dos to­dos tie­nen gus­tos dis­tin­tos Al fi­nal «él aca­ba de­ci­dien­do». ¿Es­te chi­co es un «de­mo­nio», que no?

Don­de no hay lu­gar a la elec­ción es en la me­sa. El le­ma: «Una voz, un me­nú». Na­da de que ca­da uno eli­ja lo que quie­re. Ima­gí­nen­se el lío. Aquí to­dos co­men lo mis­mo. Aun­que Joel —sí, otra vez Joel— «se es­ca­quea mu­chas ve­ces a la ho­ra de la co­mi­da».

Y qué de­cir de ir a ha­cer la com­pra al sú­per... «Con las ni­ñas me atre­vía. Con Joel no. Em­pie­za a de­cir­me ‘Quie­ro es­to’ y ‘Quie­ro es­to otro’, a ti­rar­se por el sue­lo, a llo­rar...» Y lo peor —des­de el pun­to de vis­ta de la psi­co­lo­gía infantil— es que con­si­gue sus pro­pó­si­tos. «Es que me pi­lló can­sa­da —ale­ga Iria—. Al fi­nal yo soy la que más lo mi­ma. Ni si­quie­ra la abue­la. Ella de he­cho me di­ce que lo ten­go mal­cria­do, pe­ro es que lo veo muy pe­que­ño y el ins­tin­to me lle­va a so­bre­pro­te­ger­lo» Eso sí, si hay que re­ga­ñar­le, tam­bién lo ha­ce su ma­dre.

ÉL DE­CI­DE CUÁN­DO COL­GAR

De puer­tas afue­ra, otro de los es­ce­na­rios en los que Joel des­plie­ga to­das sus ca­pa­ci­da­des en el ar­te de re­ven­tar ac­tos es la es­cue­la. Y eso que aho­ra «se por­ta un po­co me­jor. El año pa­sa­do la pro­fe­so­ra de edu­ca­ción infantil me di­jo que era un ca­so. Es el lí­der en cla­se. Él mon­ta to­das las re­be­lio­nes» (Joel pa­sa a ha­cer aho­ra el pa­pel pro­ta­go­nis­ta de los ma­nus­cri­tos de Al­bert Ca­mus). Y cla­ro, el efec­to imitación por par­te de sus com­pa­ñe­ros es inevi­ta­ble. El pun­to más sen­si­ble de la jor­na­da en el co­le­gio es la tran­si­ción en­tre la ho­ra de jue­go y la de es­tu­dio. ¡Se es­tá tan bien en el pa­tio...! Aun­que Iria ha es­cu­cha­do mu­chas ve­ces eso de que ‘Es­te ni­ño es una pie­za’ ella cree que su ca­rác­ter le ha­rá lle­gar le­jos. «Es me­jor que no se de­je pi­so­tear. Aun­que a mí me cues­te do­mi­nar­lo, en es­ta vi­da hay que ser fuer­te. A mi hi­ja ma­yor, por ejem­plo, su enor­me sen­si­bi­li­dad le cau­só mu­chos pro­ble­mas».

Con 31 años y a pun­to de dar a luz, a Iria le pre­gun­ta­mos si no echa de me­nos mo­men­tos de re­lax, le­jos de las «ór­de­nes» que le dan sus pro­pios hi­jos. «Qué va», di­ce. «Cuan­do se van de fin de se­ma­na con su pa­dre los ex­tra­ño. Me abu­rro mu­chí­si­mo. Los lla­mo ca­da dos por tres. Aun­que a Joel, más que ha­blar lo que le ha­ce gra­cia ¡es col­gar el te­lé­fono!».

So­lo es­pe­ra­mos que en­tre su re­per­to­rio Joel no ten­ga pre­vis­to in­ter­pre­tar nun­ca El gran dic­ta­dor.

FOTO: MAR­COS MÍ­GUEZ

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