Un ti­po ra­ro, dis­tan­te y ta­ci­turno

La Voz de Galicia (Ourense) - - La Voz de la Escuela -

Ja­mes Joy­ce fue un ti­po ra­ro, siem­pre en desacuer­do con­si­go mis­mo, lo que le oca­sio­nó se­rios pro­ble­mas en su re­la­ción con el en­torno. Or­gu­llo­so y con un al­to con­cep­to de sí mis­mo, ya des­de mu­cho an­tes de ser fa­mo­so se com­por­ta­ba como si lo fue­ra. A ba­se de sen­tir­se un genio con­ven­cía a sus con­tem­po­rá­neos de que sin du­da lle­ga­ría a ser­lo. No era ex­tra­va­gan­te, pe­ro sí dis­tan­te: pa­re­ce que na­die que­ría sen­tar­se a su la­do en una ce­na o reunión so­cial por­que no se dig­na­ba abrir la bo­ca, sino que es­pe­ra­ba que se le en­tre­tu­vie­ra mien­tras él per­ma­ne­cía en si­len­cio. A di­fe­ren­cia de los per­so­na­jes de sus no­ve­las, char­la­ta­nes y mo­no­lo­guis­tas, el es­cri­tor era ta­ci­turno, al me­nos en so­cie­dad.

Joy­ce su­frió va­rias des­gra­cias en su vi­da (on­ce ope­ra­cio­nes en su ojo iz­quier­do, la muer­te de un hi­jo, la lo­cu­ra de una hi­ja), pe­ro era muy di­fí­cil que mos­tra­se sus sen­ti­mien­tos. Cin­co de sus nue­ve her­ma­nos (él era el ma­yor) mu­rie­ron sien­do ni­ños y su mo­do de reac­cio­nar an­te al­gu­na de esas muer­tes hi­zo que su ma­dre lo con­si­de­ra­se un in­sen­si­ble. Era frío y dis­tan­te y, se­gún uno de sus her­ma­nos, pa­ra Joy­ce «la in­fe­li­ci­dad era como un vi­cio». Cuan­do mu­rió su ma­dre, des­cu­brió un pa­que­te de car­tas que a ella le ha­bía es­cri­to el pa­dre cuan­do eran no­vios. Se pa­só una tar­de en­te­ra le­yén­do­las. Al aca­bar, su her­mano le pre­gun­tó por ellas, a lo que res­pon­dió con in­di­fe­ren­cia: «No va­len na­da». Su pro­pia mu­jer, No­ra Bar­na­cle, que no se dig­nó leer su Uli­ses, lo de­fi­nió una vez de for­ma ca­te­gó­ri­ca: «Es un fa­ná­ti­co».

Sin em­bar­go go­zó du­ran­te años de un res­pe­to y ad­mi­ra­ción que po­cos au­to­res lo­gran an­tes de su muer­te. Du­ran­te los años que pa­só en Pa­rís era ca­si re­ve­ren­cia­do y te­mi­do, sin que na­die con­tra­vi­nie­se sus de­seos ni sus cos­tum­bres, como la de ce­nar to­das las no­ches en el mis­mo si­tio y a las nue­ve en pun­to, o la de no pro­bar el vino blan­co por­que, se­gún él, era ma­lo pa­ra la vis­ta.

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