GUAR­DE­RÍA TO­DO EL DÍA

ES­TÁ ABIER­TA 24 HO­RAS Y LOS NI­ÑOS SE QUE­DAN A DOR­MIR

La Voz de Galicia (A Coruña) - Yes - - PORTADA - TEX­TO: MA­RÍA VIDAL

El sue­ño de mu­chos pa­dres, que se ve in­te­rrum­pi­do ca­da vez que los re­cla­man de la ha­bi­ta­ción de al la­do, es po­der dor­mir una no­che. No pi­den na­da más. Ni un via­je a las Mal­di­vas ni un des­ca­po­ta­ble ni po­der re­ti­rar­se pa­ra po­der vi­vir la vi­da lo­ca. Si la op­ción abue­los-tíos-pa­dri­nos no fun­cio­na, o no es po­si­ble y lo del can­gu­ro en ca­sa va a re­sul­tar un po­co ra­ro es­tan­do ellos en la ha­bi­ta­ción (y tam­po­co es cues­tión de ir­se a dor­mir a un ho­tel), hay una ter­ce­ra po­si­bi­li­dad a te­ner en cuen­ta. Que va­yan a dor­mir las cria­tu­ras a ca­sa de An­drea. No es que ten­ga in­som­nio, sino que des­pués de ver que la mo­da­li­dad de ma­dres de día se es­ta­ba im­plan­tan­do con éxi­to en paí­ses del nor­te de Eu­ro­pa, es­ta edu­ca­do­ra in­fan­til en pa­ro de­ci­dió ofre­cer es­ta po­si­bi­li­dad a los pa­dres co­ru­ñe­ses. «Se jun­ta­ban un gru­po de ma­dres, y ca­da se­ma­na se que­da­ba en una ca­sa pa­ra ha­cer­se car­go de sus hi­jos y de los de las de­más, pa­ra po­der con­ci­liar la vi­da la­bo­ral con la fa­mi­liar. En Es­pa­ña, ade­más de que es­to es muy com­pli­ca­do, los abue­los, que son los que al fi­nal se en­car­gan de to­do es­to, es­tán muy can­sa­dos por­que son muy ma­yo­res o si­guen tra­ba­jan­do», ex­pli­ca An­drea Mahía.

Des­pués de tra­ba­jar en va­rios cen­tros in­fan­ti­les, sa­có va­rias con­clu­sio­nes: que tie­nen una ra­tio muy gran­de por cla­se y que las pro­fe­so­ras aca­ban ago­ta­das por­que son mu­chos ni­ños y muy pe­que­ños. Le pi­có la cu­rio­si­dad y se in­for­mó de qué se es­ta­ba ha­cien­do exac­ta­men­te en Fin­lan­dia o en No­rue­ga, y fue cuan­do des­cu­brió el con­cep­to de ma­dre de día: «Me pa­re­ció muy bue­na idea pa­ra cen­trar­nos en la edu­ca­ción in­di­vi­dua­li­za­da de los ni­ños —ma­ti­za—. Los ni­ños son muy di­fe­ren­tes, los tra­ta­mos muy igual, pe­ro ya des­de pe­que­ños ese ca­rác­ter ha­ce que se dis­tin­gan mu­cho. En­ton­ces va a ser más fá­cil que apren­dan di­vir­tién­do­se, ju­gan­do y en ba­se a sus pro­pios gus­tos». En su opi­nión, los ni­ños de 0 a 3 años de­be­rían cen­trar­se en ju­gar más que en es­tu­diar.

Es­ta­ba a pun­to de que­dar­se sin tra­ba­jo cuan­do em­pe­zó a ha­bi­li­tar su ca­sa co­mo un cen­tro de día con li­cen­cia pa­ra cui­dar a un má­xi­mo de cin­co pe­que­ños a la vez. Ade­más de su ha­bi­ta­ción, el ba­ño y la co­ci­na, don­de los in­vi­ta­dos tie­nen res­trin­gi­da la en­tra­da, aun­que pue­den que­dar­se a co­mer o me­ren­dar, hay una ha­bi­ta­ción de dor­mir pa­ra los ni­ños, una sa­la de jue­gos y el sa­lón. «Por es­tas zo­nas se mue­ven li­bre­men­te, co­mo si fue­ra su ca­sa. Yo creo que es más fá­cil que pa­sen de su ca­sa a otra ca­sa con más ni­ños, ha­cen la par­te de so­cia­li­za­ción, pe­ro en cam­bio co­mo es otra ca­sa se sien­ten más se­gu­ros», co­men­ta An­drea, que ha he­cho fa­mo­so su ho­gar.

UN CAN­GU­RO DI­FE­REN­TE

Lo de día le de­bió de pa­re­cer po­co, que se ofre­ció tam­bién pa­ra las no­ches. Una es­pe­cie de can­gu­ro noc­turno, un tra­ba­jo que sí que se pro­di­ga mu­cho en las ca­sas con ni­ños que no cuen­tan con ayu­da a su al­re­de­dor, pe­ro que im­pli­ca el des­pla­za­mien­to del que se ofre­ce. En es­te ca­so no es así. An­drea si­gue en su ca­sa, y son los pa­dres los que mue­ven a los ni­ños. «Cuan­do tra­ba­jé cui­dan­do a unos ni­ños, co­no­cí a unos pa­dres que no sa­bían qué ha­cer con sus hi­jos cuan­do te­nían que tra­ba­jar. O que vi­ven can­sa­dos por­que duer­men muy mal y tie­nen que ir a tra­ba­jar. ‘¡Ay, si pu­die­ra de­jar­lo un día, una no­che! Po­der dor­mir una no­che tran­qui­la pa­ra lue­go po­der en­gan­char la se­ma­na’, me de­cían al­gu­nos pa­dres», ex­pli­ca la im­pul­so­ra de La Ca­sa de An­drea.

De mo­men­to, lle­va tra­ba­jan­do des­de sep­tiem­bre y ha te­ni­do un par de hués­pe­des noc­tur­nos. «Se que­dan muy tran­qui­los, por­que co­mo ya me co­no­cen... Y han dor­mi­do con­mi­go me­jor que con sus pa­dres, mu­chas más ho­ras se­gui­das. A ve­ces la con­fian­za ha­ce que los to­reen». Nor­mal que cuan­do los pa­dres se en­te­ran le pre­gun­ten qué mé­to­do ha usa­do pa­ra co­piar­lo, pe­ro An­drea in­sis­te en que sim­ple­men­te con ella no se atre­ven a mon­tar el fo­llón.

Pe­ro aun­que hu­bie­ra una no­che ma­la, apun­ta: «Sé que es una co­sa pun­tual, y si no me de­jan dor­mir sé que no los voy a te­ner la no­che si­guien­te. Por eso tam­bién lo lle­vo con mu­cha más cal­ma, y creo que es­to tam­bién se le trans­mi­te a los ni­ños». Ad­mi­te a ni­ños de 0 a 3 años en ho­ra­rio de es­cue­la. Pa­ra dor­mir o que­dar­se unas ho­ras pue­den te­ner has­ta 6 años. ¿Pue­des con cin­co de esas eda­des a la vez tú sola? «De mo­men­to no se ha da­do el ca­so, pe­ro an­tes cuan­do cui­da­ba a ni­ños he te­ni­do fies­tas don­de ve­nían ami­gui­tos y me que­da­ba con ellos. Al fi­nal en una es­cue­la tie­nes 20, una pro­fe de apo­yo, sí, pe­ro que ayu­da a va­rias cla­ses a la vez». Si son po­cos, y de­pen­dien­do de las eda­des, in­clu­so sa­len a la ca­lle.

In­ten­ta no de­cir nun­ca que no, pa­ra dar la má­xi­ma fle­xi­bi­li­dad a los pa­dres, aun­que le pi­dan un fin de se­ma­na en­te­ro y ello su­pon­ga can­ce­lar al­gún plan ya he­cho. «Es el mo­men­to de sa­cri­fi­car­se un po­co y ti­rar pa´lan­te». Así que pa­pá/ma­má no de­jes de so­ñar...

FO­TO: ÁN­GEL MAN­SO

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