EN­TRE­VIS­TA A CHI­CO­TE

La Voz de Galicia (A Coruña) - Yes - - PORTADA - TEX­TO: ANA ABELENDA

«INVESTIGAMOS DE­NUN­CIAS EN

EL HOS­PI­TAL DE BAR­BAN­ZA»

El chef que alu­ci­na pe­pi­ni­llos vuel­ve li­ge­ro pe­ro fuer­te, pa­ra en­trar don­de no le es­pe­ran a la ca­za del frau­de. Los tra­pos su­cios no so­lo es­tán en la co­ci­na. Lo he­mos vis­to des­ta­par un ro­bo en una re­si­den­cia. Y ha lle­ga­do a pe­dir cuen­tas al Hos­pi­tal do Bar­ban­za

El­chef que nos su­mió en

una Pe­sa­di­lla en la co­ci­na y pu­so las Die­tas a exa­men, apli­cán­do­se él el cuen­to, ha vuel­to a la pa­rri­lla li­ge­ri­to de pe­so y con pro­duc­to fres­co. ¿Te lo vas a co­mer? (La Sex­ta) nos lle­va has­ta la co­ci­na de hos­pi­ta­les y re­si­den­cias de ma­yo­res de la mano de Al­ber­to Chi­co­te (Ma­drid, 1969) pa­ra mos­trar­nos qué se cue­ce ahí den­tro. Y es muy se­rio. —El es­treno lle­gó con un gran cam­bio de pe­so. Chi­co­te con 31 ki­los me­nos. —Pues sí, por ahí se­rán. Em­pe­cé a cam­biar mis há­bi­tos de vi­da cuan­do hi­ci­mos el pro­gra­ma de la ali­men­ta­ción y las Die­tas a exa­men, y en ello he se­gui­do. He adel­ga­za­do apli­can­do con cons­tan­cia há­bi­tos sa­lu­da­bles y ha­cien­do ejer­ci­cio prác­ti­ca­men­te a dia­rio; así se con­si­guen bue­nos re­sul­ta­dos. —Sal­ta a la vis­ta. En «¿Te lo vas a co­mer?» en­tras don­de no has si­do in­vi­ta­do. Com­pi­tien­do con «OT». —Hay gen­te en la te­le los miér­co­les ha­cien­do muy bue­nos da­tos, con au­dien­cias muy bue­nas, pe­ro no­so­tros te­ne­mos un hue­co con un for­ma­to que no es pu­ro en­tre­te­ni­mien­to. Es­te es un pro­gra­ma de di­vul­ga­ción que al pú­bli­co creo que le va a in­tere­sar mu­cho. Hay una que­ja que es­tá en la ca­lle. Yo lle­vo es­cu­chan­do mu­cho tiem­po «A ver cuán­do vie­nes al hos­pi­tal en don­de es­tá mi fa­mi­liar». Y no es co­mo en Pe­sa­di­lla en la

co­ci­na. Es­ta vez to­ca­mos la puer­ta tras oír a quien ha pues­to de­nun­cias di­cien­do «Es­to no se pue­de so­por­tar».

—Ha­béis vis­to gran­des frau­des en la in­dus­tria de la ali­men­ta­ción... y más.

—El pro­gra­ma se ba­sa en frau­des, en­ga­ños o es­ta­fas que tie­nen que ver con la ali­men­ta­ción. ¿Por qué ha­go es­ta pun­tua­li­za­ción? Por­que no de to­do lo que ha­bla­mos es de in­dus­tria. En es­te ca­so te­ne­mos seis pro­gra­mas en los que ire­mos de un pun­to a otro.

—¿Cuál ha si­do el ma­yor ma­rrón que ha­béis en­con­tra­do en las co­ci­nas?

—En al­gu­nas re­si­den­cias de an­cia­nos hay gen­te, por ejem­plo, que no res­pe­ta los me­nús que de­ben te­ner per­so­nas que, de­bi­do a al­gu­na en­fer­me­dad, no pue­den se­guir una ali­men­ta­ción nor­mal y co­rrien­te. Y es­to es se­rio. Mos­tra­mos có­mo se co­me en las re­si­den­cias de ma­yo­res de es­te país. Ve­re­mos que hay las que lo ha­cen bien, y otras que lo ha­cen muy mal. Hay que mos­trar­lo to­do.

—«Lo que no ma­ta en­gor­da» es sa­ber po­pu­lar. ¿Ha­ce fal­ta sen­si­bi­li­dad en la co­ci­na, sen­si­bi­li­zar­se más con las ne­ce­si­da­des de la gen­te al co­mer?

—Cuan­do ha­bla­mos de per­so­nas que es­tán en una re­si­den­cia de an­cia­nos o de las que es­tán en un hos­pi­tal ha­bla­mos de gen­te que se en­cuen­tra en una si­tua­ción de es­pe­cial in­de­fen­sión. No es­ta­mos ha­blan­do de un clien­te que va a un res­tau­ran­te por­que quie­re y pue­de de­ci­dir mar­char­se, o vol­ver o no. Se tra­ta de gen­te que no tie­ne más na­ri­ces que co­mer­se lo que le po­nen ¡un día tras otro!, que es­tar allí. Cuan­do en­ci­ma es­cu­cha­mos a al­guien que nos cuen­ta que un fa­mi­liar ha fa­lle­ci­do por al­go que tie­ne que ver con la ali­men­ta­ción... ima­gí­na­te.

—El pro­gra­ma va más allá de la co­ci­na, ahí es­tá la de­nun­cia por ro­bo de jo­yas a una fa­lle­ci­da en una re­si­den­cia.

— Esa de­nun­cia es par­ti­cu­lar, no tie­ne na­da que ver con el pro­gra­ma. La jus­ti­cia de­ter­mi­na­rá si es­to es así o no. Las in­ves­ti­ga­cio­nes de ¿Te lo vas a co­mer? es­tán re­la­cio­na­das con los ali­men­tos.

—Ha­béis en­tra­do en el Hos­pi­tal do Bar­ban­za, en­vuel­tos de polémica.

—Hay un gru­po de fa­mi­lia­res de pa­cien­tes e in­clu­so miem­bros del gru­po mé­di­co del hos­pi­tal que de­nun­cian que la ali­men­ta­ción que re­ci­ben ahí los pa­cien­tes no se ajus­ta a lo que tie­ne que ser. No­so­tros fui­mos y lle­ga­mos a ha­blar con el di­rec­tor del hos­pi­tal pa­ra que nos in­di­que có­mo fun­cio­na, por qué hay que­jas y qué ocu­rre. Pre­gun­ta­mos a to­do el que pue­de te­ner al­go de res­pon­sa­bi­li­dad.

—Los co­me­do­res es­co­la­res pue­den ser un ca­pí­tu­lo apar­te, co­mo ese pun­to «fast food» pa­ra to­do que te­ne­mos los pa­dres de hoy. ¿Qué tal co­men los ni­ños?

—Pe­dia­tras y pro­fe­sio­na­les del cuer­po de nu­tri­cio­nis­tas, die­tis­tas y en­do­cri­nos lle­van años lu­chan­do con­tra la ali­men­ta­ción in­fan­til inade­cua­da, por­que es­ta­mos te­nien­do unos ín­di­ces de so­bre­pe­so y obe­si­dad en ni­ños alu­ci­nan­tes en es­te país, y es­to ter­mi­na por ge­ne­rar un in­cre­men­to en el nú­me­ro de dia­bé­ti­cos y otras en­fer­me­da­des. Pe­ro no es nue­vo... ¿Quié­nes son los úl­ti­mos res­pon­sa­bles de los ni­ños? Evi­den­te­men­te, sus pa­dres. Los que más con­cien­cia­dos tie­nen que es­tar son ellos; si no, no se pue­de ha­cer na­da. Los pa­dres de­ben asu­mir que es me­jor in­ver­tir me­dia ho­ra en ha­cer la ce­na que en­cen­der la frei­do­ra y echar un pa­que­ti­to. El otro día oí una co­sa que me gus­tó mu­chí­si­mo: «Cuan­do ha­gas la com­pra, com­pra mu­chos más ali­men­tos que pro­duc­tos». Es una ma­ne­ra fan­tás­ti­ca de ex­pli­car­lo. Más ali­men­tos y me­nos pro­duc­tos.

—¿Dón­de en­cuen­tras la sal de la vi­da?

—¡Yo en­cuen­tro sa­les de la vi­da por to­dos la­dos! Me gus­ta mu­cho lo que ha­go, el tra­ba­jo que ten­go, la gen­te que me ro­dea y que me ayu­da a ha­cer las co­sas, y me gus­ta mu­cho dis­fru­tar el día a día. Con es­to yo ten­go su­fi­cien­te.

—¿Es la es­tre­lla del chef?

—Yo ten­go una for­tu­na gran­de por­que to­do lo que ha­go me pa­re­ce chu­lo. Un tra­ba­jo no siem­pre es un cas­ti­go. El mío

no lo es. Me gus­ta lo que ha­go, me gus­ta mu­chí­si­mo la gen­te de la que me he ido ro­dean­do en es­tos 49 años en los que lle­vo vien­do có­mo sa­le el sol por las ma­ña­nas. Esa es mi for­tu­na.

—Y eso que tu vo­ca­ción, pe­se a en­cen­der tan­tos fue­gos, era ser bom­be­ro, ¿no?

—¡Sí! Mi­ra, cuan­do era ado­les­cen­te, a to­dos nos ocu­pa­ba mu­cho cuál iba a ser nues­tro fu­tu­ro. Yo ten­dría 16 añi­tos o así. Los pa­dres nos de­cían: «Bús­ca­te al­go que ten­ga sa­li­da, hi­jo». Lo de bom­be­ro, que me ape­te­cía mu­cho, no pa­re­cía que fue­se se­gu­ro... Yo iba a un gim­na­sio al que iba mu­cha gen­te que se pre­pa­ra­ba pa­ra bom­be­ro. Y vi que era com­pli­ca­do, que era muy po­co pro­ba­ble con­se­guir­lo. Y di­je: «Joer, voy a em­plear aquí un mon­tón de tiem­po, y si no sa­le, qué, qué ha­go yo, con unos co­no­ci­mien­tos que no me sir­ven pa­ra otra co­sa y con un cuer­po que, creo, tam­po­co me sir­ve pa­ra otra co­sa». En­ton­ces, fui a ver al orien­ta­dor del co­le­gio y le di­je: «Oi­ga, y si yo qui­sie­ra ser co­ci­ne­ro, ¿có­mo ten­go que ha­cer?». No ha­bía ni es­tu­dios de es­to ni na­da pa­re­ci­do. Ni si­quie­ra en mi fa­mi­lia ha­bía un co­ci­ne­ro, ni éra­mos de ir a res­tau­ran­tes más allá de bo­das, bau­ti­zos y co­mu­nio­nes. Pe­ro el ti­po me di­jo que ha­bía una es­cue­la de hos­te­le­ría en Ma­drid, en Ca­sa de Cam­po, y que si que­ría po­día es­tu­diar al­ta co­ci­na en Sui­za. Y yo me que­dé... «¿Pe­ro qué es eso de co­ci­na y al­ta co­ci­na?». Y él me di­jo: «Com­pren­de­rás que no es lo mis­mo un res­tau­ran­te de cin­co te­ne­do­res que tra­ba­jar en un bar de aquí del ba­rrio». En aquel mo­men­to yo ni te­nía en mi ca­be­za la ima­gen de un co­ci­ne­ro. No re­cuer­do el pri­mer clic, pe­ro sí la pri­me­ra vez que me vi ves­ti­do de co­ci­ne­ro. Pen­sé: «¿Así voy a ves­tir yo el res­to de mi vi­da?». Tú te po­nes la cha­que­ti­lla con do­ble de bo­to­nes, un pan­ta­lón de pa­ta de ga­llo, un man­dil y un go­rro al­to, te ves y di­ces: «Ma­dre mía, ¿yo voy a tra­ba­jar o a una fies­ta de dis­fra­ces?».

—En Baio­na hiciste tus pi­ni­tos, ¿no?

—Sí. Con 17 años, tra­ba­jé un ve­rano con To­ñi Vi­cen­te en Baio­na, en Pla­ya Amé­ri­ca.

—«Ga­li­cia fo­re­ver» en tu Ins­ta­gram.

—¡Es que me gus­ta mu­cho Ga­li­cia! Me en­can­ta có­mo se co­me, lo que se co­me, có­mo te aco­ge la gen­te, te­néis unos si­tios ma­ra­vi­llo­sos y un cli­ma en­can­ta­dor.

—¿Qué des­ta­cas de es­ta co­ci­na no­sa?

—La ca­li­dad del pro­duc­to y una co­lec­ción de co­ci­ne­ros que son una ma­ra­vi­lla. To­do lo que sa­le de la ría y el mar me vuel­ve lo­co.

—Pe­ro tú ti­ras más a las Rías Baixas que a Fe­rrol... (no ol­vi­da­mos los trolls).

—Cuan­do voy por tra­ba­jo, voy don­de me to­ca. Eso sí, hay un si­tio que siem­pre visito cuan­do voy a San­tia­go y es Ca­sa Mar­ce­lo. ¡Lo pa­so co­mo un ni­ño!

FO­TO: JUAN­JO MAR­TÍN / EFE

Newspapers in Spanish

Newspapers from Spain

© PressReader. All rights reserved.