La ges­tión de Flo­ren­tino su­me en el caos al Real Ma­drid, que ne­ce­si­ta re­no­var­se

La Voz de Galicia (Ourense) - - Portada - Su si­tua­ción es in­sos­te­ni­ble. Pro­me­tió lle­var al Ma­drid a lo más al­to y el Ba­rça le ha ga­na­do la par­ti­da.

La vic­to­ria del Ba­rça so­bre el Se­vi­lla ca­si sen­ten­cia la Li­ga

Con la lle­ga­da de Zi­da­ne, en el Real Ma­drid to­do pa­re­cía vol­ver a te­ner sen­ti­do. El Ber­na­béu aplau­día, Cris­tiano mar­ca­ba, los ju­ga­do­res se con­ju­ra­ban y en los des­pa­chos ya se ha­bían ol­vi­da­do del ca­so Cherys­hev y, so­bre to­do, de Ra­fa Be­ní­tez. Pe­ro so­lo hi­zo fal­ta que el lis­tón de los ri­va­les se ele­va­se un po­co pa­ra com­pro­bar que esa re­cu­pe­ra­ción se ha­bía edi­fi­ca­do so­bre pi­la­res de ho­ja­la­ta. El úl­ti­mo en sa­car­le los co­lo­res a los de Cha­mar­tín fue un vie­jo co­no­ci­do, como quien di­ce, el ve­cino de en­fren­te. El Atlé­ti­co de Si­meo­ne asal­tó el sá­ba­do el Ber­na­béu ves­ti­do con ese tra­je que tan­to se le atra­gan­ta al Ma­drid: or­den, tra­ba­jo y pa­sión. Los es­pa­cios cor­tos ani­qui­lan a una plan­ti­lla cu­yo re­fe­ren­te es una api­so­na­do­ra a cam­po abier­to. La de­rro­ta es­co­ció en las bu­ta­cas. Y el so­ni­que­te se vol­vió ha­cia el pal­co. A Flo­ren­tino se le rom­pió la som­bri­lla y aho­ra todos los fo­cos lo se­ña­lan. A po­cos le que­dan du­das de que la re­cons­truc­ción ne­ce­sa­ria en el club pa­sa por su adiós.

Él ha ejer­ci­do como mas­ca­rón de proa de un pro­yec­to, lo ha li­de­ra­do sin ape­nas de­le­ga­ción y ba­jo la pro­me­sa de que su ex­pe­rien­cia como ges­tor de­vol­ve­ría al Ma­drid la he­ge­mo­nía que le es­tá ro­ban­do el Ba­rça so­bre la hier­ba. Pe­ro na­da más le­jos de la reali­dad. El eterno ri­val lle­va la de­lan­te­ra y por más de dos cuer­pos de ven­ta­ja. De él y de su jun­ta di­rec­ti­va es tam­bién la ocu­rren­cia de que el Ma­drid no ten­ga una di­rec­ción de­por­ti­va re­co­no­ci­da — por­que quie­nes le co­no­ces ase-

PRE­SI­DEN­CIA Adiós de Flo­ren­tino.

gu­ran que es el pro­pio Flo­ren­tino quien ha­ce y des­ha­ce fi­cha­jes—. Por eso no hay un rum­bo ni una idea. Y el Ma­drid da tum­bos. Des­de un en­tre­na­dor como Mou­rin­ho, con un per­fil po­lé­mi­co, mal­edu­ca­do, po­co acor­de con los va­lo­res con los que se co­sió el es­cu­do, a otro como An­ce­lot­ti, ele­gan­te, res­pe­tuo­so y no­ta­ble ges­tor de ves­tua­rio. To­do pue­de va­ler en Con­cha Es­pi­na. In­clu­so que An­ce­lot­ti, con la dé­ci­ma Co­pa de Eu­ro­pa y unos me­ses de jue­go de­li­cio­so to­da­vía fres­cos en la re­ti­na, ya no va­lie­se pa­ra guiar a la cons­te­la­ción de estrellas que un día Flo­ren­tino pre­su­mió ha­ber fi­cha­do. Así el con­jun­to blan­co una tem­po­ra­da se des­plie­ga al con­tra­gol- pe y a la si­guien­te quie­re ma­no­sear la pe­lo­ta.

Pe­ro no so­lo en el cam­po ha­ce aguas el con­jun­to blan­co. Tam­po­co exis­te una es­truc­tu­ra ejem­plar en los des­pa­chos. Las co­sas cir­cu­lan al gus­to del di­rec­tor ge­ne­ral, Jo­sé Ángel Sán­chez, la mano de­re­cha del pre­si­den­te. Pe­ro el ca­so Cherys­hev de­jó al des­cu­bier­to que en una so­cie­dad con más de 600 mi­llo­nes de eu­ros de pre­su­pues­to no ha­bía na­die pen­dien­te de si un fut­bo­lis­ta es­ta­ba o no dis­po­ni­ble pa­ra ser ali­nea­do, lo que le cos­tó la eli­mi­na­ción de la Co­pa del Rey fren­te al Cá­diz, de Se­gun­da B. Ca­si peor fue­ron los in­ten­tos de en­men­dar el ridículo, con re­cur­sos es­ca­sos de fun­da­men­tos. Flo­ren­tino y com­pa­ñía li­de­ra­ron un bo­chorno de di­men­sio­nes co­lo­sa­les. La gra­da to­mó no­ta y en cuan­to pu­do le pa­só la fac­tu­ra.

Sin em­bar­go, don­de real­men­te tie­ne un agujero que cu­brir el Real Ma­drid es en la hier­ba. Cris­tiano Ro­nal­do, su re­fe­ren­te en las úl­ti­mas tem­po­ra­das, da la im­pre­sión que no vi­ve sus me­jo­res días. Pe­se a ci­fras des­pam­pa­nan­tes, que se jus­ti­fi­can en dos o tres arreo­nes con­tra equi­pos me­no­res, el por­tu­gués no aca­ba de ser ese hom­bre que aglu­ti­ne el jue­go y las emo­cio­nes de una plan­ti­lla des­com­pen­sa­da por los ca­pri­chos del pre­si­den­te. Las úl­ti­mas de­cla­ra­cio­nes de Cris­tiano y los gri­tos con­tra él de par­te de al­gu­nos afi­cio­na­dos, so­bre el ba­jo ni­vel de al­gu­nos de sus com­pa­ñe­ros pue­den ser el de­to­nan­te de su sa­li­da del Ma­drid. Y Ba­le, que no aca­ba de aban­do­nar la en­fer­me­ría, no se­me­ja el hom­bre cua­li­fi­ca­do pa­ra to­mar el tes­ti­go del equi­po más lau­rea­do del mundo.

BALLESTEROS EFE

Cris­tiano, en un lan­ce del der­bi del fin de semana.

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