De tra­tan­tes y bai­la­ri­nes

Eduar­do Ries­tra

La Voz de Galicia (Ourense) - - Opinión -

No ca­be du­da de que uno se sien­te un mo­ni­go­te cuan­do ve la co­reo­gra­fía de los po­lí­ti­cos en los pa­la­cios del po­der, ha­cien­do sus pas de deux y sus ca­brio­las so­bre la mo­que­ta blan­da y con lien­zos de Tà­pies o ta­pi­ces de Go­ya como de­co­ra­do de fon­do. Al ver esas imá­ge­nes en los te­le­dia­rios, me sien­to como la va­ca so­bre la que es­tán ne­go­cian­do dos de mis pai­sa­nos en la fe­ria de Mon­te­rro­so. Y, como la su­so­di­cha, uno es­pe­ra que cie­rren el tra­to y se va­yan a co­mer jun­tos el pul­po tras ser en­ce­rra­do en la par­te de atrás de la fur­go­ne­ta, y sa­bien­do que, sea quien sea mi due­ño, al fi­nal me van a lle­var al ma­ta­de­ro. Lo cier­to es que, igual que las mu­je­res di­cen que se arre­glan pa­ra las mu­je­res, los po­lí­ti­cos se em­pa­vo­nan pa­ra los po­lí­ti­cos, se di­cen co­si­tas, se po­nen ba­rre­ras y lí­neas de co­lo­res —ge­ne­ral­men­te ro­jas— y mantienen siem­pre ese fon­do de ca­chon­deo que sin du­da al­gu­na es­tá fir­me­men­te asen­ta­do en el suel­do que les pa­gan a fin de mes y en el va­le pa­ra los ta­xis. El mundo del po­der es un mundo ama­ble. Más ama­ble, por ejem­plo, que el de los es­cri­to­res, por­que los po­lí­ti­cos pue­den tra­ba­jar una vez ju­bi­la­dos y se­guir co­bran­do la pen­sión, y por­que so­lo tie­nen que tra­ba­jar —o lo que sea que ha­cen— ocho años en vez de, por ejem­plo, 35, pa­ra po­der co­brar­la en­te­ra. Por eso yo sue­ño con un país de 40 mi­llo­nes de dipu­tados. Los es­pa­ño­les por fin fe­li­ces di­cién­do­se co­si­tas, po­nién­do­se lí­neas de co­lo­res unos a otros y lue­go yén­do­se a co­mer jun­tos el pul­po… a Lhardy.

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