Dos hom­bres y un des­tino

Fer­nan­do Salgado

La Voz de Galicia (Ourense) - - Opinión -

Ten­go cier­ta cu­rio­si­dad por sa­ber qué fu­ne­ral se ofi­cia­rá an­tes: ¿el de Pe­dro Sán­chez o el de Ma­riano Ra­joy? Los dos hue­len a cha­mus­qui­na, na­die da un cén­ti­mo por sus res­pec­ti­vas vi­das po­lí­ti­cas y so­lo fal­ta que les ex­tien­dan los cer­ti­fi­ca­dos de de­fun­ción. La de­re­cha se ha apre­su­ra­do a se­pul­tar al can­di­da­to socialista y los res­pon­sos que tra­tan de lim­piar su al­ma de am­bi­cio­nes des­me­di­das se mul­ti­pli­can a dia­rio en la pren­sa de aque­lla ori­lla. Pe­ro se tra­ta de un si­mu­la­cro de en­tie­rro, por­que Pe­dro Sán­chez aún no es­tá muer­to del to­do y por eso, como Car­los V en el mo­nas­te­rio de Yus­te, tie­ne el pri­vi­le­gio de asis­tir en vi­da a sus exe­quias. Sos­pe­cho tam­bién que Ma­riano Ra­joy, aunque tam­po­co es­tá muer­to del to­do, ya tie­ne un pie me­ti­do en el ce­men­te­rio de los ex­pre­si­den­tes y que de ahí no lo sa­ca ni el apun­ta­dor.

Lo más cu­rio­so del ca­so es que am­bos, el in­de­cen­te y el ruin —el «ruiz», pa­ra ser pre­ci­so—, com­par­ten los mis­mos in­tere­ses y me te­mo que el mis­mo des­tino. Los dos es­tán abo­ca­dos a lan­zar­se al pre­ci­pi­cio por cu­yas pro­fun­di­da­des dis­cu­rren aguas tur­bu­len­tas, como Paul New­man y Ro­bert Redford en Dos hom­bres y un des­tino. Quie­nes aún no ha­yan vis­to el mí­ti­co wes­tern, co­rran a ver­lo y des­cu­bri­rán có­mo es­ta his­to­ria y su desen­la­ce ya es­tá es­cri­ta des­de 1969.

Ra­joy y Sán­chez so­lo tie­nen dos po­si­bi­li­dad de alar­gar su ago­nía. Si el socialista lle­ga a la Mon­cloa a hom­bros de Po­de­mos y de­más co­fra­des, y el po­pu­lar asu­me el pa­pel de azo­te de esa amal­ga­ma ra­di­cal-se­pa­ra­tis­ta, los dos so­bre­vi­vi­rán unos me­ses y qui­zá uno de ellos con­si­ga reha­bi­li­tar­se. La se­gun­da po­si­bi­li­dad es­tri­ba en que Ra­joy ha­ga mu­tis y se sa­cri­fi­que «por el bien del país», como le pi­den Bru­se­las y el Ibex, y el PP fa­ci­li­te la for­ma­ción de un Go­bierno PSOE-Ciu­da­da­nos. En es­te ca­so, Sán­chez asis­ti­rá al en­tie­rro de su com­pa­ñe­ro y él con­se­gui­rá una pró­rro­ga con­di­cio­nal.

Pro­nos­ti­co, sin em­bar­go, un desen­la­ce idén­ti­co al de la pe­lí­cu­la. «Hay que sal­tar o estamos per­di­dos», di­ce New­man-Ra­joy en la úl­ti­ma es­ce­na. «Ni ha­blar, que no sé na­dar», con­tes­ta Redford-Sán­chez. Pe­ro am­bos, pe­se a la ob­je­ción del socialista, se aca­ban lan­zan­do al abis­mo de unas nue­vas elec­cio­nes. Los fu­ne­ra­les por am­bos sui­ci­das se­rán si­mul­tá­neos, aunque los cuer­pos de los le­gen­da­rios fo­ra­ji­dos de la pe­lí­cu­la no ha­yan apa­re­ci­do to­da­vía.

Su­pon­ga­mos que Ra­joy y Sán­chez lo­gran re­pe­tir como candidatos de sus res­pec­ti­vos par­ti­dos. Ni si­quie­ra tal even­tua­li­dad, más im­pro­ba­ble en el se­gun­do ca­so que en el pri­me­ro, re­fu­ta mi te­sis. De re­sul­tas de nue­vas elec­cio­nes, los dos se­rán ca­dá­ve­res po­lí­ti­cos. Sus fiam­bres que­da­rán flo­tan­do so­bre las aguas mien­tras, en lo al­to del ris­co, Pa­blo Igle­sias —qui­zá ves­ti­do de es­mo­quin y pa­ja­ri­ta pa­ra la oca­sión— al­za los bra­zos pa­ra di­bu­jar la V de vic­to­ria.

—Bien, de acuer­do, Ra­joy y Sán­chez lo tie­nen cru­do, ¿pe­ro del país, qué me di­ce?

Del país que asis­te —no sé si ató­ni­to o di­ver­ti­do— al es­pec­tácu­lo, así como del Go­bierno, ha­bla­re­mos, Dios me­dian­te, otro día.

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