Ex­ce­sos pa­ra una cri­sis

La Voz de Galicia (Ourense) - - Opinión - Fer­nan­do Óne­ga

¿Cuán­do se jo­dió Pe­rú?, fue la pre­gun­ta más cé­le­bre de Vargas Llo­sa an­tes de pre­gun­tar có­mo era Isa­bel Preysler. In­te­rro­gan­tes así hay que plan­tear­se todos los días en Es­pa­ña, a la vis­ta de có­mo van los acon­te­ci­mien­tos: cuán­do se es­tro­pea­ron de­ter­mi­na­das alian­zas, de­ter­mi­na­das es­tra­te­gias, de­ter­mi­na­das for­ma­cio­nes de Go­bierno. Y las res­pues­tas pue­den ser vá­li­das pa­ra ca­si todos los ca­sos: cuan­do sus pro­ta­go­nis­tas se ex­ce­die­ron en sus de­man­das, en sus exi­gen­cias, en su es­ti­lo, en su po­der o en su or­gu­llo po­lí­ti­co.

Ayer, por ejem­plo, se pro­du­jo el des­en­cuen­tro en­tre Sán­chez e Igle­sias. Razón for­mal, el en­ten­di­mien­to en­tre el lí­der socialista y Al­bert Ri­ve­ra, que ha­ce in­via­ble el pac­to de las «fuer­zas del cam­bio». Pe­ro hu­bo una razón an­te­rior: la fa­mo­sa rue­da de pren­sa de Igle­sias don­de se pre­sen­tó con su re­cla­ma­ción mi­nis­te­rial y el PSOE la to­mó, na­tu­ral­men­te, como el peor in­di­cio de Go­bierno pa­ra­le­lo. Y al­go peor: la apro­pia­ción de los «mi­nis­te­rios de Es­ta­do», mien­tras de­ja­ba a Sán­chez los mi­nis­te­rios de los re­cor­tes que exi­ge Bru­se­las. Ese día co­men­zó a mo­rir la alianza de iz­quier­das.

Se­gun­do ca­so: el in­creí­ble lío mon­ta­do en­tre los se­ño­res Sán­chez y Ra­joy por los re­cur­sos del Go­bierno con­tra los pa­sos se­ce­sio­nis­tas de Ca­ta­lu­ña. Es­to es pa­ra ver­lo y no creer­lo. Como Pe­dro Sán­chez se sien­te to­ca­do por la va­ra má­gi­ca del rey, se con­si­de­ra en la obli­ga­ción de exi­gir al Go­bierno que ne­go­cie con él las me­di­das, «aunque sea pa­ra res­pal­dar­las», ma­ti­zó. Lle­gó la de­man­da al Con­se­jo de Mi­nis­tros y a So­ra­ya Sáenz de San­ta­ma­ría so­lo le fal­tó man­dar­lo a freír es­pá­rra­gos: có­mo se atreve a pe­dir ex­pli­ca­cio­nes el hom­bre que dio gru­pos par­la­men­ta­rios a los in­de­pen­den­tis­tas en el Se­na­do. El exceso ini­cial ha si­do de Sán­chez, por mon­tar un nú­me­ro de lo que pu­do ha­ber si­do una ofer­ta de apo­yo a Ra­joy, como hi­zo Al­bert Ri­ve­ra. Su postureo, como aho­ra se di­ce, es­tu­vo a pun­to de rom­per la uni­dad an­te el de­sa­fío ca­ta­lán, si no la ha ro­to ya.

Y ter­cer ca­so, el del pro­pio PP, que se ex­ce­de en la reivin­di­ca­ción de su vic­to­ria elec­to­ral, se atrin­che­ra en sus 122 es­ca­ños, a 54 de la ma­yo­ría, y no quie­re en­ten­der que ha­brá ga­na­do en las ur­nas, pe­ro si­gue en so­le­dad pa­ra intentar for­mar Go­bierno. Aho­ra es un par­ti­do que tie­ne que es­pe­rar a que fra­ca­se Sán­chez pa­ra re­co­ger los res­tos, bus­car de se­gun­do pla­to a Ciu­da­da­nos, so­me­ter­se a la hu­mi­lla­ción de pro­me­ter re­for­mar sus pro­pias re­for­mas o cas­ti­gar a es­te país con una re­pe­ti­ción de elec­cio­nes.

Ahí de­jo es­tas tres no­tas como re­fle­xio­nes de fin de semana con un con­se­jo como re­ma­te: un po­co de hu­mil­dad le ven­dría muy bien a nues­tra cla­se po­lí­ti­ca. «Sien­do hu­mil­de», se di­ce en El al­cal­de de Za­la­mea, «con rec­to jui­cio acor­da­rás lo me­jor».

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