«En Ou­ren­se los do­min­gos to­do el mundo des­can­sa, pe­ro yo pre­fie­ro tra­ba­jar»

La Voz de Galicia (Ourense) - - La Voz de Ourense -

El pa­sa­do 8 de fe­bre­ro se ce­le­bró en to­do el mundo la lle­ga­da del año nue­vo chino, el del mono rojo de fue­go. Una efe­mé­ri­de que no ha pa­sa­do des­aper­ci­bi­da en los ho­ga­res de los in­te­gran­tes de la co­mu­ni­dad chi­na, que pe­se a ser to­da­vía muy mi­no­ri­ta­ria, es ca­da vez más im­por­tan­te en la pro­vin­cia de Ou­ren­se. Des­de el año 2001, cuan­do se con­ta­bi­li­za­ban un to­tal de 52 ciu­da­da­nos pro­ce­den­tes del país orien­tal, las co­sas han cam­bia­do mu­cho. Tan­to que a día de hoy esa po­bla­ción se ha quin­tu­pli­ca­do y, al cie­rre del ejer­ci­cio del 2015, eran 265 los in­te­gran­tes de esa co­mu­ni­dad. Eso sí, el pi­co más al­to se re­gis­tró en 2014, cuan­do ha­bía 271 ciu­da­da­nos pro­ce­den­tes del te­rri­to­rio más po­bla­do del mundo, de acuer­do con los da­tos del INE.

En­tre todos ellos, son aho­ra mis­mo ma­yo­ría las mu­je­res fren­te a los hom­bres, aunque con una di­fe­ren­cia muy es­ca­sa. Ade­más, es to­da­vía muy pe­que­ña la pre­sen­cia de ni­ños y, de he­cho, la es­ta­dís­ti­ca ofi­cial so­lo re­co­ge la pre­sen­cia en Ou­ren­se de dos me­no­res de cua­tro años, diez más con eda­des com­pren­di­das en­tre los 5 y los 9 y otros on­ce de en­tre 10 y 14 años. Tam­po­co son de­ma­sia­dos en el otro ex­tre­mo y, de he­cho, tan so­lo hay diez chi­nos ma­yo­res de 55, de los cua­les dos —un hom­bre y una mu­jer— son no­na­ge­na­rios, al­go ex­cep­cio­nal.

El grue­so de la po­bla­ción la in­te­gran ac­tual­men­te, por tan­to, per­so­nas que tie­nen en­tre 15 y 49 años. De he­cho, el 40 % es­tán en­tre los 30 y los 39. Feng Qiong Lai, de 29 años, lle­gó a la ca­pi­tal de As Bur­gas en el 2014 y aho­ra re­gen­ta, con su ma­ri­do, un cen­tro de es­té­ti­ca y pe­lu­que­ría en la ca­lle Ra­món Ca­ba­ni­llas. La ne­ce­si­dad de en­con­trar un tra­ba­jo y te­ner in­gre­sos la lle­vó a de­jar su país y, a tra­vés de unos ami­gos que ya vi­vían en la ciu­dad, se ins­ta­ló en la ca­pi­tal y bus­có un ba­jo pa­ra abrir un ne­go­cio, en el que aho­ra tie­ne tres em­plea­dos. Ha­ce unos me­ses, lo­gró por fin traer a su hi­jo de 5 años, que se ha­bía que­da­do en Chi­na, un país al que, re­co­no­ce, le gus­ta­ría re­gre­sar al­gún día. «Aquí to­do es muy dis­tin­to, la co­mi­da, la cul­tu­ra...», con­fie­sa Feng Qiong, que no aca­ba de com­pren­der que en Ou­ren­se se des­can­se los do­min­gos, al­go im­pen­sa­ble en su lu­gar de ori­gen. «No en­tien­do por qué los do­min­gos to­do es­tá ce­rra­do, la gen­te des­can­sa y no hay nin­gún si­tio al que ir. En mi país es cuan­do hay más ne­go­cios abier­tos por­que es cuan­do la gen­te pue­de sa­lir más a com­prar» ex­pli­ca la em­pre­sa­ria, que, como mu­chos otros com­pa­trio­tas, abre los fes­ti­vos. «Yo pre­fie­ro tra­ba­jar por­que ten­go que pa­gar mu­chos gas­tos». Pa­ra com­pen­sar­lo, los días li­bres de los em­plea­dos se re­par­ten du­ran- te la semana, con lo que el ne­go­cio per­ma­ne­ce abier­to los sie­te días de la semana.

Ase­gu­ra la jo­ven que no se re­la­cio­na de­ma­sia­do con otros ciu­da­da­nos chi­nos «por­que to­do el mundo es­tá con su fa­mi­lia y tra­ba­jan­do en su ne­go­cio», aunque eso a ella no le preo­cu­pa de­ma­sia­do. El tiem­po li­bre que le de­jan sus ocu­pa­cio­nes lo lle­na per­fec­cio­nan­do su ni­vel de cas­te­llano. Nun­ca ha ido a una aca­de­mia pa­ra apren­der el idio­ma. «Ten­go un li­bro y las clien­tas me ayu­dan mu­cho y me ex­pli­can to­do muy bien. Los es­pa­ño­les son muy bue­na gen­te», ase­gu­ra son­rien­te.

SANTI M. AMIL

Feng Qiong —es­tá en Ou­ren­se con su ma­ri­do y su hi­jo—, re­gen­ta un cen­tro de es­té­ti­ca.

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