Los ru­ma­nos ya son el se­gun­do co­lec­ti­vo ex­tran­je­ro más nu­me­ro­so de Ga­li­cia

Se de­fi­nen como un pue­blo tra­ba­ja­dor y les due­le que se les aso­cie a la de­lin­cuen­cia

La Voz de Galicia (Ourense) - - Galicia - ALFONSO AN­DRA­DE

Ga­li­cia, año 1998: 25 in­mi­gran­tes ru­ma­nos. Ni uno más ni uno me­nos, se­gún los da­tos del Ins­ti­tu­to Na­cio­nal de Es­ta­dís­ti­ca. Año 2015: 8.997, ci­fra que con­vier­te aque­lla pre­sen­cia fol­cló­ri­ca en el se­gun­do co­lec­ti­vo de ex­tran­je­ros más nu­me­ro­so de la co­mu­ni­dad, por de­trás de los por­tu­gue­ses (17.019).

«Na­die sa­be por lo que han pa­sa­do mis com­pa­trio­tas», afir­ma emo­cio­na­da Cris­ti­na, miem­bro del am­plio co­lec­ti­vo ru­mano de Lu­go. Con la voz que­bra­da, re­la­ta «el enor­me es­fuer­zo de adap­ta­ción que hu­bo que asu­mir, la an­gus­tia de esos pa­dres que no pue­den ayu­dar a sus hi­jos con los de­be­res por­que aún no ma­ne­jan el idio­ma y la du­re­za de tan­tas ho­ras de tra­ba­jo en el bos­que, cor­tan­do le­ña con llu­via, nie­ve, frío... Es ad­mi­ra­ble».

Los ru­ma­nos han des­ban­ca­do a los bra­si­le­ños (7.316) como se­gun­da po­bla­ción de in­mi­gran­tes, y su pre­sen­cia, tan sig­ni­fi­ca­ti­va aho­ra, es­tá en con­so­nan­cia con lo que su­ce­de en el con­jun­to de Es­pa­ña, don­de se han con­ver­ti­do en la co­lo­nia ex­tran­je­ra más nu­me­ro­sa. So­lo la no­ta­ble pre­sen­cia de los lu­sos im­pi­de que lo sean tam­bién en Ga­li­cia, a pe­sar de que han al­can­za­do ya el pri­mer pues­to en la pro­vin­cia de Lu­go.

Allí los visitó La Voz de Ga­li­cia, agru­pa­dos mu­chos de ellos en torno a la pa­rro­quia de la Iglesia Or­to­do­xa Ru­ma­na o a lo­ca­les de hos­te­le­ría, como la ca­fe­te­ría Da­nu­bio, que re­gen­ta Da­niel Bu­tuc. Él es uno de esos tra­ba­ja­do­res de la ma­de­ra a los que alu­de Cris­ti­na. En reali­dad es em­plea­do de la cons­truc­ción que lle­gó a Ga­li­cia por con­se­jo de un pri­mo su­yo, des­pués de pa­sar ocho años en un res­tau­ran­te de Por­tu­gal. «Du­ran­te mi pri­mer año en Ga­li­cia —ex­pli­ca— tra­ba­jé en la ma­de­ra. Ta­lé to­do ti­po de ár­bo­les ba­jo la llu­via y la nie­ve. Un día me ca­yó uno en­ci­ma, pe­ro tu­ve la suer­te de que el gol­pe me lan­zó a un agujero y el tron­co me pa­só por en­ci­ma». A cau­sa del im­pac­to es­tu­vo «dos me­ses sin po­der ha­blar por el do­lor».

Ba­jos suel­dos en su país

¿Por qué razón han sa­li­do ma­si­va­men­te los ru­ma­nos de su país? Los in­mi­gran­tes lo tie­nen cla­rí­si­mo: «El sa­la­rio de un pro­fe­sor allí es de 200 eu­ros, tal vez 500 cuan­do ad­quie­re mu­cha ex­pe­rien­cia, y el cos­te de la vi­da en una ciu­dad gran­de es como en Ga­li­cia», re­su­me Flo­rin. Él vino con 18 años; aho­ra tie­ne 31. Se de­di­ca a lim­pie­za de lí­neas eléc­tri­cas. En Ga­li- cia ha con­se­gui­do sa­lir ade­lan­te: «El que quie­re en­cuen­tra tra­ba­jo; ten­go más de diez años co­ti­za­dos aquí».

Lu­cía, que tra­ba­ja de ca­ma­re­ra, co­rro­bo­ra lo de los suel­dos de 200 eu­ros. «Allí, ese di­ne­ro no te da pa­ra vi­vir y la gen­te tie­ne más de un em­pleo por­que, si no, es im­po­si­ble sa­lir ade­lan­te». An­tes vi­vía en An­da­lu­cía, pe­ro lle­va sie­te en Ga­li­cia, que le en­can­ta «por­que es ver­de como Transilvania», su tie­rra na­tal.

¿Por qué Ga­li­cia?

El desembarco de los ru­ma­nos en Ga­li­cia y, en ge­ne­ral, en Es­pa­ña ha si­do ex­po­nen­cial en la úl­ti­ma dé­ca­da. Ra­du, el pá­rro­co de la Iglesia Or­to­do­xa, da una de las claves: el idio­ma, muy si­mi­lar al su­yo. «Cual­quier ru­mano pue­de en­ten­der el 70 % del cas­te­llano sin es­tu­diar», re­su­me an­tes de po­ner al­gu­nos ejem­plos so­bre esa si­mi­li­tud: «Mano es ma­na, me­sa es ma­sa y va­ca, tal cual, va­ca. Y te­ne­mos el mis­mo so­ni­do que la equis ga­lle­ga, aunque con otra gra­fía».

La mu­jer de Ra­du, Cris­ti­na, es

Cris­ti­na Fi­ló­lo­ga

ÓSCAR CE­LA

Miem­bros del co­lec­ti­vo ru­mano lu­cen­se, en la ca­fe­te­ría Da­nu­bio, pro­pie­dad de Da­niel Bu­tuc (con la tor­ti­lla).

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