El via­je de Já­co­me al in­fierno

La Voz de Galicia (Ourense) - - Ourense -

Leí con gus­to el pa­sa­do jue­ves tú ré­pli­ca, es­ti­ma­do Gon­za­lo Já­co­me, a mi Carta Abier­ta del úl­ti­mo do­min­go por­que de­fien­do con pa­sión que el diá­lo­go en la dis­cre­pan­cia de­be ser la vía na­tu­ral en­tre se­res li­bres. La re­pro­ba­ción que hi­cis­te del al­cal­de de Ou­ren­se a ocho me­ses del ini­cio de su ges­tión a ti (y al PSOE que te ava­ló) te de­jó fe­liz y a mí lleno de in­te­rro­gan­tes so­bre tu par­ti­do, DO, y so­bre ti como úni­co lí­der. Y así de­be ser. Ca­da uno su opi­nión y ca­da ciu­da­dano la su­ya. De la tu­ya me sor­pren­de leer que en mi carta me de­di­qué a des­po­tri­car («ha­blar sin con­si­de­ra­ción ni re­pa­ro», di­ce la RAE) con­tra ti, ob­vian­do el afec­to que te ten­go, por cri­ti­car la opor­tu­ni­dad de la mo­ción y tus an­sias de ser al­cal­de a cual­quier pre­cio. A eso le lla­mas des­po­tri­car mien­tras que a los que te til­da­ban ha­ce me­ses de «gu­sano», «pa­ya­so» y «ali­ma­ña» les ti­ras los te­jos pa­ra go­ber­nar la ca­pi­tal. Me pre­gun­tas, «¿có­mo pue­de un pe­rio­dis­ta que se pre­cie re­cu­rrir a jui­cios de va­lor?». Muy fá­cil, el pe­rio­dis­ta que se pre­cie (que no es mi ca­so) y el que no se pre­cie ha­ce ca­da día jui­cios de va­lor al re­dac­tar una no­ti­cia, ti­tu­lar­la o fir­mar, como es mi ca­so, un ar­tícu­lo de opi­nión («jui­cio o va­lo­ra­ción que se for­ma una per­so­na res­pec­to de al­go o de al­guien», RAE). La de­mo­cra­cia es eso, que ca­da uno pue­da ha­cer, en li­ber­tad, jui­cios de va­lor y no que ten­ga que pen­sar, como en Co­rea del Nor­te, igual que el gran lí­der. Com­pa­ras, mi­ni­mi­zán­do­las, las fal­ca­trua­das que hi­zo el an­te­rior al­cal­de (co­lo­car fa­mi­lia­res, pa­gar gas­tos pro­pios con fon­dos pú­bli­cos, etc.) con los 100 mi­llo­nes de eu­ros que el Es­ta­do in­vier­te en Vi­go en el AVE y que tú di­ces que en Ou­ren­se no se ha­ce un gas­to si­mi­lar por cul­pa del ac­tual re­gi­dor. La éti­ca, el res­pe­to y el buen go­bierno no se mi­den en mi­llo­nes. Si así fue­se es­ta­ría­mos (como ca­si estamos) en ma­nos de los po­de­ro­sos que pa­ga­rían sus ex­ce­sos no con la cár­cel sino con di­ne­ro. Y por úl­ti­mo, re­co­no­ces que te alia­rías con el mis­mo dia­blo pa­ra ser al­cal­de («si la fir­ma que me fal­ta­se fue­se la del de­mo­nio, ma­ña­na mis­mo com­pra­ría un tic­ket al in­fierno»). Tu fra­se jus­ti­fi­ca to­da mi carta y re­fle­ja tu ego­cen­tris­mo. Te da igual aliar­te con Xan o con Pe­ri­llán, con com­pe­ten­tes o con inep­tos, con hon­ra­dos o con la­dro­nes, con tra­ba­ja­do­res o con hol­ga­za­nes. El ca­so es la pol­tro­na aunque des­pués los inep­tos, los la­dro­nes o los mau­las te ten­gan a mer­ced de sus vo­tos que ne­ce­si­tas pa­ra go­ber­nar como el ai­re pa­ra res­pi­rar. JO­SÉ MA­NUEL RU­BÍN.

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