«La di­ver­si­dad se­xual tie­ne que es­tar en el cu­rrícu­lo, no so­lo de for­ma trans­ver­sal, sino di­rec­ta­men­te en las ma­te­ria, hay que po­ner­le nom­bre y ape­lli­dos»

La Voz de Galicia (Ourense) - - A Fondo -

—Sí, por­que son más vul­ne­ra­bles y reac­cio­nan de una ma­ne­ra más exa­ge­ra­da, y por eso los aco­sa­do­res tien­den a pro­vo­car­les.

—¿Qué ti­po de agre­sio­nes sue­len su­frir?

—Por una par­te la ex­clu­sión, no los quie­ren cer­ca, y por otra aco­so ver­bal. El ob­je­ti­vo es que es­ta­llen.

—¿Por ejem­plo?

—A una ni­ña con As­per­ger que no so­por­ta­ba los co­lum­pios le de­cían cons­tan­te­men­te que fue­se a co­lum­piar­se.

—¿Y qué pa­sa­ba?

—Le ge­ne­ra­ban mu­chí­si­ma an­sie­dad. En esos ca­sos los ni­ños con As­per­ger se po­nen muy ner­vio­sos y co­mien­zan a gri­tar y a re­pe­tir fra­ses ti­po «¡no quie­ro!», «¡dé­ja­me en paz!», «¡no me gus­ta!» sin pa­rar. El problema es que no es una si­tua­ción ais­la­da, sino que se re­pi­te; de eso se tra­ta el aco­so, ¿no?

—¿Có­mo no­ta una fa­mi­lia que se dan es­tas si­tua­cio­nes?

—Es fá­cil no­tar cam­bios en el ni­ño. Se de­ben fi­jar si tie­ne pro­ble­mas de sue­ño, o cam­bios en la ali­men­ta­ción, tris­te­za o mie­do a ir al co­le­gio.

—¿Qué le re­co­mien­da us­ted a las fa­mi­lias?

—Pri­me­ro, que do­ten al ni­ño de he­rra­mien­tas pa­ra pro­te­ger­se. Por ejem­plo, pue­den ofre­cer­le mo­de­los ade­cua­dos de re­so­lu­ción de con­flic­tos, y es que a ve­ces son los pro­pios her­ma­nos los que aco­san a un ni­ño con As­per­ger; tam­bién es im­por­tan­te que no so­bre­pro­te­jan al me­nor y a la vez tie­nen que tra­ba­jar mu­cho las ha­bi­li­da­des so­cia­les. El ob­je­ti­vo, y el re­to, es que ellos pue­dan ser aco­sa­dos, pe­ro que no sean víc­ti­mas. Es lo que lla­ma­mos resiliencia, que uno pien­se «bueno, es­te se me­te con­mi­go por­que es un chu­lo pe­ro a mí me da lo mis­mo». Se­gun­do, que ha­blen con el co­le­gio des­de el pri­mer mo­men­to.

—¿Ex­pli­car a los aco­sa­do­res qué es su­frir As­per­ger re­sul­ta útil?

—La ver­dad es que no creo, o al me­nos no es fá­cil. Sí es fá­cil for­mar a los tes­ti­gos. Los aco­sos siem­pre se pro­du­cen de­lan­te de al­guien que no par­ti­ci­pa ac­ti­va­men­te pe­ro que no de­fien­de a la víc­ti­ma. Y creo que si for­ma­mos a esos chi­cos se pue­den cam­biar las co­sas. Con un «dé­ja­le en paz» o «ven con­mi­go» se so­lu­cio­nan mu­chas cri­sis.

—En su ex­pe­rien­cia, ¿có­mo sue­len reac­cio­nar los pro­fe­so­res?

—Mu­chas ve­ces evi­tan la con­fron­ta­ción, mi­ran pa­ra otro la­do, pe­ro es que no co­no­cen las he­rra­mien­tas pa­ra me­diar en los con­flic­tos. Tie­nen que trans­mi­tir en cla­se que hay di­fe­ren­tes ti­pos de per­so­nas y por su­pues­to, muy im­por­tan­te, que aco­sar tie­ne consecuencias.

—¿Cree que la for­ma­ción de pro­fe­so­res de­be­ría ser obli­ga­to­ria?

—Sin du­da. Los pro­fe­so­res tie­nen que es­tar ahí y pa­ra eso de­ben sa­ber có­mo com­por­tar­se.

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