«De­jad­nos vi­vir».

La Voz de Galicia (Ourense) - - Galicia -

aque­lla ima­gen so­lo que­dan sie­te. Las dro­gas, el si­da y otras en­fer­me­da­des se los lle­va­ron a todos. El úl­ti­mo en fa­lle­cer fue Pa­co Pa­che­co, que en el 2011 mu­rió en el pa­tio de la ca­sa de su her­ma­na, cal­ci­na­do por el ci­ga­rri­llo que tra­ta­ba de en­cen­der. Blan­qui­ta se ha­bía que­da­do so­la.

Na­da de eso sos­pe­cha­ban en­ton­ces, cuan­do se que­rían co­mer el mundo. A fi­na­les de los se­ten­ta, po­co des­pués de mo­rir Fran­co, los ai­res de li­ber­tad con­ta­gia­ron a la pan­di­lla vi­la­no­ve­sa. Pe­ro jun­to con el de­por­te, la mú­si­ca y la cul­tu­ra, a la vi­lla na­tal de Va­lle In­clán lle­gó la he­roí­na, y ellos, que ni sa­bían ni que­rían sa­ber de cor­ta­pi­sas, se de­ja­ron seducir y ca­bal­ga­ron a los lo­mos del caballo. Así em­pe­za­ron a ca­var su tum­ba, y Blan­ca los acom­pa­ña­ba en las no­ches lo­cas por los pubs de Vi­la­no­va y las dis­co­te­cas de Por­to­no­vo. Di­cen que era tan gua­pa que su fa­ma so­bre­pa­só las fron­te­ras de Vi­la­no­va y que tam­bién los chi­cos bien de Vi­la­gar­cía ca­ye­ron a sus pies. Con uno de ellos tu­vo una hi­ja.

Pe­ro la he­roí­na nun­ca es bue­na com­pa­ñe­ra de via­jes, y los días de vino y ro­sas no tar­da­ron en dar pa­so a la es­cla­vi­tud de las adic­cio­nes, a la de­ca­den­cia fí­si­ca, al si­da, la en­fer­me­dad y la muer­te. Lo cuen­ta el arre­pen­ti­do Ma­nuel Fer­nán­dez Pa­dín en su li­bro De­jad­nos vi­vir, en el que no so­lo re­cuer­da las an­sias de co­no­cer y de ex­pe­ri­men­tar que te­nían todos ellos sino tam­bién la be­lle­za de Blan­qui­ta, como sím­bo­lo de una ju­ven­tud efí­me­ra y trai­do­ra.

A me­di­da que sus ami­gos se fue­ron yen­do, Blan­ca se fue en­ce­rran­do en sí mis­ma. Quie­nes so­bre­vi­vie­ron a aquel in­fierno la re­cor­da­rán aho­ra como era en­ton­ces, ale­gre y her­mo­sa. Que­dan Ma­no­lo Fer­nán­dez Pa­dín, su her­mano Ra­fael y Je­sús Ma­ría Car­ni­ce­ro, los que so­bre­vi­vie­ron a aque­lla ali­nea­ción con­de­na­da a per­der. Aunque so­bre­vi­vir no siem­pre es fá­cil. Si lo sa­brá Pa­dín, que tras su pa­so por las dro­gas se con­vir­tió en el pri­mer arre­pen­ti­do que de­la­tó a los Char­li­nes an­te Garzón, lo que le obli­gó a vi­vir es­con­di­do le­jos de su tie­rra na­tal. Don­de es­té, tam­bién él hoy se acor­da­rá de Blan­qui­ta.

Del fa­mo­so equi­po de fút­bol ya so­lo que­dan vi­vos tres; en­tre ellos, Ma­no­lo Pa­dín, el arre­pen­ti­do —pri­me­ro por la de­re­cha— que re­cuer­da a Blan­ca en el li­bro que pu­bli­có con el mis­mo tí­tu­lo.

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