«Cuan­do vas a la po­li­cía te di­rán que lo ol­vi­des, que el ro­bo no se pue­de pro­bar»

La Voz de Galicia (Ourense) - - Galicia -

Ba­ji­to y sin dien­tes, tie­ne cla­ro que en un sa­lón de bai­le ten­dría el mis­mo éxi­to que el pa­ra­güe­ro. Él lo sa­be. El don­juán de Ma­rín, cer­ca­do a sus 39 años por decenas de mu­je­res de to­da Es­pa­ña de las que se bur­ló, rom­pió el co­ra­zón y ro­bó, su­ple el fí­si­co con la­bia. Él ha­bla­ba y lo se­guían como al flau­tis­ta de Ha­me­lín. Re­cla­ma­do por va­rios juz­ga­dos, con ca­da una de sus víc­ti­mas es­cri­be un per­fec­to guion. Es­te afi­cio­na­do al tra­ves­tis­mo in­for­má­ti­co — pa­ra bus­car a sus pre­sas na­ve­ga por re­des so­cia­les con nom­bres fic­ti­cios— re­sul­tó ser un dia­blo pa­ra una centuria de mu­je­res, y aho­ra ellas quie­ren de­vol­ver­lo a los in­fier­nos de una pri­sión que nun­ca pi­só por­que, en la in­men­sa ma­yo­ría de los ca­sos de­mos­trar una deu­da sin fir­mas de por me­dio es ca­si siem­pre una pér­di­da de tiem­po y de más di­ne­ro. His­to­rias como las del don­juán ga­lle­go se sa­len a ve­ces de la te­le­vi­sión pa­ra mu­dar­se al otro la­do de la ca­ma.

«Fue mi com­pa­ñe­ro de cla­se y me in­ten­tó es­ta­far 800 eu­ros».

«En el 2002 era mi com­pa­ñe­ro de cla­se e in­ten­tó es­ta­far­me 800 eu­ros por­que me di­jo que ne­ce­si­ta­ba com­prar un or­de­na­dor. Fi­nal­men­te me los de­vol­vie­ron su ma­dre y su her­ma­na, que vi­vían por aquel en­ton­ces en Pon­te­ve­dra. A raíz del in­ten­to de es­ta­fa de­jó las cla­ses y de­sa­pa­re­ció». No pa­ra de via­jar. Pa­sa dos se­ma­nas con una víc­ti­ma, se va, pa­sa otra tem­po­ra­da con otra, re­gre­sa. El di­ne­ro con la que in­vi­ta a una, es de otra. Así lo cuen­tan ellas: «Ca­da vez dis­tan­cia­rá más el tiem­po en­tre via­je y via­je… co­men­za­rás a en­con­trar fa­llos en sus men­ti­ras sal­va­jes, su­fri­rás por sus au­sen­cias una vez que ha ino­cu­la­do el ve­neno de la du­da. A es­tas al­tu­ras te ha­brá pro­me­ti­do lle- var­te a via­jes que nun­ca lle­gan. Y un día te des­per­ta­rás y ha­brá des­apa­re­ci­do pa­ra siem­pre. Su te­lé­fono es­ta­rá apa­ga­do y es­ta­rás so­la an­te el des­ga­rro emo­cio­nal de no po­der ha­cer na­da pa­ra en­con­trar­le. Y cuan­do de­jes de llo­rar y va­yas a la po­li­cía, te di­rán que na­da pue­den ha­cer, que me­jor lo ol­vi­des, que las can­ti­da­des no se pue­den pro­bar, que lo des por per­di­do».

«A mí me sa­có a ba­se de men­ti­ras, 800 eu­ros, la con­fian­za en los hom­bres y el mie­do a las re­la­cio­nes. Pon­te­ve­dra es pe­que­ña y aun así nos cos­tó tiem­po des­cu­brir las men­ti­ras de es­te ser».

«Me pi­dió 600 eu­ros. Fui ton­ta y se los di».

«A mí me pi­dió 600 eu­ros, y sí, fui ton­ta y se los di. Con­fié en una per­so­na, que más o me­nos, por su tra­ba­jo y por como ha­bla­ba y ex­pre­sa­ba, pa­re­cía de lo más nor­mal. Cuál fue mi sor­pre­sa cuan­do ave­ri­güé que se hi­zo pa­sar por mí pa­ra es­ta­far a otra de sus con­quis­tas, que son mu­chas».

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