De dón­de ha­béis sa­ca­do tan­to odio

Xo­sé Car­los Ca­nei­ro

La Voz de Galicia (Ourense) - - Opinión -

La Iglesia ca­tó­li­ca no so­lo se por­tó mal du­ran­te los cua­ren­ta años de dic­ta­du­ra, sino que con­tri­bu­yó a que el dic­ta­dor y su sé­qui­to y su re­pug­nan­te com­por­ta­mien­to se per­pe­tua­sen an­te el si­len­cio de la cu­ria. Fue­ron cóm­pli­ces de Fran­co, lo di­go sin am­ba­ges. Y pi­die­ron per­dón. Tam­bién por los abu­sos se­xua­les co­me­ti­dos por miem­bros de la Iglesia. Y por la in­qui­si­ción, in­clu­so, aunque que­de a cien­tos de años de no­so­tros. Esa es la Iglesia os­cu­ra. Sin em­bar­go, no la úni­ca. Hay otra, es­plén­di­da, que se de­di­ca a di­fun­dir con he­chos los fun­da­men­tos de su doc­tri­na. La que am­pa­ra, pro­te­ge y se en­tre­ga ge­ne­ro­sa­men­te a sus se­me­jan­tes. La que ha he­cho bueno el man­da­mien­to prin­ci­pal: Ama­rás a tu pró­ji­mo como a ti mis­mo. Esa es la Iglesia que apo­ya el 70 % de la po­bla­ción es­pa­ño­la, que se de­cla­ra ca­tó­li­ca, aunque a al­gu­nos esa sus­tan­ti­va ma­yo­ría na­da les di­ga.

Ayer se sen­tó en el ban­qui­llo la con­ce­ja­la de Ma­drid Ri­ta Maestre. La acu­sa­ban de in­va­dir «el es­pa­cio des­ti­na­do al al­tar por­tan­do imá­ge­nes del pa­pa con una cruz es­vás­ti­ca» y de pro­fe­rir con­sig­nas con in­ge­nio­sa ri­ma: «Ar­de­réis como en el 36» o «Vamos a que­mar la Con­fe­ren­cia Epis­co­pal». Más: a prin­ci­pios de semana su­pi­mos que en los pre­mios Ciu­dad de Bar­ce­lo­na, en­tre ri­sas y jol­go­rio de mu­chos, se hu­mi­lló la ora­ción prin­ci­pal de los cris­tia­nos: el pa­dre­nues­tro. Com­pren­de­rán que la bue­na edu­ca­ción me im­pi­da re­pro­du­cir el dis­pa­ra­te. No so­lo era una in­ju­ria, sino una in­fa­me ve­ja­ción a los ca­tó­li­cos. El con­ce­jal Al­ber­to Fer­nán­dez Díaz, pre­si­den­te del gru­po mu­ni­ci­pal del PP, se mar­chó, por­que se sin­tió in­sul­ta­do. Ada Co­lau, al­cal­de­sa de Bar­ce­lo­na, se con­gra­tu­ló del «nue­vo es­ti­lo» de la ce­re­mo­nia.

¿De dón­de ha­béis sa­ca­do tan­to odio?, me pre­gun­to. Es in­con­ce­bi­ble una fal­ta de con­si­de­ra­ción tan omi­no­sa. Los ca­tó­li­cos no lo me­re­ce­mos. Ni mu­cho me­nos la ca­ce­ría que ha­béis rea­li­za­do en vues­tra sel­va fa­vo­ri­ta: las re­des so­cia­les. Ha­béis he­cho del fren­tis­mo y el sec­ta­ris­mo una ideo­lo­gía.

La Iglesia ca­tó­li­ca tie­ne en Es­pa­ña a 278.000 per­so­nas (sacerdotes, vo­lun­ta­rios, ca­te­quis­tas…) al ser­vi­cio de los de­más. Des­ti­na más de 350 mi­llo­nes de eu­ros a la so­li­da­ri­dad, a tra­vés de Ma­nos Uni­das y Cá­ri­tas. Ca­si cin­co mi­llo­nes de per­so­nas fue­ron aten­di­das por los más de 8.000 cen­tros so­cia­les y asis­ten­cia­les ca­tó­li­cos. Le aho­rra al Es­ta­do tres mil mi­llo­nes de eu­ros gra­cias a sus co­le­gios con­cer­ta­dos. Su pa­tri­mo­nio cul­tu­ral, mo­nu­men­tal, his­tó­ri­co es uno de los más re­le­van­tes del mundo. Sus mi­sio­ne­ros se van a paí­ses de ham­bre y gue­rra y mi­se­ria a dar la vi­da por otros. Acom­pa­ñan, cui­dan, son­ríen a los que pre­ci­san afec­to, re­ga­lan es­pe­ran­za y hay tan­tos y tan bue­nos que con su ejem­plo nos ha­cen a todos me­jo­res. Co­noz­co a mu­chos. Pe­ro, de tan hu­mil­des, se mo­les­ta­rían con que es­cri­bie­se sus nom­bres.

Que ese 70 % de hom­bres y mu­je­res sean el blan­co del «nue­vo es­ti­lo», di­ce Co­lau, so­lo me pro­du­ce des­con­sue­lo. ¿De dón­de ha­béis sa­ca­do tan­to odio?, re­pi­to. Es la cruel­dad vues­tro cre­do.

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