35 años, un ins­tan­te

Ma­ría Xo­sé Porteiro

La Voz de Galicia (Ourense) - - Opinión -

Fran­co so­bre­vi­vió 36 años a su pro­cla­ma­ción como je­fe de Es­ta­do de una dic­ta­du­ra ba­na­ne­ra que se ins­tau­ró en la Es­pa­ña ro­ta y de­san­gra­da de 1939. Ca­si cua­tro dé­ca­das que pe­sa­ron en el al­ma y en la his­to­ria de nues­tro país como la gi­gan­tes­ca cruz del Va­lle de los Caí­dos pe­sa so­bre nues­tra con­cien­cia de pue­blo su­mi­so y Go­bier­nos com­pla­cien­tes con los sím­bo­los del fran­quis­mo. Si aque­llos 36 años fue­ron tan lar­gos y pe­no­sos, los 35 que se es­tán cum­plien­do aho­ra del fa­lli­do gol­pe de Es­ta­do de Te­je­ro en la in­ci­pien­te de­mo­cra­cia pa­re­ce que han pa­sa­do como un so­plo, pe­se a que en ellos se pro­du­jo la ma­yor y más ace­le­ra­da trans­for­ma­ción so­cial y po­lí­ti­ca en nues­tro país. Estamos en la era de las co­mu­ni­ca­cio­nes que nos con­ce­den el don de la ubi­cui­dad y el es­pa­cio-tiem­po se mez­cla a ca­da mo- men­to, ha­cién­do­nos vi­vir ace­le­ra­da­men­te y avan­zar re­tro­ce­dien­do, to­do a la vez.

Te­je­ro nos pa­re­ce hoy un afi­cio­na­do y sa­be­mos que fue la ma­rio­ne­ta cré­du­la de una cons­pi­ra­ción de más al­tos ran­gos. De­jé­mos­lo es­tar. No es­tá el horno pa­ra an­dar re­mo­vien­do las al­can­ta­ri­llas de las ins­ti­tu­cio­nes, sino pa­ra sa­near­las y en eso de­be­rían es­tar los nue­vos lí­de­res po­lí­ti­cos que tie­nen que dar­nos un Go­bierno, más pron­to que tar­de. Es­to se va pu­drien­do a gran ve­lo­ci­dad y los re­fle­jos, ade­más de las ideas cla­ras, son im­pres­cin­di­bles en lo que quie­ren lla­mar «se­gun­da tran­si­ción». A lo me­jor, es in­clu­so, la tran­si­ción, sin or­di­na­les, por­que estamos an­te un cam­bio de épo­ca, no so­lo de si­tua­ción po­lí­ti­ca.

Dos re­cuer­dos se dan la mano en es­tas fe­chas, la muer­te en el exi­lio del gran poeta re­pu­bli­cano An­to­nio Ma­cha­do, un 22 de fe­bre- ro, y los dis­pa­ros al te­cho pe­ro las ar­mas en­ca­ño­nan­do al Par­la­men­to, de un 23 de fe­bre­ro. Por cier­to, dis­pa­ros que mar­ca­ron el ca­mino de una tran­si­ción con­di­cio­na­da por el mie­do. Las dos Es­pa­ñas se ha­cen pre­sen­tes. Si­guen es­tan­do ahí. Las de­cla­ra­cio­nes del aún mi­nis­tro del In­te­rior acu­san­do a la Jus­ti­cia de cons­pi­rar con­tra el par­ti­do del Go­bierno sa­lien­te por­que es­tán ac­tuan­do en sus pro­ce­sos de corrupción, re­cuer­dan a la cas­pa más ge­nui­na de la Es­pa­ña de Te­je­ro. Los Go­bier­nos y los equi­pos en sa­li­da pre­ci­pi­ta­da sue­len echar la cul­pa de sus pro­pios ma­les a las ins­ti­tu­cio­nes a las que acha­can par­cia­li­dad, cuan­do en reali­dad, la cul­pa lle­va se­llo pro­pio. No hay si­llón que val­ga la felonía y la trai­ción a los prin­ci­pios cons­ti­tu­cio­na­les. Hay que sa­ber sa­lir con dig­ni­dad de don­de se en­tró con los vo­tos de la ciu­da­da­nía.

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