Obras y au­to­res.

La Voz de Galicia (Ourense) - - Cultura - (arri­ba) es una de las obras atri­bui­das a El Bos­co y cu­ya au­to­ría aho­ra se po­ne en du­da. Las téc­ni­cas mo­der­nas han per­mi­ti­do iden­ti­fi­car el tra­ba­jo de Leo­nar­do en de Ve­rroc­chio y un au­to­rre­tra­to de Rem­brandt.

El jar­dín de las de­li­cias, La ado­ra­ción de los Ma­gos y El ca­rro de heno, tam­bién pro­pie­dad de la ins­ti­tu­ción ma­dri­le­ña. Como era de es­pe­rar, des­de El Pra­do re­cha­zan el es­tu­dio ale­gan­do fal­ta de ri­gu­ro­si­dad e in­tere­ses en­cu­bier­tos.

La po­lé­mi­ca, que no ha he­cho más que em­pe­zar, se ha vi­vi­do ya con otras pin­tu­ras de ar­tis­tas como Leo­nar­do da Vin­ci, Ca­ra­vag­gio, Ver­meer, Go­ya, Picasso o Po­llock. Hay que en­ten­der que du­ran­te dé­ca­das la ex­per­ti­za­ción de obras es­tu­vo so­me­ti­da úni­ca­men­te a cri­te­rios de his­to­ria­do­res del ar­te que con jui­cios ba­sa­dos en mé­to­dos de ob­ser­va­ción y ele­men­tos es­ti­lís­ti­cos y do­cu­men­ta­les re­fren­da­ban o ne­ga­ban la au­to­ría de una obra. Con es­te mé­to­do, apo­ya­do en el tes­ti­mo­nio de Va­sa­ri, se com­pro­bó, por ejem­plo, la cla­ra co­la­bo­ra­ción del jo­ven Leo­nar­do en el cua­dro de El bau­tis­mo de Cris­to de Ve­rroc­chio, su maes­tro. Pe­ro, con la mis­ma fa­ci­li­dad, una pin­tu­ra como La ce­na de Emaús rea­li­za­da por el co­pis­ta Han van Mee­ge­ren pa­só du­ran­te al­gún tiem­po como obra de Ver­meer.

Pe­ri­ta­je mi­nu­cio­so

En la ac­tua­li­dad es­te ti­po de in­ter­pre­ta­ción en so­li­ta­rio se con­si­de­ra po­co fia­ble y ha­ce pen­sar que en al­gún ca­so, cuan­do se pro­du­ce, res­pon­de más a que­ren­cias cre­ma­tís­ti­cas que a otra co­sa. Hoy en día es po­si­ble re­cu­rrir a so­fis­ti­ca­das téc­ni­cas, que re­fle­jan de ma­ne­ra feha­cien­te la da­ta­ción de la obra y, en de­fi­ni­ti­va, la atri­bu­ción a un de­ter­mi­na­do au­tor. La me­to­do­lo­gía de tra­ba­jo es pro­pia de au­tén­ti­cos fo­ren­ses que a tra­vés de un pe­ri­ta- je mi­nu­cio­so des­cu­bren ba­jo la su­per­fi­cie esos se­cre­tos que han que­da­do ocul­tos a sim­ple vis­ta: di­bu­jos inaca­ba­dos, arre­pen­ti­mien­tos, fir­mas, fe­chas… Lle­gan in­clu­so a bu­cear en la com­po­si­ción de los pig­men­tos, el ti­po de pin­ce­les uti­li­za­dos, los dis­tin­tos man­tos de co­lor, las se­ña­les de en­ve­je­ci­mien­to o en de­fi­nir las res­tau­ra­cio­nes y re­pin­tes pos­te­rio­res.

La ra­dio­gra­fía con­ven­cio­nal, la re­flec­to­gra­fía in­fra­rro­ja, el análisis es­pec­tros­có­pi­co, la den­dro­cro­no­lo­gía (que ayu­da a da­tar la ma­de­ra) o, lo más no­ve­do­so, las on­das THZ, me­jo­ran, has­ta lí­mi­tes im­pen­sa­bles ha­ce so­lo unos años, la in­for­ma­ción so­bre el so­por­te uti­li­za­do o las dis­tin­tas ca­pas que vi­ven tras la pin­tu­ra su­per­fi­cial. Es una me­ticu­losa di­sec­ción en la que asi­mis­mo in­ter­vie­nen las imá­ge­nes di­gi­ta­les, con las que, en­tre otros ca­sos, fue po­si­ble dar por bueno el au­to­rre­tra­to de Rem­brandt del Mu­seo Thyssen de Ma­drid.

La obra de El Bos­co se si­túa en el puen­te de en­tra­da al Re­na­ci­mien­to, con una so­bre­car- ga im­por­tan­te to­da­vía del ideal me­die­val. Sus asus­ta­das fi­gu­ras, sus de­mo­nios, sus des­ca­be­lla­dos ani­ma­les y su enor­me ima­gi­na­ción pa­ra in­ven­tar­se el In­fierno hi­cie­ron de él un pin­tor úni­co. Par­te de ese mundo en­ma­ra­ña­da­men­te su­rrea­lis­ta se en­cuen­tra hoy en el Mu­seo del Pra­do, una ins­ti­tu­ción del que se es­pe­ra aho­ra la res­pues­ta ar­gu­men­ta­da a la de­ci­sión de la Bosch Re­search and Con­ser­va­tion Pro­ject, el co­mi­té de téc­ni­cos que su­per­vi­san la ex­po­si­ción que se po­drá ver es­te año tam­bién en Ma­drid. «La gran apor­ta­ción del rea­lis­mo del XX, del nues­tro y del ame­ri­cano, más que del eu­ro­peo, es una for­ma de acer­ca­mien­to al ser hu­mano y un des­pe­go de un ar­te eli­tis­ta». Así lo cree An­to­nio Ló­pez, que hoy re­gre­sa al Thyssen en una mues­tra que ca­no­ni­za a los Rea­lis­tas de Ma­drid. «Es­ta ex­po­si­ción me pa­re­ce un re­ga­lo, es­pe­cial­men­te en es­te mo­men­to de cri­sis en que estamos y en un si­tio como es­te, y creo que vie­ne muy bien pa­ra ver lo que ha pa­sa­do en el ar­te, no so­lo en la fi­gu­ra­ción», afir­ma el gran maes­tro, uno de los dos ar­tis­tas vi­vos más co­ti­za­dos en el mer­ca­do in­ter­na­cio­nal. Le ha­ce ilu­sión a An­to­nio Ló­pez (To­me­llo­so, Ciu­dad Real 1936) vol­ver a ver la obra de todos jun­tos y ex­po­ner con Ma­ri, la pin­to­ra Ma­ría Mo­reno (Ma­drid, 1933), su esposa. El gru­po, el «me­nos nar­ci­sis­ta» de todos los que sur­gie­ron —él ase­gu­ra que nun­ca exis­tió—, fue bau­ti­za­do por la crí­ti­ca como Rea­lis­tas de Ma­drid. «Todos los gru­pos han du­ra­do po­co, me­nos los Ro­lling Sto­nes, que si­guen ahí», di­ce el ar­tis­ta con hu­mor.

Ellos lle­van se­sen­ta años de amistad bien tra­ba­da en­tre el es­cul­tor Ju­lio Ló­pez Hernández; su esposa ya fa­lle­ci­da, la pin­to­ra Es­pe­ran­za Pa­ra­da; su her­mano, el tam­bién es­cul­tor Francisco Ló­pez, casado con la pin­to­ra Isa­bel Quin­ta­ni­lla; y Ama­lia Avia, pin­to­ra esposa del abs­trac­to Lu­cio Muñoz.

Un mis­te­rio

El ar­te es un mis­te­rio, afir­ma An­to­nio Ló­pez. Eso no im­pi­de que ha­yan desea­do ser en­ten­di­dos. «Esa vo­lun­tad de acer­ca­mien­to al hom­bre me pa­re­ce que ocu­rre po­cas ve­ces; la veo como un va­lor y la veo en el ar­te es­pa­ñol y en la Ge­ne­ra­ción del 98: la fal­ta de arro­gan­cia, que no es hu­mil­dad, es otra co­sa, es una for­ma de dig­ni­dad. Te­ne­mos más que ver con la Ge­ne­ra­ción del 98 que con la del 27, mas arro­gan­tes, con la ac­ti­tud de un Dalí, con la ex­tra­va­gan­cia como vir­tud, que ha si­do muy va­lo­ra­da no ya en el 27, sino en ge­ne­ral en el ar­te», di­ce Ló­pez.

Los Rea­lis­tas de Ma­drid, sin nin­gún ma­ni­fies­to, re­no­va­ron la fi­gu­ra­ción y crea­ron el rea­lis­mo tras­cen­den­te o má­gi­co en los años cin­cuen­ta, los años del em­pu­je del in­for­ma­lis­mo y la abs­trac­ción del Gru­po El Pa­so.

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