Todos es­ta­ban lo­cos por Blan­qui­ta

Xo­sé Car­los Ca­nei­ro

La Voz de Galicia (Ourense) - - Opinión -

Iba a es­cri­bir de po­lí­ti­ca, otra vez. Pe­ro de­jé de in­tere­sar­me por ese bai­le de los tram­po­sos, muy por la ma­ña­na, cuan­do en la ca­tor­ce de La Voz de ayer leí la his­to­ria de la ge­ne­ra­ción per­di­da. La con­ta­ban S. Luaña y B. Cos­ta des­de Vi­la­gar­cía, como una gra­ni­za­da de tris­te­za en me­dio de las más­ca­ras de car­na­val, tan ale­gres. Ha­bla­ban de Blan­ca Bó­ve­da, que apa­re­ció muer­ta con 54 años en su ca­sa de Vi­la­no­va. Era la mu­sa de aque­llos que per­die­ron su vi­da ju­gan­do en la fron­te­ra, en el bu­zón de la he­roí­na, don­de los sue­ños se cam­bia­ban por via­jes sin bi­lle­te de vuel­ta. Al­gu­nos se hi­cie­ron mi­llo­na­rios. Pe­ro de los del equi­po de fút­bol, que ama­ban tan­to a Blan­qui­ta, ya so­lo que­dan tres. No es la pri­me­ra vez que ve­mos esa fo­to. Y no es la pri­me­ra vez que de­ci­mos: eran tan jó­ve­nes y fe­li­ces, po­bres. Los mi­llo­na­rios fue­ron otros. Los que co­mer­cia­ban con la muer­te pe­ro no to­ca­ban el caballo y so­lo en al­gu­na oca­sión as­pi­ra­ron el pol­vo blan­co que te dor­mía las en­cías y te abría el áni­mo, el ha­bla y las ga­nas de vi­vir. Qué mi­se­ra­bles. Aún exis­ten. Y se ríen de los muer­tos des­de sus man­sio­nes ci­men­ta­das con la­dri­llos de je­rin­gui­llas.

En ju­nio, si Dios quie­re, cum­pli­ré 53 años. Per­te­nez­co a una ge­ne­ra­ción per­di­da de la que se ha ha­bla­do mu­cho me­nos que de la de Arou­sa. Aquí, en la ra­ya, to­can­do con los de­dos el nor­te de Por­tu­gal, tam­bién con­ta­mos los muer­tos por decenas. Yo los re­cuer­do a me­nu­do. Eran mis ami­gos. A al­gu­nos nos son­rió la for­tu­na. El azar nos per­mi­tió sa­lir del re­ser­va­do de la dis­co­te­ca, don­de el rock era nues­tro pa­dre­nues­tro, y vol­ver a la luz. Cuan­do es­cri­bo es­ta co­lum­na, no sé por qué, o sí, un nu­do se me po­ne en el es­tó­ma­go. Me pe­san los ojos. Hoy los re­cuer­do más. Y más los llo­ro. Por ellos, pro- ba­ble­men­te, es­cri­bo es­tas pa­la­bras un sá­ba­do de car­na­val.

Era ru­bia y muy gua­pa. Em­pe­za­ba así el re­la­to. Y todos se enamo­ra­ron de sus ojos de agua. Es­ta­ban lo­cos por Blan­qui­ta, di­ce un pai­sano. Se fue. Como se fue­ron los del equi­po de fút­bol —la fo­to— que re­cuer­da Ma­nuel Pa­dín en el li­bro De­jad­nos vi­vir. Es un gran tí­tu­lo pa­ra ter­mi­nar es­te ar­tícu­lo. Por­que mien­tras unos pre­ten­den arre­glar Es­pa­ña en­tre po­lí­ti­cas ne­go­cia­cio­nes hi­pó­cri­tas, el bai­le de los tram­po­sos, otros so­lo quie­ren gri­tar la úni­ca con­sig­na vá­li­da: de­jad­nos vi­vir. La vi­da, fi­nal­men­te, es lo que im­por­ta. El úni­co éxi­to es ser fe­liz. Lo de­más es per­der el tiem­po. Y qui­zá por eso me dio hoy por es­cri­bir es­ta co­lum­na a con­tra­co­rrien­te. Por todos los que se han ido ca­bal­gan­do ese caballo: lla­ma­do muer­te, di­ce la can­ción. Por mis ami­gos. Y por ti, Blan­qui­ta.

Lle­va­mos días pre­gun­tán­do­nos si Pe­dro Sán­chez se­rá ca­paz de for­mar Go­bierno, tras la es­pan­ta­da de Ma­riano Ra­joy. Y qui­zás lo que de­be­ría­mos ha­cer es cues­tio­nar­nos si Pa­blo Igle­sias es­tá interesado en que Sán­chez for­me Go­bierno pa­ra res­pon­der me­jor a la pri­me­ra pre­gun­ta. Por­que en el lí­der de Po­de­mos es­tá la cla­ve del lla­ma­do Go­bierno de pro­gre­so y so­lo a él le co­rres­pon­de de­ci­dir si el pre­si­den­te se lla­ma Pe­dro, se lla­ma Ma­riano o nos cas­ti­gan, como a los malos es­tu­dian­tes, con vol­ver a las ur­nas.

Sa­bi­do es que el ob­je­ti­vo de Po­de­mos es ocu­par el es­pa­cio del PSOE y de­jar­lo re­du­ci­do a ce­ni­zas. No lo ocul­tan y tra­ba­jan pa­ra ello; y tras ha­ber des­man­te­la­do a IU, los de Fe­rraz son su pró­xi­mo ob­je­ti­vo. Pe­ro ade­más hay que re­cor­dar que Igle­sias di­jo no ha­ce mu­cho: «En­trar en el Go­bierno con los so­cia­lis­tas nos des­trui­ría elec­to­ral­men­te. […] Y vo­tar a fa­vor de ellos en una in­ves­ti­du­ra nos ha­ría mu­chí­si­mo da­ño».

Y aún más. ¿Qué ha­ría­mos cual­quie­ra de no­so­tros si tu­vié­ra­mos los vien­tos a fa­vor y las en­cues­tas con­fir­ma­ran el sor­pas­so? ¿Sui­ci­dar­nos po­lí­ti­ca­men­te? ¿Ha­cer­le un fa­vor al enemi­go a cam­bio de na­da? Qui­zás así se en­tien­dan las pos­tu­ras de mamá Bes­can­sa cuan­do ase­gu­ra que la es­tra­te­gia socialista es per­de­do­ra y des­es­ta­bi­li­za­do­ra, o la del pro­pio Igle­sias ayer mis­mo cuan­do cie­rra puer­tas, po­nien­do con­di­cio­nes ex­clu­yen­tes.

Así que la cues­tión no es tan­to si Sán­chez evi­ta pac­tar con Po­de­mos pa­ra no con­tra­riar a Su­sa­na, sino si Po­de­mos le va a dar ai­re a quien pre­ten­de me­ren­dar­se a na­da tar­dar. Cla­ro que Igle­sias tam­bién pue­de caer en la tram­pa y que­dar como el res­pon­sa­ble de ha­ber per­di­do una opor­tu­ni­dad úni­ca de for­mar un Go­bierno de pro­gre­so. Vamos, que nos es­pe­ra un por­ve­nir que no adi­vi­na ni Pa­co Po­rras. Aquel que leía el fu­tu­ro en un na­bo.

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