Una bro­ma pe­sa­da

Tino No­voa

La Voz de Galicia (Ourense) - - A Fondo -

Bá­si­ca­men­te, hay dos for­mas de afron­tar la reali­dad. Una es em­pa­par­se en ella pa­ra com­pren­der­la y trans­for­mar­la. Otra, rom­per abrup­ta­men­te con to­do lo que hay e intentar cons­truir al­go dis­tin­to des­de ce­ro. Asu­mir los usos y cos­tum­bres an­tes de cam­biar­los es una ex­ce­len­te for­ma de avan­zar en­tre todos, sin ex­clu­sio­nes. Es la vía tra­di­cio­nal de los paí­ses an­glo­sa­jo­nes, siem­pre en la van­guar­dia del pro­gre­so. Es­pa­ña es un vi­vo ejem­plo de lo con­tra­rio, de la evo­lu­ción a trom­pi­co­nes, ple­na de ada­nis­mo, de rup­tu­ra en rup­tu­ra y vuel­ta a em­pe­zar, de ven­gan­za en ven­gan­za, los unos con­tra los otros. Un es­ti­lo de ha­cer las co­sas que pa­re­cía su­pe­ra­do con los con­sen­sos de la tran­si­ción pe­ro que al­guien pa­re­ce em­pe­ña­do en re­cu­pe­rar.

Pa­blo Igle­sias des­pre­cia los usos y cos­tum- bres arrai­ga­dos en nues­tra eta­pa de­mo­crá­ti­ca. En las for­mas y en el fon­do. Ayer usur­pó el rol de pre­si­den­cia­ble, un pa­pel que na­die la ha otor­ga­do, ni los es­pa­ño­les con su vo­to ni el rey en el ejer­ci­cio de sus fun­cio­nes cons­ti­tu­cio­na­les. So­lo fue una de­mos­tra­ción más de su me­sia­nis­mo ha­bi­tual, el que le ha­cer arro­gar­se en ex­clu­si­vi­dad la le­gi­ti­mi­dad pa­ra ha­blar en nom­bre de «la gen­te» y de la de­mo­cra­cia. Su par­ti­cu­lar sen­ti­do de la de­mo­cra­cia, como se ha vis­to en Ga­li­cia, don­de ha la­pi­da­do al res­pon­sa­ble de su par­ti­do, ele­gi­do di­rec­ta­men­te por sus sim­pa­ti­zan­tes.

El lí­der de Po­de­mos es­tá en su de­re­cho a po­ner pre­cio a su apo­yo a Pe­dro Sán­chez. Es la prác­ti­ca ha­bi­tual en el mer­ca­do de la po­lí­ti­ca. Pe­ro co­la­bo­rar en la go­ber­na­ción del país es co­sa dis­tin­ta. Em­pie­za por de­mos­trar un res­pe­to al otro que Igle­sias aún no pa­re­ce com­pren­der. Sal­vo que lo que lo que real­men­te pre­ten­da es pro­vo­car el re­cha­zo pa­ra ir a unas nue­vas elec­cio­nes. Por­que sus exi­gen­cias son de chis­te. Y la más ri­si­ble de to­das es su pre­ten­sión de crear un do­ble Go­bierno en el que él no so­lo fi­ja la es­truc­tu­ra sino que se que­da con las prin­ci­pa­les re­sor­tes de po­der, aunque no se se­pa bien qué tie­ne que ver el CNI, por ejem­plo, con la emer­gen­cia so­cial que tan­to les preo­cu­pa. Pe­ro la tra­ca son sus cálcu­los eco­nó­mi­cos. Pa­vo­near­se por­que su pro­pues­ta in­clu­ye una me­mo­ria de cos­tes cuan­do to­do se asien­ta so­bre un cálcu­lo de in­gre­sos que más bien pa­re­cen los cuen­tos de la le­che­ra es como ha­cer­se tram­pas al so­li­ta­rio. Una bro­ma pe­sa­da. Sal­vo que la co­sa es tan se­ria que no ha­ce nin­gu­na gra­cia.

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