«Yo par­to de que in­clu­so lo más apa­ren­te­men­te frí­vo­lo es­tá car­ga­do de ideo­lo­gía»

La Voz de Galicia (Ourense) - - Cultura -

Es­ta es Mar­ta Sanz. La mis­ma que pro­ta­go­ni­za su no­ve­la La lec­ción de anato­mía, un des­nu­do has­ta el fi­nal: «Yo, como ella, na­cí en Ma­drid el 14 de no­viem­bre de 1967. To­do es real, mi ma­dre, la abue­la Jua­ni­ta, la tía Maribel. En La lec­ción de anato­mía to­do su­ce­dió de ver­dad. No in­ven­té na­da que no su­ce­die­ra, o que yo tu­vie­ra la im­pre­sión de que no hu­bie­ra su­ce­di­do, por­que la me­mo­ria es se­lec­ti­va, y no es so­lo la mía, sino tam­bién re­sul­ta­do de los re­la­tos de los de­más». ¿Es cier­to que el re­la­to del par­to de su ma­dre la de­ci­dió a no te­ner hi­jos? «Sí. Pe­ro por mie­do fí­si­co, ¡no hay más!». Sanz lle­gó a A Co­ru­ña acom­pa­ña­da de su ma­dre, en un ges­to real que lle­na de con­te­ni­do su re­tó­ri­ca, la re­la­ción con el lenguaje que man­tie­ne des­de ni­ña: «Siem­pre me ha gus­ta­do el so­ni­do, la mú­si­ca, la ma­te­ria de las pa­la­bras», re­ve­la.

En Fa­rán­du­la, pre­mio He­rral­de de no­ve­la, que pre­sen­tó al pú­bli­co del ci­clo Li­bros en di­rec­to, ha­ce un cru­do y mor­daz re­tra­to del mundo del es­pec­tácu­lo: «Al leer Fa­rán­du­la pue­des pen­sar ‘có­mo se van a sen­tir los ac­to­res con es­te re­tra­to tan bor­de’, pe­ro tras esa mor­da­ci­dad y esa bor­de­ría hay un gran res­pe­to. Pue­de pa­re­cer por lo que es­cri­bo que soy una per­so­na mor­daz, va­lien­te, ácida, que ten­go una for­ma muy ne­gra de mi­rar las co­sas, pe­ro lo que hay de fon­do es mu­cha ter­nu­ra. La mez­cla de lo vio­len­to y lo tierno es­tá en mi ca­rác­ter y en lo que es­cri­bo. Tam­bién por de­trás de la sá­ti­ra del mundo de los ac­to­res que hay en Fa­rán­du­la» .

—¿Pue­den se­pa­rar­se la vio­len­cia y la ter­nu­ra?

—Creo que no. Yo no sé ha­cer­lo. Soy muy ra­cio­nal en otras co­sas, pe­ro es­cri­bir no me sa­le de nin­gu­na otra ma­ne­ra. Sí exis­ten tex­tos en los que se­pa­ran, en los que se pe­ca de un exceso de ter­nu­ra o de un exceso de vio­len­cia. A mí lo ve­ro­sí­mil me pa­re­ce la mez­cla de las dos co­sas. Exa­ge­rar la ter­nu­ra o la vio­len­cia lo que ha­ce es se­ña­lar un pú­bli­co.

—Y con­tar una men­ti­ra...

—Bueno... Tam­bién se di­ce de la li­te­ra­tu­ra «cuén­ta­me una men­ti­ra pa­ra de­cir­me una ver­dad», ¿no? Las co­sas más ín­ti­mas tie­nen que ver con la co­mu­ni­dad, el sel­fie más im­pú­di­co que po­de­mos ha­cer­nos nos con­cier­ne a todos. No es ego­la­tría ni nar­ci­sis­mo ni na­da. Yo soy yo por­que tú es­tás ahí. Es­to he pre­ten­di­do mos­trar en La lec­ción de anato­mía. En otros li­bros, como es­cri­to­ra, lo que ha­go es po­ner­me más­ca­ras que en el fon­do me de­jan des­nu­da.

—¿Al es­ti­lo Pes­soa?

—Sí, es un po­co Pes­soa. A tra­vés de la fic­ción me mues­tro a los de­más en mis ma­yo­res vul­ne­ra­bi­li­da­des, en mi do­lor, en mi ideo­lo­gía, en mis de­seos no rea­li­za­dos... en ab­so­lu­ta­men­te to­do.

—Su aci­dez de­mues­tra que no so­por­ta la cur­si­le­ría.

—No. Me po­ne muy ner­vio­sa.

—«Fa­rán­du­la» es una no­ve­la muy in­có­mo­da. ¿Qué pre­ten­de del lec­tor?

—No quie­ro caer en la com­pla­cen­cia. Pe­ro yo en Fa­rán­du­la no me co­lo­co por en­ci­ma de la reali­dad, sino que soy el pri­mer ser vul­ne­ra­ble. En es­ta no­ve­la evi­den­cio mis con­tra­dic­cio­nes como es­cri­to­ra que es crí­ti­ca con el sis­te­ma, pe­ro es­tá den­tro de él. La pri­me­ra que se si­túa en Fa­rán­du­la en una si­tua­ción de de­bi­li­dad soy yo.

—¿Có­mo se so­bre­vi­ve a esa vi­sión tan lú­ci­da, cru­da y realista de las co­sas?, ¿có­mo lo ha­ce us­ted?

—Es­cri­bien­do. En Fa­rán­du­la hay una vi­sión muy pe­si­mis­ta so­bre la es­cri­tu­ra, como un ejer­ci­cio que so­lo sir­ve pa­ra exor­ci­zar los de­mo­nios per­so­na­les sin tras­pa­sar la ba­rre­ra del otro. Pe­ro Va­le­ria Fal­cón como per­so­na­je es mu­cho más pe­si­mis­ta que yo.

—Plan­tea, como Chir­bes, un via­je sin re­torno al fon­do de la ma­la con­cien­cia. ¿Se iden­ti­fi­ca con él?

—Pre­ci­sa­men­te co­no­cí a Chir­bes a prin­ci­pios de los 90 por­que vino a ha­blar de La bue­na le­tra a una es­cue­la en que era alum­na. Com­par­to con él eso que de­cía de que era una mez­cla de le­ni­nis­ta y prous­tiano. Me gus­ta por­que de­fi­ne una for­ma de es­cri­tor com­pro­me­ti­do con la que yo me iden­ti­fi­co. Un es­cri­tor, por una par­te, preo­cu­pa­do por las co­sas que su­ce­den, pe­ro al tiem­po por ha­cer­lo con una re­tó­ri­ca exi­gen­te, que sa­que a los lectores de su zo­na de con­fort. Chir­bes es más va­lien­te que yo en su pe­si­mis­mo por­que es más ra­di­cal. En la ori­lla no de­ja nin­gún res­qui­cio pa­ra que nin­gún per­so­na­je se sal­ve. Yo soy pe­si­mis­ta en el pen­sa­mien­to, pe­ro po­si­ti­va en la vo­lun­tad.

—¿Cuál es el ofi­cio del es­cri­tor?

—De­vol­ver el sig­ni­fi­ca­do a las pa­la­bras que nos ro­ban des­de el po­der. Re­fle­xio­nar so­bre el sig­ni­fi­ca­do de las pa­la­bras ro­ba­das. Por otra par­te, los es­cri­to­res bus­ca­mos un es­pa­cio in­ter­me­dio en­tre la es­pe­leo­lo­gía psicológica y lo que pa­sa fue­ra, la reali­dad. Los es­cri­to­res so­mos al mis­mo tiem­po es­pe­leó­lo­gos y mi­ro­nes. Usa­mos

los mi­cros­co­pios y los catalejos.

—¿Có­mo ve el gé­ne­ro ne­gro?

—Es un gé­ne­ro de de­nun­cia que hoy es­tá sien­do muy com­pla­cien­te con el lec­tor. Es como si se es­tu­vie­ran se­pa­ran­do fon­do y for­ma (lo cual es im­po­si­ble en li­te­ra­tu­ra) y en el fon­do hu­bie­se de­nun­cia, pe­ro a tra­vés de un mol­de que de­ja al lec­tor muy tran­qui­lo, por­que es una for­ma muy re­co­no­ci­ble. La li­te­ra­tu­ra de de­nun­cia tie­ne que ser in­có­mo­da no so­lo por lo que cuen­ta, sino por có­mo lo es­tá con­tan­do. Las dos co­sas a la vez. Los dis­cur­sos de se­duc­ción del gé­ne­ro ne­gro me pa­re­cen una for­ma de vio­len­cia neo­li­be­ral. Eso de «voy a en­can­tar al lec­tor, no le mo­les­ta­ré». Yo quie­ro rom­per las tra­mas, quie­ro obli­gar­lo a ha­cer­se pre­gun­tas.

—Una es­cri­to­ra me di­jo una vez que es­cri­bir es ga­nar dis­tan­cia. ¿No es acer­car­se del to­do?

—To­tal­men­te. To­mar dis­tan­cia es el pa­so pre­vio in­elu­di­ble al es­cri­bir pa­ra des­pués acer­car­te. Pa­ra te­ner una vi­sión lú­ci­da, y des­pués lle­gar a lo pe­que­ño, lo más ín­ti­mo, de ca­da per­so­na. Y una vez ahí intentar trans­for­mar el in­cons­cien­te co­lec­ti­vo. Por­que no so­mos in­di­vi­duos ais­la­dos, el in­di­vi­dua­lis­mo es im­po­si­ble; al que cree que exis­te le fal­ta con­cien­cia de có­mo son las co­sas. Hoy, con el mo­de­lo di­gi­tal, nos ven­den la idea de que so­mos muy li­bres por­que apre­ta­mos al bo­tón de me gus­ta y te­ne­mos la im­pre­sión de que opi­na­mos li­bre­men­te. Pe­ro estamos sien­do vi­gi­la­dos por más ojos que nun­ca. Nues­tros da­tos son pro­ce­sa­dos pa­ra te­ner­nos con­tro­la­dos y ha­cer pu­bli­ci­dad se­lec­ti­va y otras co­sas. Mar­ta Sanz ad­vier­te con­tra la ba­na­li­dad apa­ren­te de las co­sas y los men­sa­jes, y ase­gu­ra que tras lo lú­di­co en la te­le­vi­sión e In­ter­net se ocul­ta una su­brep­ti­cia ma­ni­pu­la­ción ideo­ló­gi­ca. Y la gen­te, di­ce, de­be sa­ber­lo. Si ac­túa o no an­te es­ta reali­dad, es otro can­tar, pe­ro, de­fien­de, de­be sa­ber­lo. —Qui­zá pue­des en­con­trar en lo más frí­vo­lo lo más tras­cen­den­te del mundo... Yo par­to de la idea de que in­clu­so lo más apa­ren­te­men­te frí­vo­lo es­tá car­ga­do de ideo­lo­gía. Programas de en­tre­te­ni­mien­to, del co­ra­zón... apa­ren­te­men­te inofen­si­vos. Es ne­ce­sa­rio al me­nos sa­ber­lo, pa­ra po­der com­ba­tir­lo, o acep­tar­lo. Por otro la­do, esa vi­sión del ar­te como al­go que pue­de se­pa­rar­se de la vi­da y si­tuar­se en un tem­plo me ge­ne­ra mu­cha des­con­fian­za.

—¿Por qué nos ha po­di­do el «buen­ro­llis­mo», la son­ri­sa a to­da cos­ta en cual­quier cir­cuns­tan­cia?

—Es al­go con lo que no pue­do des­de que, en el 2009, se em­pe­zó a de­cir a la gen­te que ha­bía in­ten­ta­do vi­vir por en­ci­ma de sus po­si­bi­li­da­des. Hoy pa­re­ce, o te di­cen, que si tu ac­ti­tud no es po­si­ti­va o proac­ti­va se te no­ta en la ca­ra. Y eso te cie­rra puer­tas. No so­por­to que se res­pon­sa­bi­li­ce al in­di­vi­duo de un sis­te­ma co­rrup­to. Quie­ren des­ac­ti­var el de­re­cho a te­ner la ma­la le­che y el col­mi­llo re­tor­ci­do. Ojo, la po­bre­za lo que ge­ne­ra es de­bi­li­dad, in­de­fen­sión, no sa­ber qué ha­cer.

—¿Cuán­to hay de reali­dad y de tea­tro en su «Lec­ción de anato­mía»? De­je que in­da­gue­mos más en ese des­nu­do ra­di­cal.

—To­do lo que yo cuen­to en esa no­ve­la su­ce­dió de ver­dad. El pun­to pe­cu­liar de La lec­ción de anato­mía es con­se­guir que esos mo­men­tos de la nor­ma­li­dad de mi vi­da que yo cuen­to, esos mo­men­tos a ve­ces tan im­pú­di­cos, sean re­le­van­tes a tra­vés del lenguaje. Cuan­do se apli­ca a la reali­dad el fil­tro de la re­tó­ri­ca to­do se de­for­ma un po­co, se ale­ja de la li­te­ra­li­dad de las co­sas pe­ro se acer­ca más a su au­ten­ti­ci­dad.

—¿Có­mo es su re­la­ción con las pa­la­bras, que se abren al me­dio en «Fa­rán­du­la»? Di­ce, por ejem­plo, de «pa­ro­diar» que es ‘odiar un po­co’.

—Ten­go una re­la­ción ín­ti­ma con las pa­la­bras. Es fa­mi­liar. Es al­go que me vie­ne de mi ma­dre. Ella es mi­nu­cio­sa, na­tu­ra­lis­ta, tie­ne el lenguaje es­ca­to­ló­gi­co del mundo sa­ni­ta­rio. Es­cri­bo ha­cien­do ese jue­go de usar el lenguaje del cuer­po y el cuer­po del lenguaje. Las pa­la­bras... me gus­tan. Des­de pe­que­ña. Em­pe­cé como lec­to­ra de poe­sía. Me gus­tó siem­pre la mú­si­ca de las pa­la­bras, sus re­lie­ves. La ma­te­ria de las pa­la­bras.

MAR­COS MÍGUEZ

Sanz co­men­tó las in­te­rio­ri­da­des de «Fa­rán­du­la» con el pú­bli­co del ci­clo «Li­bros en di­rec­to».

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