La po­lí­ti­ca y las re­glas del ju­do

La Voz de Galicia (Ourense) - - Ourense -

Es­ti­ma­do Ru­bín, ¿co­no­ces las re­glas del ju­do? Yo tam­po­co. Pe­ro me lla­ma la aten­ción có­mo pun­túan en sus com­pe­ti­cio­nes: por mu­chos yu­kos que se con­si­gan nun­ca su­ma­rá el va­lor que tie­ne un wa­za­ri. Es to­da una ale­go­ría de la vi­da. En tu co­lum­na del do­min­go des­po­tri­can­do con­tra mí, de­ta­llas to­do lo que el an­te­rior al­cal­de hi­zo mal: en­chu­far a su hi­ja, pa­gar con di­ne­ro pú­bli­co las ace­ras de su ca­sa, usar fon­dos pú­bli­cos pa­ra güis­quis, gin to­nics y ma­ria­chis... Pe­ro sien­do es­to al­ta­men­te cen­su­ra­ble, lo cier­to es que sus ac­cio­nes cau­san me­nos da­ño a Ou­ren­se que la inac­ción y su­mi­sión del ac­tual al­cal­de con sus je­fes de par­ti­do Ra­joy y Nú­ñez al re­par­tir la tar­ta de in­ver­sio­nes pú­bli­cas. Y por mu­cho que ti­res de cli­chés, si yo di­go que es­te al­cal­de es peor que el an­te­rior, no sig­ni­fi­ca que el otro no fue­se ma­lo. Mi­ra es­ta ejem­plo: la nue­va es­ta­ción de tren de Vi­go su­po­ne 100 mi­llo­nes de eu­ros in­ver­ti­dos en Vi­go. Esa ci­fra, 100 mi­llo­nes, es 700 ve­ces su­pe­rior al suel­do de la hi­ja del al­cal­de en 4 años. La es­ta­ción de tren de Ou­ren­se no se ha­rá. Ahí tie­nes el wa­za­ri.

Me til­das de «frá­gil de me­mo­ria, in­jus­to, opor­tu­nis­ta, interesado, ob­se­si­vo por sen­tar­me en el si­llón a cual­quier pre­cio, con virus de so­ber­bia y pre­po­ten­cia, ali­men­tan­do mi ego de po­der...», y al mis­mo tiem­po re­sal­tas del al­cal­de su bon­ho­mía y ho­nes­ti­dad (así, gra­tui­ta­men­te). ¿Có­mo pue­de un pe­rio­dis­ta que se pre­cie re­cu­rrir a jui­cios de va­lor? Si so­lo echas mano de jui­cios de va­lor (opi­nio­nes ba­sa­das en creen­cias o in­tui­cio­nes sin ba­se) bien po­drías es­tar has­ta ma­ña­na po­nién­do­me ad­je­ti­vos, es superfácil, es se­cuen­cial. Pe­ro no ar­gu­men­tas­te, só­lo dic­ta­mi­nas: que yo soy el ma­lo y que el al­cal­de es el bueno. Co- no­cien­do tu in­ge­nio, es­pe­ra­ba de ti una di­co­to­mía me­nos infantil.

Por úl­ti­mo di­ces que yo me ven­de­ría al dia­blo si fue­se me­nes­ter. Aquí ma­ti­zo. En es­ta vi­da hay oca­sio­nes en las que el fin no jus­ti­fi­ca los me­dios; en otras sí, lo que lla­man un mal me­nor (siem­pre den­tro de la le­ga­li­dad, cla­ro). El prag­ma­tis­mo ha si­do mi fa­ro, re­cuer­da a Deng Xiao­ping: «Ga­to blan­co ga­to ne­gro, lo im­por­tan­te es que ca­ce ra­to­nes». Mi­ra, no se tra­ta de an­sie­dad, es que es­toy con­ven­ci­do de que se­ré un ex­ce­len­te al­cal­de de es­ta ciu­dad que tan­to amo. Pe­ro ne­ce­si­to de­mos­trar­lo. Se re­quie­re una mo­ción de cen­su­ra con 14 fir­mas con­cre­tas. Si la fir­ma que me fal­ta­se fue­se la del de­mo­nio, ten por se­gu­ro que ma­ña­na mis­mo com­pra­ría un tic­ket al in­fierno. GON­ZA­LO PÉ­REZ JÁ­CO­ME.

Newspapers in Spanish

Newspapers from Spain

© PressReader. All rights reserved.