La am­bi­ción de ser pre­si­den­te

El lí­der socialista es un op­ti­mis­ta con fe cie­ga en sí mis­mo y de­ter­mi­na­ción que siem­pre qui­so lle­gar a lo más al­to

La Voz de Galicia (Ourense) - - A Fondo - EN­RI­QUE CLE­MEN­TE

Fue en enero del 2013. Via­ja­ba ca­mino de Hues­ca con su mu­jer. Un año y me­dio an­tes, Pe­dro Sán­chez ha­bía aban­do­na­do la po­lí­ti­ca al que­dar­se fue­ra del Con­gre­so por un so­lo pues­to. Du­ran­te ese pe­río­do tra­ba­jó como con­sul­tor y pro­fe­sor y aca­bó su doc­to­ra­do en Economía y Em­pre­sa. La ex­mi­nis­tra Cris­ti­na Nar­bo­na aban­do­na­ba su escaño y el turno le pa­sa­ba a él. «Si en­tro, que sea pa­ra mon­tar­la; si vuel­vo, que sea pa­ra ha­cer al­go gran­de». Ese día de­ci­dió que se pre­sen­ta­ría a las pri­ma­rias.

Es­te po­lí­ti­co que sur­gió de la na­da y fue diputado por ca­ram­bo­la, en el 2009 por la re­nun­cia de Pe­dro Sol­bes y en el 2013 por la de Nar­bo­na, in­ten­ta aho­ra la cua­dra­tu­ra del círcu­lo, ser pre­si­den­te con so­lo 90 es­ca­ños. Un re­to sin pre­ce­den­tes en la de­mo­cra­cia es­pa­ño­la. So­lo un op­ti­mis­ta con fe ili­mi­ta­da en sí mis­mo se atre­ve­ría a in­ten­tar­lo. Pe­ro en ello le va su su­per­vi­ven­cia po­lí­ti­ca.

Se­gu­ro de sí mis­mo y ca­be­zón

Quie­nes le co­no­cen bien, sus ami­gos y po­lí­ti­cos con los que ha tra­ba­ja­do, ase­gu­ran que siem­pre as­pi­ró a lle­gar a lo más al­to y des­ta­can su de­ter­mi­na­ción, ener­gía des­bor­dan­te, cons­tan­cia, aguan­te, se­gu­ri­dad en sí mis­mo e in­clu­so su ca­be­zo­ne­ría. Lo de­mos­tró en su fre­né­ti­ca cam­pa­ña pa­ra dar­se a co­no­cer a la mi­li­tan­cia, en la que re­co­rrió 45.000 ki­ló­me­tros a bor­do de su Peu­geot 407. En ese pe­ri­plo hi­zo ga­la de otra de sus ca­rac­te­rís­ti­cas, su em­pa­tía na­tu­ral pa­ra sin­to­ni­zar con la gen­te, mos­trán­do­se ac­ce­si­ble y cer­cano. Se de­ja­ba fo­to­gra­fiar sin pa­rar y lla­ma­ba a los mi­li­tan­tes por su nom­bre, la mis­ma téc­ni­ca que usa en las rue­das de pren­sa pa­ra di­ri­gir­se a los pe­rio­dis­tas.

Pa­só de ser un gran des­co­no­ci­do a ga­nar las pri­ma­rias. Con­tó en­ton­ces con el apo­yo cru­cial de Su­sa­na Díaz, su ac­tual ad­ver­sa­ria, que se man­tie­ne al ace­cho pa­ra arre­ba­tar­le el si­llón. La pre­si­den­ta an­da­lu­za que­ría evi­tar que ga­na­ra Eduar­do Ma­di­na y cre­yó que Geor­ge Cloo­ney, como le lla­ma­ba, iba a ser una ma­rio­ne­ta en sus ma­nos. Pe­ro el prin­ci­pal apo­do de es­te ex­ju­ga­dor de ba­lon­ces­to de 1,90 de es­ta­tu­ra, 43 años y pin­ta de galán, es El gua­po, lo que uti­li­zan sus enemi­gos pa­ra de­cir que de­trás de su fí­si­co y su eter­na son­ri­sa no hay una so­la idea po­lí­ti­ca, so­lo una am­bi­ción sin lí­mi­tes.

Na­ci­do en la zo­na más aco­mo­da­da del ba­rrio ma­dri­le­ño de Te­tuán, de fa­mi­lia socialista, su pa­dre em­pre­sa­rio y su ma­dre fun­cio­na­ria, es­tu­dió el ba­chi­lle­ra­to en el Ins­ti­tu­to Ra­mi­ro de Maez­tu, se afi­lió al PSOE con 21 años tras la vic­to­ria en 1993 de su gran ído­lo Fe­li­pe Gon­zá­lez y se li­cen­ció en Economía y Em­pre­sas en un cen­tro pri­va­do ads­cri­to a la Com­plu­ten­se, don­de se pa­gan 500 eu­ros al mes. Des­de no­viem­bre del 2012, es doc­tor en Economía y Em­pre­sa. Su te­sis doc­to­ral, pla­ga­da de an­gli­cis­mos, se ti­tu­la In- no­va­cio­nes de la di­plo­ma­cia eco­nó­mi­ca es­pa­ño­la: análisis del sec­tor pú­bli­co (2000-2012).

Crí­ti­cas a su te­sis doc­to­ral

Su ne­ga­ti­va ini­cial a per­mi­tir su lec­tu­ra pro­vo­có po­lé­mi­ca, así como que le die­ran la má­xi­ma ca­li­fi­ca­ción, ap­to cum lau­de, exa­ge­ra­da pa­ra un tra­ba­jo po­co re­le­van­te se­gún al­gu­nos es­pe­cia­lis­tas. Fue miem­bro de la Asam­blea de Ca­ja Ma­drid, du­ran­te su eta­pa de con­ce­jal de Ma­drid, uno de los ca­pí­tu­los de su cu­rrícu­lo que más se le ha cri­ti­ca­do. En su bio­gra­fía ofi­cial siem­pre lo ha ocul­ta­do, ya que ob­tu­vo una bo­ni­fi­ca­ción del 30 % en su prés­ta­mo hi­po­te­ca­rio.

Sus co­mien­zos como se­cre­ta­rio ge­ne­ral fue­ron des­con­cer­tan­tes. En el par­ti­do no da­ban cré­di­to a sus ocu­rren­cias y des­men­ti­dos. Lle­gó a de­cir que el Mi­nis­te­rio de De­fen­sa so­bra­ba y a pro­po­ner que se or­ga­ni­za­ran fu­ne­ra­les de Es­ta­do pa­ra las víc­ti­mas de la vio­len­cia ma­chis­ta. En­fu­re­ció a Jo­sé Luis Rodríguez Za­pa­te­ro cuan­do abo­gó por co­rre­gir la re­for­ma del ar­tícu­lo 135 de la Cons­ti­tu­ción que pac­tó con Ma­riano Ra­joy pa­ra in­cluir el te­cho de gas­to. La fór­mu­la Pdro Snchz que uti­li­zó pa­ra re­bau­ti­zar­se fue ob­je­to de bur­las.

Sán­chez ha si­do un pio­ne­ro en la uti­li­za­ción de los programas te­le­vi­si­vos de en­tre­te­ni­mien­to. No du­dó en lla­mar a Sál­va­me y lue­go apa­re­ció en los es­pa­cios de Pa­blo Mo­tos, Je­sús Calleja y Ma­ría Te­re­sa Cam­pos.

El pa­pel de su mu­jer

Pe­ro si al­go ha de­mos­tra­do Sán­chez en sus 18 me­ses al fren­te del PSOE es que de blan­do no tie­ne un pelo. Guan­te de se­da en mano de hie­rro. No le tem­bló el pul­so pa­ra des­ti­tuir al lí­der del PSM, To­más Gó­mez, un vie­jo ri­val que en su día le re­le­gó a un pues­to no ele­gi­ble de la lis­ta por Ma­drid. Pe­ro el pun­to cul­mi­nan­te fue cuan­do es­pe­tó a Ra­joy en el de­ba­te elec­to­ral que no era de­cen­te. Los ana­lis­tas creen que si no lo hu­bie­ra he­cho el PSOE ha­bría ob­te­ni­do unos re­sul­ta­dos aún peo­res.

Su mu­jer, Begoña Gó­mez, es un pi­lar fun­da­men­tal pa­ra Sán­chez. Bil­baí­na cria­da en León, li­cen­cia­da en már­ke­ting, ex­per­ta en cap­ta­ción de fon­dos pa­ra oe­ne­gés y so­cia-di­rec­to­ra de la em­pre­sa Task For­ce. Lo su­yo fue un fle­cha­zo. An­tes de co­no­cer­la, Sán­chez era «un po­co ba­la», se­gún con­fe­só a Ber­tín Os­bor­ne. Pe­ro si hay al­go que le in­dig­na es que se in­mis­cu­yan en su vi­da fa­mi­liar, más aún en la de su esposa. Le sen­tó muy mal que el di­gi­tal Voz­pó­pu­li pu­bli­ca­ra que el pa­dre de es­ta fue pro­pie­ta­rio de sau­nas gays en Ma­drid.

¿Có­mo se en­fren­ta a la mi­sión ca­si im­po­si­ble de ser pre­si­den­te? Se­gui­dor del Atlé­ti­co de Ma­drid, le gus­ta re­pe­tir la má­xi­ma del Cho­lo Si­meo­ne, par­ti­do a par­ti­do. Pe­ro Pa­blo Igle­sias no quie­re sa­lir a ju­gar si no es con sus pro­pias re­glas.

2 Fue ju­ga­dor de ba­lon­ces­to del Es­tu­dian­tes (aba­jo a la iz­quier­da) en el pues­to de ale­ro y se plan­teó ser pro­fe­sio­nal, pe­ro lo de­jó a los 21 años. Mi­de 1,90.

3 Sán­chez y Begoña Gó­mez con su dos

hi­jas, Ainhoa, de 10 años, y Car­lo­ta, de 8, en un día del co­le­gio pú­bli­co don­de es­tu­dian am­bas.

4 El ma­tri­mo­nio

fren­te a una gi­gan­tes­ca ban­de­ra es­pa­ño­la en la pre­sen­ta­ción de su can­di­da­tu­ra. «Los Oba­ma del PSOE», se les lla­mó.

1 Sán­chez na­ció en el ba­rrio ma­dri­le­ño de Te­tuán el 29 de fe­bre­ro de 1972. Su pa­dre es em­pre­sa­rio y su ma­dre fun­cio­na­ria. Es­tu­dió ba­chi­lle­ra­to en el Ra­mi­ro de Maez­tu.

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