Com­ba­tir la corrupción, más allá de la re­tó­ri­ca

Ro­ber­to L. Blan­co Val­dés

La Voz de Galicia (Ourense) - - Opinión -

Si lu­char con­tra la corrupción po­lí­ti­ca fue­ra tan sen­ci­llo como pa­re­ce de­du­cir­se del dis­cur­so de quie­nes creen que to­do se re­suel­ve en­go­lan­do la voz y ha­cien­do es­can­da­le­ra o mo­ra­li­na de­ma­gó­gi­ca, uno de los más gra­ves pro­ble­mas al que hoy se en­fren­ta la de­mo­cra­cia es­ta­ría ya re­suel­to. Pe­ro el com­ba­te con­tra la corrupción exi­ge en­fren­tar­se de ver­dad al gran de­sa­fío que aque­lla plan­tea a los po­lí­ti­cos: a sa­ber, la su­pera­ción del sec­ta­ris­mo y del pa­trio­tis­mo de par­ti­do.

El sec­ta­ris­mo se tra­du­ce en una ideo­lo­gía ver­da­de­ra­men­te es­tú­pi­da: la que su­po­ne que exis­te una re­la­ción na­tu­ral en­tre el co­lor po­lí­ti­co y la ten­den­cia a co­rrom­per­se. Mu­cha gen­te de de­re­chas con­si­de­ra que ser de iz­quier­das fa­vo­re­ce ser co­rrup­to, y mu­cha gen­te de iz­quier­das cree lo con­ta­rio: que de­re­cha y corrupción van de la mano. Tal ne­ce­dad, con­tra­di­cha de for­ma con­tun­den­te por los he­chos, no es inocen­te en to­do ca­so, pues de ella de­du­cen sus de­fen­so­res al­go ex­tre­ma­da­men­te pe­li­gro­so: que ha de vi­gi­lar­se a los ad­ver­sa- rios (co­rrup­tos por na­tu­ra­le­za) pe­ro no a los par­ti­da­rios (hon­ra­dos por de­fi­ni­ción).

Cuan­do esos cálcu­los se van a ha­cer pu­ñe­tas y se com­prue­ba que en las pro­pias fi­las tam­bién los co­rrup­tos ha­cen de las su­yas, se echa mano del pa­trio­tis­mo de par­ti­do. Y así, an­te un pre­sun­to ca­so de corrupción, la de­ci­sión ini­cial no es nun­ca la de lim­piar (¡no di­go ya fi­jar y dar es­plen­dor!), sino la de ta­par. Tam­po­co aquí la ac­ti­tud va­ría en fun­ción del co­lor po­lí­ti­co de los even­tua­les afec­ta­dos, pues to­do el mundo ha­ce lo mis­mo.

Fren­te al sec­ta­ris­mo y al pa­trio­tis­mo de par­ti­do, la his­to­ria nos en­se­ña que la sin­ver­gon­zo­ne­ría no co­no­ce de co­lo­res y que es el po­der, y no el co­lor, el que po­ne en pe­li­gro a quien lo ejer­ce, de mo­do que aquel au­men­ta pro­por­cio­nal­men­te al gra­do de man­do que se lo­gra con­tro­lar. Y así, a más po­der, más ries­go de que la corrupción aca­be por ser in­con­tro­la­ble. El PSOE tu­vo un gra­ví­si­mo problema de corrupción es­truc­tu­ral tras acu­mu­lar, des­pués de 1982, un gran po­der, como lo tie­ne aún en An­da­lu­cía. Por idén­ti­co mo­ti­vo es­tá hoy el PP me­ti­do en un ver­da­de­ro po­zo ne­gro. Ni si­quie­ra bas­ta aho­ra con tra­tar de lim­piar, acep­ta­da la evi­den­cia de que ta­par re­sul­ta ya im­po­si­ble, pues la corrupción se ha ex­ten­di­do por sus es­tan­cias de tal mo­do que ya no es po­si­ble so­fo­car­la lla­man­do a los bom­be­ros ca­da vez que sur­ge un nue­vo in­cen­dio. Y es que los da­ños es­truc­tu­ra­les que la corrupción ha pro­vo­ca­do en el edi­fi­cio po­pu­lar son de tal en­ver­ga­du­ra que to­do él es­tá ame­na­za­do de rui­na.

El PP tie­ne, por eso, an­te sí un re­to muy di­fí­cil, del que no es exa­ge­ra­do afir­mar que de­pen­de su su­per­vi­ven­cia como pri­me­ra fuer­za con­ser­va­do­ra del país: re­fun­dar­se, lo que exi­ge una pro­fun­da re­no­va­ción de sus equi­pos di­ri­gen­tes, em­pe­zan­do sin du­da por quien ocu­pa su ca­be­za. No hay nin­gu­na se­gu­ri­dad de que tal re­fun­da­ción ga­ran­ti­ce la su­pera­ción in­me­dia­ta de su cri­sis ac­tual. Pe­ro sí es se­gu­ro que sin aque­lla no po­drá re­sis­tir el PP la em­bes­ti­da de Ciu­da­da­nos por su flan­co más cen­tris­ta, que —aunque el PSOE lo ha­ya ol­vi­da­do— es el que per­mi­te ga­nar las elec­cio­nes.

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