Umberto Eco qui­so mo­rir en A Co­ru­ña

La Voz de Galicia (Ourense) - - Cultura - Jo­sé Ma­ría Paz Ga­go

«Era tan fe­liz que ex­pe­ri­men­té la sen­sa­ción (ca­si el de­seo) de que po­día, de que ha­bría de­bi­do mo­rir en ese mo­men­to. Y que en cual­quier ca­so, otros mo­men­tos se­rán mu­cho más ca­sua­les e inopor­tu­nos». Es­tas pa­la­bras es­cri­tas ha­ce un cuar­to de si­glo por Umberto Eco en la úl­ti­ma pá­gi­na de su obra Seis pa­seos por

des­cri­ben lo que sin­tió en A Co­ru­ña, con oca­sión de su pri­mer via­je a nues­tra ciu­dad en di­ciem­bre de 1992. Se re­fe­ría en con­cre­to el gran fi­ló­so­fo y se­mió­lo­go —pa­ra él la se­mió­ti­ca era la fi­lo­so­fía del si­glo XX— a una ex­pe­rien­cia ex­tra­or­di­na­ria que vi­vió en la Ca­sa de las Cien­cias, en el muy co­ru­ñés Par­que de Santa Mar­ga­ri­ta. Allí, su di­rec­tor y crea­dor, Ra­món Nú- ñez Cen­te­lla, dio a Eco una sor­pre­sa que le im­pre­sio­nó hon­da­men­te. Soy tes­ti­go de que su­ce­dió tal como él lo cuen­ta: «En un de­ter­mi­na­do mo­men­to, se hi­zo la os­cu­ri­dad más to­tal, se es­cu­chó una be­llí­si­ma can­ción de cu­na de Fa­lla y len­ta­men­te en­ci­ma de mi ca­be­za em­pe­zó a gi­rar el cie­lo que se veía en la no­che en­tre el 5 y el 6 de enero de 1932 so­bre la ciu­dad de Ales­san­dria. Vi­ví, con una evi­den­cia ca­si hi­per­real, mi pri­me­ra no­che de vi­da». Tan­to le ma­ra­vi­lló la vi­ven­cia que deseó mo­rir­se en aquel pre­ci­so ins­tan­te, le pa­re­ció más ade­cua­do ir­se en el fi­nis­te­rre atlán­ti­co, a sus se­sen­ta años, que ha­cer­lo en es­te inopor­tuno in­vierno del 2016.

Apa­sio­na­do de la ciu­dad, Eco vol­ve­ría en 1999, cuan­do los se­mió­lo­gos la­ti­noa­me­ri­ca­nos le ren­di­mos un tras­cen­den­tal ho­me­na­je cien­tí­fi­co. Ade­más de una ex­cur­sión por la Cos­ta da Mor­te que le lle­vó a Ca­ma­ri­ñas y Fis­te­rra, visitó la Do­mus y el Aqua­rium Fi­nis­te­rrae, don­de ce­nó en la sa­la Nau­ti­lus, otra ex­pe­rien­cia cui­da­do­sa­men­te pre­pa­ra­da por el en­ton­ces al­cal­de, Francisco Vázquez, gran aman­te y ex­ce­len­te co­no­ce­dor de las no­ve­las del es­cri­tor ita­liano, quien le ofre­ció el me­nú que el ca­pi­tán Ne­mo so­lía al­mor­zar en su cé­le­bre sub­ma­rino.

Eco ha fa­lle­ci­do en Mi­lán 24 años des­pués de aque­llos quin­ce mi­nu­tos co­ru­ñe­ses en los que deseó mo­rir, cuan­do tu­vo «la im­pre­sión de ser el úni­co hom­bre so­bre la faz de la tie­rra (des­de el prin­ci­pio de los tiem­pos) que se es­tu­vie­ra reunien­do con su pro­pio prin­ci­pio», como con­tó po­co des­pués a sus alum­nos de las Nor­ton Lec­tu­res en la Uni­ver­si­dad de Har­vard.

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