¿Es el car­na­val una ce­le­bra­ción fu­ne­ra­ria?

Ma­nuel Man­dia­nes

La Voz de Galicia (Ourense) - - Opinión -

Los en­mas­ca­ra­dos dis­fru­tan de una li­ber­tad que na­die más que ellos pue­den dis­fru­tar. Se sal­tan los lí­mi­tes fi­ja­dos por la tra­di­ción. En­tran en las ca­sas, co­men, be­ben y has­ta pue­den lle­var­se co­sas de co­mer. En la ca­lle pue­den tiz­nar, en­fa­ri­ñar y has­ta le­van­tar la fal­da a las mu­je­res. El amor y la em­bria­guez eli­mi­nan los lí­mi­tes con los otros in­di­vi­duos. Las re­la­cio­nes de au­to­ri­dad se in­vier­ten, los que man­dan obe­de­cen y los que obe­de­cen man­dan. Los cria­dos man­dan y los se­ño­res obe­de­cen. Du­ran­te el car­na­val se sus­pen­de el ri­gor de las nor­mas que re­gu­lan el com­por­ta­mien­to y la vi­da so­cial. El car­na­val es un pe­río­do de li­cen­cias y trans­gre­sio­nes. Los con­flic­tos so­cia­les se ex­pre­san sin con­fron­ta­ción, de­jan­do sa­lir lo ocul­to, abrien­do la puer­ta a todos los fan­tas­mas. El car­na­val sa­ca a la luz co­sas ocul­tas pa­ra que per­ma­nez­can ocul­tas. Los en­mas­ca­ra­dos pue­den em­bo­rra­char­se sin que na­die les pue­da cri­ti­car ni lla­mar la aten­ción.

El car­na­val rom­pe con las for­mas tí­pi­cas de la vi­da so­cial, con los há­bi­tos co­ti­dia­nos que iden­ti­fi­can al gru­po y al in­di­vi­duo, que se di­suel­ve en el acon­te­cer co­lec­ti­vo y se ol- vi­da del mundo; li­be­ra de los dio­ses que hay que res­pe­tar, de las le­yes que hay que cum­plir, de las vir­tu­des y de los pro­to­co­los que hay que prac­ti­car todos los días. La di­so­lu­ción de la con­cien­cia in­di­vi­dual cau­sa pla­cer por­que des­tru­ye las ba­rre­ras y los lí­mi­tes que la per­so­na sien­te en la vi­da co­ti­dia­na. To­do lo que es pro­fun­do ama la más­ca­ra, que es una res­pues­ta a la ex­pe­rien­cia de lo ele­men­tal. El car­na­val no re­co­no­ce los lí­mi­tes na­tu­ra­les del mundo grie­go, cu­yo tras­pa­so era la hy­bris, ni tam­po­co los lí­mi­tes del mundo cris­tiano, que es­ta­ban de­fi­ni­dos por los man­da­mien­tos y sal­tár­se­los era pe­ca­do. Lo que que­da como fon­do es la des­me­su­ra. El car­na­val es la per­so­ni­fi­ca­ción de esa fuer­za des­co­no­ci­da, que no tie­ne nom­bre, la ex­pre­sión de un de­seo sin lí­mi­te, un uni­ver­so sin re­glas an­te­rior a la con­cien­cia y a la ca­pa­ci­dad de ar­bi­trio. El la­do os­cu­ro, que no tie­ne ros­tro, que no apa­re­ce en cuan­to tal en nin­gún si­tio ni nun­ca, lo do­mi­na to­do y ha­ce que ca­da yo no sea uno sino va­rios.

En nues­tros días ha vuel­to con fuer­za gra­cias a la se­cu­la­ri­za­ción, que ha da­do al tras­te con las re­fe­ren­cias li­túr­gi­cas que mar­ca- ban el ca­len­da­rio y gra­cias a la re­ti­ra­da en des­ban­da­da de las ideo­lo­gías so­cio­po­lí­ti­cas y de las ins­ti­tu­cio­nes que las sus­ten­ta­ban. Cuan­do los ritos que eran pun­tos de re­fe­ren­cia de­jan de ejer­cer como ta­les, los gru­pos in­ven­tan o re­cu­pe­ran otros que no se so­me­ten a re­glas ni re­co­no­cen más lí­mi­tes que el de­seo; dan pa­so a ce­le­bra­cio­nes sin ideo­lo­gía, sin sig­ni­fi­ca­do más allá de un acon­te­ci­mien­to fes­ti­vo, li­ber­tino, ma­ni­pu­la­das, en ge­ne­ral, por in­tere­ses eco­nó­mi­cos.

To­do en­mas­ca­ra­do, por de­fi­ni­ción, es un ser que vuel­ve del otro mundo. Na­die, a no ser ellos, po­dría dis­fru­tar de la li­ber­tad que dis­fru­ta­ron y si­guen dis­fru­tan­do los en­mas­ca­ra­dos. Se­res anó­ni­mos, sin nom­bre. Los del otro mundo, que vi­ven ale­ja­dos de los ur­ba­ni­tas de es­te mundo, in­va­den el es­pa­cio ur­bano du­ran­te los días de car­na­val, que se ce­le­bra con­tra los ele­men­ta­les po­de­res de la for­ta­le­za del tea­tro de la vi­da, con sus dio­ses de la ciu­dad, sus le­yes, vir­tu­des, obras plás­ti­cas, na­rra­cio­nes y su pru­den­cia po­lí­ti­ca. El car­na­val tal vez sea la con­ti­nui­dad de ce­re­mo­nias fu­ne­ra­rias de las que guar­dan me­mo­ria la Ilía­da y la Odi­sea.

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