«Aquí no hay ocio, es­to es tra­ba­jar, tra­ba­jar y tra­ba­jar»

La Voz de Galicia (Ourense) - - A Fondo -

En el cam­pa­men­to de los ex­pa­tria­dos es­pa­ño­les que es­tán cons­tru­yen­do el AVE de orien­te es fá­cil es­cu­char un acen­to fa­mi­liar. Al­gu­na pa­la­bra en ga­lle­go por el me­dio. Que se pre­gun­te si hay pul­po o gre­los en el me­nú. O có­mo han que­da­do el Cel­ta y el Dé­por. Es­to úl­ti­mo, bas­tan­te co­rrien­te. Por­que el fút­bol (que se con­su­me has­ta el exceso por to­do el país) es uno de los es­ca­sos en­tre­te­ni­mien­tos que to­le­ra un país tan an­cla­do a la ley re­li­gio­sa como Ara­bia Sau­dí. Aquí no hay ocio, no hay ci­ne, Me­di­na es­tá a 100 ki­ló­me­tros y allí un oc­ci­den­tal tam­po­co pue­de ac­ce­der a todos los si­tios por­que es una ciu­dad sa­gra­da pa­ra el is­lam. «Así que nos de­di­ca­mos a tra­ba­jar, tra­ba­jar y tra­ba­jar», re­su­me Juan For­nos, el hom­bre en­car­ga­do de mo­vi­li­zar y tu­te­lar to­do el tra­ba­jo a pie de vía. Un ti­po de Be­tan­zos que lle­va 18 años por el mundo ade­lan­te en di­fe­ren­tes obras. «Pe­ro es­to es lo más du­ro en lo que he es­ta­do», aña­de. Y lo di­ce quien ha tra­ba­ja­do en Po­lo­nia a 21 gra­dos ba­jo ce­ro.

La nó­mi­na de ga­lle­gos en el cam­pa­men­to, y en la obra en ge­ne­ral, abar­ca prác­ti­ca­men­te to­das las áreas de tra­ba­jo. Des­de la ad­mi­nis­tra­ción, a car­go del pontevedrés (con as­cen­den­cia en La­lín, ma­ti­za) Da­niel Valenzuela, al con­trol de ca­li­dad. Ahí es­tá el in­ge­nie­ro ou­ren­sano Celso Blan­co. Como Da­niel, es su pri­me­ra ex­pe­rien­cia fue­ra de Es­pa­ña. Aquí vio «una bue­na opor­tu­ni­dad, eco­nó­mi­ca, y per­so­nal». Es al­go que re­pi­te to­do aquel al que pre­gun­tas. Los suel­dos son bue­nos, y el pro­yec­to, atrac­ti­vo. «Ha­ce­mos un con­trol to­tal de la vía, con los mis­mos es­tán­da­res que en Eu­ro­pa, pe­ro en un lu­gar com­pli­ca­do por las tem­pe­ra­tu­ras, muy al­tas. Lo peor es a me­dio­día», re­la­ta.

Celso es­tá al fren­te de un equi­po con otros seis ex­pa­tria­dos es­pa­ño­les y per­so­nal de Ban­gla­dés. Es fre­cuen­te ad­ver­tir esa in­ter­re­la­ción. En el ta­ller en el que se han he­cho to­das las tra­vie­sas del re­co­rri­do —una apues­ta per­so­nal de Co­pa­sa, que se evi­tó com­prar­las fue­ra— con­vi­ve per­so­nal vasco, ga­lle­go y pa­kis­ta­ní, una de las prin­ci­pa­les po­bla­cio­nes emi­gran­tes en Ara­bia. En ese ta­ller, in­men­so y muy ro­bo­ti­za­do, es­tán Die­go Si­món, de Leiro (Ou­ren­se), Jo­sé Car­los Po­sa­da, de Vi­go, y Je­sús Es­té­vez, de Sal­va­te­rra do Mi­ño (Pon­te­ve­dra). A los tres les lle­vó a es­te lu­gar del mundo, a 5.000 ki­ló­me­tros de su ca­sa, una mis­ma si­tua­ción: la cons­truc­ción es­tá pa­ra­da en Es­pa­ña y al ir­se lle­gan a ga­nar el tri­ple que en su ca­sa. «Aquí ade­más to­do es aho­rro, no gas­tas», cuen­tan. La em­pre­sa les pro­por­cio­na alo­ja­mien­to, co­mi­da y bi­lle­tes pa­ra ir­se a ca­sa ca­da 75 días, pa­ra to­mar ai­re dos se­ma­nas se­gui­das.

Nin­guno de ellos se ha lle­va­do a la fa­mi­lia. Aunque se año­re, pa­re­ce lo más opor­tuno. «¿Pa­ra qué van a ve­nir? Con las res­tric­cio­nes que hay, por ejem­plo pa­ra las mu­je­res, po­ca co­sa po­drían ha­cer mi mu­jer y mi hi­ja, yo tra­ba­jo más de do­ce ho­ras», ex­pli­ca Juan For­nos. Sí lo ha he­cho el je­fe de todos ellos, Jai­me Díaz, un ve­te­rano in­ge­nie­ro va­len­ciano na­ci­do en La Man­cha y con ex­pe­rien­cia, en­tre otras, en obras en San­tia­go, de don­de guar­da un gra­to re­cuer­do. Él tie­ne al la­do a su mu­jer y sus dos hi­jos. Es un ca­so ex­cep­cio­nal; so­lo com­par­ten esa si­tua­ción una do­ce­na de los más de 200 des­pla­za­dos.

En el cam­pa­men­to se co­no­cen todos. Y si se du­da, bas­ta pre­gun­tar a una per­so­nas, que te da­rá los da­tos pre­ci­sos: Bor­ja Pom­bo, cria- do en­tre Pon­te­ve­dra, San­xen­xo y A Co­ru­ña. Tra­ba­ja­ba en el Club Fi­nan­cie­ro her­cu­lino cuan­do le ofre­cie­ron ir­se a Ara­bia con la em­pre­sa co­ru­ñe­sa Cam­pa­men­tos de Obras Mó­vi­les (Como), que se ha es­pe­cia­li­za­do en cá­te­rin pa­ra ex­pa­tria­dos, ya con va­rios ne­go­cios en Ara­bia. «Nun­ca ha­bía sa­li­do de ca­sa pa­ra tra­ba­jar. No tu­ve nin­gún te­mor cuan­do lle­gué y aho­ra me gus­ta es­to», ex­pli­ca. Lle­va ca­si dos años y me­dio y se que­da­rá otro año, o dos, lle­van­do la lo­gís­ti­ca del cam­pa­men­to. El que ne­ce­si­ta al­go lla­ma a Bor­ja. La su­ya es la his­to­ria de mu­chos cha­va­les de su ge­ne­ra­ción: de­jó los es­tu­dios pron­to, se pu­so a tra­ba­jar y aho­ra sa­be mo­ver­se con sol­tu­ra por la pe­nín­su­la Ará­bi­ga. El jue­ves por la no­che es de los que se en­car­gan de or­ga­ni­zar la pa­rri­lla la no­che del jue­ves, pre­via al día de des­can­so se­ma­nal, el vier­nes. Es uno de los mo­men­tos de re­la­ja­ción. Ahí, o en el gim­na­sio, o en el fut­bo­lín, o en la can­ti­na, don­de no en­tra el al­cohol. Es una ba­se es­pa­ño­la, pe­ro es­to es sue­lo sau­dí.

Die­go Si­món, Jo­sé Car­los Po­sa­da y Je­sús Es­té­vez se en­car­gan de ha­cer las tra­vie­sas en una fá­bri­ca a pie de vía.

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