Una Eu­ro­pa con freno y mar­cha atrás

Miguel-An­xo Mu­ra­do

La Voz de Galicia (Ourense) - - Internacional -

Al fi­nal, los di­ri­gen­tes europeos reu­ni­dos en Bru­se­las pa­ra dis­cu­tir las exi­gen­cias de Gran Bre­ta­ña ape­nas se han es­for­za­do en fin­gir re­sis­ten­cia. Es cier­to que las con­ver­sa­cio­nes se han pro­lon­ga­do du­ran­te to­da una no­che, pe­ro eso era en gran par­te el efec­to de un problema clá­si­co en la Unión Eu­ro­pea: si ha­blan todos se ha­ce tan lar­go como Eurovisión. Ni si­quie­ra Gre­cia, que ha­bía ame­na­za­do con boi­co­tear el acuer­do, se ha atre­vi­do. Es­ta vez la UE se ha mos­tra­do uni­da. Uni­da en ne­gar­se a sí mis­ma.

En otros tiem­pos hu­bie­se si­do una de­cep­ción, des­pués de lo que he­mos vis­to en los úl­ti­mos años hay que tra­tar­lo más bien como una cos­tum­bre. De la Carta Eu­ro­pea he­mos pa­sa­do a la Eu­ro­pa a la carta. De la Eu­ro­pa de dos ve­lo­ci­da­des, a la Eu­ro­pa con freno y mar­cha atrás, como los co­ra­zo­nes de la obra de Jar­diel Pon­ce­la. Ve­re­mos si lo su­ce­di­do en Bru­se­las con­ven­ce a al­gún eu­ro­es­cép­ti­co bri­tá­ni­co de que me­re­ce la pe­na que­dar­se. De mo­men­to, pue­de que unos cuan­tos eu­ró­fi­los en los de­más paí­ses se es­tén plan­tean­do si no les se­ría me­jor ir­se ellos.

¿Qué ha con­se­gui­do Ca­me­ron de Bru­se­las? En reali­dad, to­do y na­da. El acuer­do, si se le quita el rui­do de fan­fa­rria, no cam­bia ca­si na­da. El com­pro­mi­so de que Gran Bre­ta­ña no es­ta­rá obli­ga­da a una ma­yor in­te­gra­ción y el de que ten­drá un cier­to de­re­cho de ve­to so­bre las de­ci­sio­nes de la eu­ro­zo­na que afec­ten a la City de Lon­dres no vie­nen sino a con­fir­mar una si­tua­ción de he­cho. Gran Bre­ta­ña ya te­nía un tra­ta­mien­to es­pe­cial den­tro de la UE, y es­te acuer­do se li­mi­ta a blin­dar ese es­ta­tus ex­tra­ño: el de un país que quie­re per­te­ne­cer a un club cu­yos prin­ci­pios no le gus­tan. A esas dos se ha aña­di­do otra ex­cep­ción bri­tá­ni­ca más, en es­te ca­so en el pa­go de las pres­ta­cio­nes so­cia­les a los in­mi­gran­tes co­mu­ni­ta­rios. Pe­ro es una cues­tión re­la­ti­va­men­te me­nor y es­tá ahí so­lo como se­ñue­lo pa­ra ha­cer de­ma­go­gia en la cam­pa­ña que se ave­ci­na.

Por­que es la cam­pa­ña, no el acuer­do fir­ma­do, lo que im­por­ta. Ca­me­ron ne­ce­si­ta­ba el acuer­do como coar­ta­da pa­ra jus­ti­fi­car su apo­yo a la per­ma­nen­cia, des­pués de ha­ber usa­do el an­ti­eu­ro­peís­mo como pa­lan­ca pa­ra lle­gar al po­der. Aho­ra le to- ca el turno a los ar­gu­men­tos ha­bi­tua­les en los re­fe­ren­dos, el mie­do y la ame­na­za. Los par­ti­da­rios de que­dar­se es­tán ya pre­pa­ra­dos pa­ra lan­zar un to­rren­te de pre­dic­cio­nes apo­ca­líp­ti­cas ca­so de que el Reino Uni­do aban­do­ne la UE. Los par­ti­da­rios de ir­se se cen­tra­rán, ca­si con to­da se­gu­ri­dad, en la cri­sis mi­gra­to­ria que el buen tiem­po pue­de exa­cer­bar jus­to en las se­ma­nas pre­vias a la vo­ta­ción. Los me­dios ha­rán su pa­pel, ca­len­tan­do el am­bien­te con en­cues­tas que di­gan que las dos op­cio­nes es­tán em­pa­ta­das. Se­rá dra­má­ti­co y a la vez se­rá lo de siem­pre.

Ve­re­mos lo que de­ci­den los bri­tá­ni­cos. En cuan­to al res­to de los europeos, ya sa­be­mos que al me­nos te­ne­mos la tran­qui­li­dad de que na­die nos va a pre­gun­tar qué nos pa­re­ce to­do es­to.

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