«Es­ta es la úni­ca op­ción que te­ne­mos»

La Voz de Galicia (Ourense) - - Ourense -

AFernando (48 años) le sal­vó la vi­da su ma­dre. «Me es­ta­ba dan­do un ba­ño y cuan­do vio que lle­va­ba allí una ho­ra y no res­pon­día sos­pe­chó que al­go pa­sa­ba». Una en­ce­fa­li­tis pro­vo­ca­da por un virus le de­jó, se­gún su pro­pia des­crip­ción, «la ca­be­za va­cía». Fue ha­ce cua­tro años y allí ter­mi­nó la vi­da tal y como la co­no­cía. De­jó su ne­go­cio —te­nía una tien­da de ta­tua­jes y pir­sin— y re­nun­ció a sus via­jes en mo­to. «Y me­nos mal que con­ser­vo a mis ami­gos; ellos fue­ron los que me sa­ca­ron de ca­sa cuan­do, al prin­ci­pio, me en­ce­rré y no que­ría sa­lir», ma­ti­za. Ja­vier (53 años) tam­bién pre­su­me de bue­nas amis­ta­des. Él pa­só por el tra­go so­lo. Es­ta­ba dur­mien­do y no­tó un do­lor que co­men­zó por una pier­na. Pa­ra cuan­do fue ca­paz de des­pe­jar­se te­nía pa­ra­li­za­do me­dio cuer­po. «No era ca­paz ni de abrir la puer­ta a los de la am­bu­lan­cia», re­cuer­da. Lo su­yo fue un ic­tus y tam­bién le apar­tó de su tra­ba­jo —en un al­ma­cén de dis­tri­bu­ción de pren­sa— y del rit­mo de vi­da que te­nía. Hoy vi­ve con sus tías. «Me gus­ta­ría in­de­pen­di­zar­me, pe­ro no es fá­cil por­que ¿quién se me­te a un pi­so con se­te­cien­tos eu­ros que es lo que co­bro?», ra­zo­na. Fer­nan­do, ha­bien­do co­ti­za­do como au­tó­no­mo, aún re­ci­be me­nos. El ba­jo ni­vel de in­gre­sos es uno de los pro­ble­mas que afron­tan la ma­yo­ría de los afec­ta­dos por da­ño ce­re­bral cu­yas se­cue­las les im­pi­den re­gre­sar al mundo la­bo­ral ac­ti­vo. Qui­zá por ello va­lo­ran mu­cho más los ser­vi­cios que ofre­ce Re­na­cer. Am­bos es­tu­vie­ron un tiem­po en cen­tros es­pe­cia­li­za­dos fue­ra de Ga­li­cia, pe­ro los gas­tos de via­jes y es­tan­cia de acom­pa­ñan­tes son di­fí­ci­les de man­te­ner en el tiem­po y pa­gar en clí­ni­cas pri­va­das es inasu­mi­ble. «Yo es­tu­ve un tiem­po en una; me co­bra­ban 400 eu­ros por tres días; aquí ven­go todos los días me­nos uno y no pa­go ni la mi­tad», ejem­pli­fi­ca Ja­vier. Las ins­ta­la­cio­nes de la aso­cia­ción les han ser­vi­do, ade­más de pa­ra la re­cu­pe­ra­ción te­ra­péu­ti­ca, pa­ra am­pliar su círcu­lo de amis­ta­des y des­cu­brir mun­dos nue­vos. Como el del vo­lun­ta­ria­do que Fer­nan­do ejer­ce en otras en­ti­da­des. Pen­sar en que Re­na­cer cie­rre ser­vi­cios o des­apa­rez­ca por fal­ta de fon­dos les pa­re­ce «muy in­jus­to, por­que es­to es lo que te­ne­mos, aquí es la úni­ca op­ción», di­cen.

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