So­ber­bia in­te­lec­tual

Ig­na­cio Ber­mú­dez de Cas­tro

La Voz de Galicia (Ourense) - - Opinión -

Juan Car­los Mo­ne­de­ro ma­ni­fes­tó en Vía V que el ma­yor de­fec­to de Pa­blo Igle­sias es su so­ber­bia in­te­lec­tual. Que es so­ber­bio lo sa­be­mos todos. Pe­ro lo de in­te­lec­tual, ¿por qué? ¿So­lo por­que se au­to­pro­cla­ma como tal? Un in­te­lec­tual no se aga­rra una pa­ta­le­ta cuan­do, ha­bien­do que­da­do su par­ti­do de ter­ce­ro en una elec­cio­nes, el lla­ma­do por el rey a for­mar Go­bierno no le otor­ga la ex­clu­si­vi­dad a la ho­ra de ne­go­ciar. Eso es pre­po­ten­cia y arro­gan­cia, y no in­te­lec­to. ¿Ha de­mos­tra­do ser al­go más que un ven­de­dor de hu­mo con pi­co de oro? Un in­te­lec­tual es aquel cien­tí­fi­co que tra­ba­ja en un la­bo­ra­to­rio in­ten­tan­do des­cu­brir la va­cu­na con­tra el cán­cer. O un ex­cel­so es­cri­tor que nos de­lei­ta con su úl­ti­ma y tra­ba­ja­da obra. Pe­ro un pro­fe­sor de Cien­cia Po­lí­ti­ca que se ha pa­sa­do bue­na par­te de su ca­rre­ra or­ga­ni­zan­do asam­bleas en­ca­mi­na­das a en­cum­brar la fi­gu­ra de Chá­vez pue­de ser­lo o no. En va­rias oca­sio­nes ha co­la­do fa­ro­les ador­na­dos de eru­di­ción, que en un in­te­lec­tual que­dan muy feos. Es­pe­re­mos que le pa­se el be­rrin­che por el re­cién inau­gu­ra­do co­que­teo de Sán­chez con Ri­ve­ra.

Un mes de pla­zo. Como una le­tra pa­ra un pi­so. Un mes de no­viaz­go, como una pe­di­da pa­ra la bo­da. ¿Ha­brá bo­da? ¿Sa­brá Sán­chez con su son­ri­sa pos­ti­za de boy scout de­ma­sia­do ani­ma­do que va a ne­go­ciar en la ca­lle de la Es­ta­fe­ta, en el cas­co de Pam­plo­na? Igle­sias y sus mu­cha­chos son es­pe­cia­lis­tas. Igle­sias ya sa­le más en te­le­vi­sión que Be­lén Es­te­ban. Le gus­tan las rue­das de pren­sa más que a Ale­jan­dro Sanz cuan­do pre­sen­ta dis­co. A mí de los po­de­mi­tas el que más me en­tu­sias­ma es Erre­jón. No es el ni­ño bo­ni­to pro­te­gi­do que pa­re­cía. Ha­bla cla­ro y es al que me­jor se le en­tien­de. Mo­ne­de­ro e Igle­sias se lo tie­nen creí­do, y eso siem­pre mo­les­ta. Y Ca­ro­li­na es una Bes­can­sa. Los de Po­de­mos, de­cía, son es­pe­cia­lis­tas en ne­go­ciar has­ta el co­lor de la me­sa de la ne­go­cia­ción. Y dis­cu­ti­rán de las si­llas de Ikea y has­ta del ja­rrón. Y lo tui­tea­rán to­do (ha­ce tiem­po que el problema no es el tu­teo, es el tui­teo). Van a ser pa­ra Sán­chez como los to­ros en San Fer­mín en es­tam­pi­da por Es­ta­fe­ta, aunque no les gus­ten los to­ros (ni a uno ni a los otros). Van a por to­das. Sán­chez es­tá muy con­ten­to, pe­ro no sa­be que so­lo hay que es­tar con­ten­to al fi­nal, cuan­do el pi­ti­llo. No se en­fren­ta a una ne­go­cia­ción. Se en­fren­ta a ese en­cie­rro de San Fer­mín. Lo úni­co que Sán­chez tie­ne cla­ro es que o sa­le vi­vo o es­tá muer­to. Y eso le da en­ci­ma una de­bi­li­dad tre­men­da pa­ra ne­go­ciar. To­do a una carta. Aho­ra te­ne­mos un mes más de so­bre­do­sis. Estamos en la fa­se que Ca­sa­ve­lla de­fi­ni­ría como so­mos in­ven­ci­bles... en el desas­tre.

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