La ge­ne­ra­li­za­ción del mó­vil las su­mió en cri­sis, y la ad­ju­di­ca­ción a Te­le­fó­ni­ca ex­pi­ra es­te año

La Voz de Galicia (Ourense) - - Galicia - MA­RÍA CEDRÓN

No com­pren­de­rán real­men­te cuán­to se pue­de echar de me­nos una ca­bi­na de te­lé­fono pú­bli­co has­ta que un día, de ca­sua­li­dad, pier­dan el mó­vil. Has­ta los que han usa­do al­gu­na vez el apa­ra­to de mo­ne­das de un bar pa­ra lla­mar al no­vio o aque­llos lo­cu­to­rios de los años no­ven­ta a los que se ba­ja­ba pa­ra dar el par­te se­ma­nal a ca­sa cuan­do se es­tu­dia­ba fue­ra pa­re­cen ha­ber ol­vi­da­do la im­por­tan­te fun­ción de la ca­bi­na. So­bre to­do en un pue­blo de mon­ta­ña don­de la co­ber­tu­ra es la que es.

Des­de ha­ce un par de años la pro­li­fe­ra­ción de smartp­ho­nes ha pro­vo­ca­do que esos pe­que­ños apa­ra­tos al­ma­ce­nen me­dia vi­da (fo­tos, co­rreo elec­tró­ni­co, agen­da y has­ta el ví­deo del bau­ti­zo del hi­jo de tu pri­ma). Per­der­lo pue­de ha­cer­nos en­trar en shock e in­clu­so pue­de ge­ne­rar un es­ta­do de an­sie­dad que em­pie­za a preo­cu­par a los psi­có­lo­gos. «To­da­vía no po­de­mos diag­nos­ti­car la adic­ción des­de el pun­to de vis­ta cien­tí­fi­co, pe­ro des­de la prác­ti­ca clí­ni­ca se cons­ta­tan ca­da vez más ca­sos. Tér­mi­nos como no­mo­fo­bia, vam­ping, phom- bies o crack­be­rries dan cuen­ta de ello», ex­pli­ca el in­ves­ti­ga­dor de la USC An­to­nio Rial Bou­be­ta. In­clu­so el he­cho de que se aca­be la ba­te­ría pue­de mo­ti­var an­sie­dad.

La tec­no­lo­gía ha crea­do de­pen­den­cia. Más de dos mi­llo­nes de ga­lle­gos usan te­lé­fono mó­vil, se­gún los úl­ti­mos da­tos del Ins­ti­tu­to Ga­le­go de Es­ta­tís­ti­ca (IGE). Y esa pro­li­fe­ra­ción ha pro­vo­ca­do que las ca­bi­nas te­le­fó­ni­cas ha­yan ido per­dien­do te­rreno fren­te a sus mo­der­nos pri­mos. Aho­ra hay unas 1.200 en to­da la co­mu­ni­dad (206 de R y el res­to de Te­le­fó­ni­ca), más de un 97 % me­nos que ha­ce 15 años. El Re­gla­men­to so­bre las Con­di­cio­nes pa­ra la Pres­ta­ción de Ser­vi­cios de Co­mu­ni­ca­cio­nes Elec­tró­ni­cas obli­ga­ba a dar ese ser­vi­cio y a te­ner una ca­bi­na ca­da 3.000 ve­ci­nos. Por eso, en su día el Go­bierno dio a Te­le­fó­ni­ca su ex­plo­ta­ción. El man­da­to ex­pi­ra a fi­na­les de es­te año. Pro­ba­ble­men­te no se re­nue­ve y pue­de ser com­pli­ca­do que al­gún operador se ha­ga car­go de las ca­bi­nas. Por­que en Ga­li­cia, como pu­bli­có ha­ce unos me­ses La Voz, úni­ca­men­te re­sul­tan ren­ta­bles en O Bar­co de Val­deo­rras.

Pe­ro mu­chas de las que hay ni fun­cio­nan. No es com­pli­ca­do com­pro­bar­lo, so­bre to­do cuan­do se su­fre la ex­pe­rien­cia de per­der el mó­vil en pleno cen­tro de una ciu­dad. El co­ra­zón co­mien­za a la­tir más rá­pi­do al no en­con­trar el apa­ra­to en el bol­so. Des­pués de bus­car y re­bus­car, la pri­me­ra pa­ra­da sue­le ser un bar. Las pul­sa­cio­nes se ace­le­ran cuan­do la ca­ma­re­ra di­ce que no tie­nen ya el te­lé­fono ver­de de mo­ne­das. «Pe­ro jus­to ahí hay una ca­bi­na», di­ce mos­tran­do una a tra­vés del cris­tal.

El problema au­men­ta como una bo­la de nie­ve cuan­do pa­ra usar la ca­bi­na, a fal­ta de sa­ber la co­ti­za­ción del mi­nu­to, se echa un eu­ro. La mo­ne­da no va. Cae una y otra vez. Ocu­rre igual con otra más pe­que­ña. Na­da, no se pue­de lla­mar. Otro re­cur­so es re­gre­sar al ho­gar pa­ra uti­li­zar el te­lé­fono fi­jo con sus mi­nu­tos de lla­ma­das gra­tui­tas a fi­jos que vie­ne in­clui­do en el pa­que­te de In­ter­net que ofre­cen bue­na par­te de las com­pa­ñías. La cues­tión es que el que ha per­di­do el ter­mi­nal no sa­be de me­mo­ria el nú­me­ro de te­lé­fono al que tie­ne que lla­mar. No es más que una con­se­cuen­cia de uti­li­zar re­pe­ti­da­men­te la agen­da.

La de­ses­pe­ra­ción au­men­ta. La úni­ca so­lu­ción que que­da pa­ra ha­llar el mó­vil es re­co­rrer de nue­vo pal­mo a pal­mo el tra­mo en el que su­pues­ta­men­te pu­do ha­ber caí­do el apa­ra­to pa­ra que no so­lo sean los ojos los que bus­can. Un obre­ro que tra­ba­ja en un por­tal de­ja pres­ta­do su te­lé­fono al de­ses­pe­ra­do due­ño del mó­vil des­apa­re­ci­do. «No se preo­cu­pe, que ten­go ta­ri­fa pla­na», di­ce ama­ble­men­te. Pa­ra que el hom­bre se fíe le de­jan un pe­rro en pren­da. El te­lé­fono no apa­re­ce. Blo­quear­lo, po­ner­lo mo­do per­di­do no re­sul­ta com­pli­ca­do gra­cias a una apli­ca­ción que ha­bía des­car­ga­do el pro­pie­ta­rio. De to­das for­mas, pa­ra que el operador pue­da bus­car­lo hay que po­ner una de­nun­cia. Pe­ro no ha­ce fal­ta. Des­pués de in­con­ta­bles lla­ma­das, la voz ama­ble de un hom­bre se es­cu­cha al otro la­do de la lí­nea. —¿Quién es? —Pues la due­ña del te­lé­fono. —Me lo dio mi mu­jer que lo en­con­tró ti­ra­do y es­tá­ba­mos bus­can­do de quién era. Quedamos por la tar­de pa­ra en­tre­gar­lo.

—Mu­chas gra­cias. He es­ta­do al bor­de del in­far­to.

—Ya lo di­jo mi mu­jer por­que es­to no pa­ra­ba de so­nar.

No que­dan mu­chas ca­bi­nas, pe­ro aún hay gen­te bue­na.

PA­CO RODRÍGUEZ

Francisco Amei­jei­ras re­ci­bió se­pul­tu­ra ayer en el ce­men­te­rio de San Ama­ro, de A Co­ru­ña.

MAR­COS MÍGUEZ

Un jo­ven con mó­vil pa­sa an­te una ca­bi­na en A Co­ru­ña.

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