Elogio de los tí­te­res

Ra­món Per­nas

La Voz de Galicia (Ourense) - - Opinión -

Yde los ti­ti­ri­te­ros. Es un ofi­cio me­nor de la co­me­dia del ar­te, an­ti­guo y clá­si­co, una ar­te­sa­nal fá­bri­ca de sue­ños iti­ne­ran­te, de acá pa­ra allá. «De al­dea en al­dea el vien­to lo lle­va si­guien­do el sen­de­ro, su pa­tria es el mundo y como un va­ga­bun­do, va el ti­ti­ri­te­ro...», can­ta Se­rrat reivin­di­can­do su me­mo­ria.

Uti­li­zan un aus­te­ro ta­bla­di­llo pa­ra una farsa siem­pre re­pe­ti­da. Son los herederos de Pul­ci­ne­lla, los tí­te­res de hi­lo o de plan­cha, o los más po­pu­la­res, de guan­te. Sus his­to­rias tie­nen una na­rra­ción sen­ci­lla, di­ría­se que ele­men­tal, que se reite­ra con sus va­rian­tes lo­ca­les. Son los tí­te­res de la ca­chi­po­rra, de los bas­to­na­zos, que asus­tan y ha­cen reír in­dis­tin­ta­men­te a lo lar­go de mu­chas ge­ne­ra­cio­nes a todos los ni­ños del mundo.

Hoy dos ti­ti­ri­te­ros ocu­pan las pá­gi­nas de su­ce­sos tras una muy des­afor­tu­na­da ac­tua­ción sub­vir­tien­do el lenguaje tra­di­cio­nal y po­li­ti­zan­do el vie­jo dis­cur­so de la co­me­dia del ar­te.

Pe­ro el sen­ci­llo es­pec­tácu­lo es mu­cho más que esa anéc­do­ta re­pu­dia­ble con­ver­ti­da en ca­te­go­ría gra­cias a la irres­pon­sa­bi­li­dad de pro­gra­ma­do­res y edi­les del Ayun­ta­mien­to de Ma­drid. No voy a en­trar en ello pa­ra no co­la­bo­rar en la ce­re­mo­nia de la con­fu­sión y en el círcu­lo vi­cio­so de una re­pre­sen­ta­ción que nun­ca de­bió de ha­ber­se pro­du­ci­do.

Yo voy a es­cri­bir el elogio de­bi­do a quie­nes ejer­cen la ma­gia de con­ver­tir la his­to­ria del en­tre­te­ni­mien­to tea­tral en la más mo­des­ta de las ofer­tas es­cé­ni­cas.

Si se­ña­la­ba que el ori­gen cer­cano es­tá en la Ita­lia del se­ñor Po­li­chi­ne­la, y en el ar­te pa­ler­mi­tano de las ma­rio­ne­tas, el ofi­cio via­jó a In­gla­te­rra y Pu­ci­ne­lla se con­vir­tió en Punch y en Fran­cia fue el gui­ñol lio­nés quien co­gió el tes­ti­go. Siem­bre con­tan­do la mis­ma his­to­ria del bueno, del tor­pe y de malos con el de­mo­nio como má­xi­ma re­pre­sen­ta­ción de la vi­lla­nía.

Hay una gran tra­di­ción en Es­pa­ña, es­pe­cial­men­te con los ti­te­lles ca­ta­la­nes, sin ol­vi­dar­se de la Tía No­ri­ca en An­da­lu­cía o don Cris­tó­bal en Cas­ti­lla. No pue­do ni quie­ro de­jar de re­fe­rir­me al inigua­la­ble Ba­rri­ga Ver­de ga­lle­go, que fre­cuen­ta­ba mi pue­blo cuan­do to­da­vía era un ni­ño dis­pues­to a asom­brar­me por la cul­tu­ra del es­pec­tácu­lo po­pu­lar. Aque­llas re­pre­sen­ta­cio­nes del vie­jo Sil­vent, apo­rrean­do al De­mo­nio has­ta ha­cer­lo des­apa­re­cer con el triun­fo del bien con­cluían siem­pre con la fra­se fi­nal: «Mo­rreu o de­mo, aca­bou­se a pe­se­ta».

Es­pe­ro que la pro­vo­ca­ción re­cien­te de un par de desapren­si­vos ti­ti­ri­te­ros no sir­va pa­ra cri­mi­na­li­zar es­te hu­mil­de ofi­cio, anó­ni­mo y va­ga­mun­do, que lle­va a los ni­ños un muy vie­jo men­sa­je, que no ca­be en las con­so­las de los vi­deo­jue­gos, his­to­rias de reinas tris­tes, de bru­jas ma­las y de­mo­nios con cuer­nos. El ele­men­to co­mún es la ca­chi­po­rra y la com­pli­ci­dad de todos los ni­ños del mundo ju­gan­do a en­con­trar un lu­gar fe­liz en el gran puz­le de los sue­ños.

Mi elogio de los tí­te­res (y de los ti­ti­ri­te­ros) era una deu­da de­bi­da. Aho­ra, creo, es una deu­da sal­da­da.

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